Irene Meler (1)
melerirene6@gmail.com
Aquello que consideramos monstruoso, tiene cierto parentesco subjetivo con el concepto de abyecto, creado por Julia Kristeva (1988) y retomado por Judith Butler (2002), en el sentido de ser un acto, un deseo, una fantasía, que expulsamos por fuera del Yo, o sea, que no reconocemos como propio, por el horror que nos suscita.
Mientras que la imagen de lo abyecto se vincula con el asco y con el desprecio, la representación de lo monstruoso se asocia con el terror y la repulsa moral. Y, sin embargo, ocurrió y se reitera sin cesar, tensando los límites de nuestra representación de lo aceptable, y en ocasiones, de nuestra percepción de la realidad.
Lo monstruoso suele tener un destino de desmentida, constituye una realidad cuya existencia nos negamos a reconocer, porque conmociona la representación que tenemos del mundo y corroe la confianza básica necesaria para establecer vínculos intersubjetivos. Entonces, se emparienta también con el sentimiento de lo siniestro, descrito por Freud (1919).
Matar mucha gente utilizando tecnología sofisticada, romper, destruir construcciones que demandaron enormes esfuerzos y recursos, gastar mucho dinero para reconstruir lo arrasado, poner a las mujeres a parir de forma intensiva para que vuelva a haber personas. Esa es la monstruosidad de la guerra.
Los campos de violación masiva en la guerra de los Balcanes, las jóvenes judías histerectomizadas y prostituidas en los campos de concentración alemanes, las mujeres chinas y japonesas utilizadas para la satisfacción sexual de las tropas…esas monstruosidades nos fuerzan a pensar en la asociación que existe entre el dolor infligido al otro y el placer sexual asociado a la omnipotencia del Yo, que implica, a la vez, un disfrute narcisista.
Los femicidios, la violencia vicaria que se ensaña con los hijos para castigo de las madres, el abuso sexual cometido contra los niños, son monstruosidades privadas, íntimas, secretas, que insisten en obligarnos a mirar el nexo existente entre el dolor del semejante y el placer sensual y hostil.
Un spoiler frecuente hace décadas, en el auge de las novelas policiales, era “El asesino fue el mayordomo”. Un spoiler que arruinaba la ilusión infantil fue: “Los Reyes Magos son los padres”. Un spoiler psicoanalítico podría ser: “Los monstruos somos nosotros”.
¿Todos nosotros? ¿Por igual? Aquí se abre un debate epistemológico, que podría considerarse de modo apresurado como una huida hacia la intelectualización. Se trata de la tensión entre un psicoanálisis individualista, endogenista y en última instancia, biologista, que atribuye una maldad esencial, estructural al ser humano, e hipótesis constructivistas, que asignan eficacia determinante a los procesos colectivos, en detrimento de las determinaciones inconscientes de las experiencias adversas que cada individuo ha padecido durante su infancia.
Hacer espacio a la operatividad de las relaciones sociales de poder permite plantear las cuestiones éticas atinentes a la responsabilidad respecto del daño, y abrir debates políticos referidos a estrategias posibles para evitar la monótona reiteración de actos monstruosos.
El psicoanálisis siempre ha estado implicado y preocupado por la destructividad del ser humano. Eso llevó a Freud (1915) a escribir, a poco de comenzada la Primera Guerra Mundial, “De guerra y muerte”. Y durante la segunda Gran Guerra, el intercambio epistolar entre Freud y Einstein (1933) giró en torno de esa pregunta acuciante, ¿Por qué se producen esas destrucciones masivas de modo periódico, repitiéndose de modo infernal a lo largo de la historia?
Einstein ensayó una perspectiva sociopolítica, donde destacó la influencia en la determinación de los conflictos, de los sectores políticos que pugnan por el poder y de los grupos económicos que buscan el lucro. Pero finalmente, con una sensación de impotencia ante la repetición traumática, consideró que en ciertas circunstancias la humanidad cae presa de una psicosis colectiva, que tal vez un experto como Freud, habituado a elucidar las motivaciones humanas, podría comprender.
Freud por su parte, estaba fundando un nuevo nivel de análisis enfocado en los procesos psíquicos inconscientes para el sujeto, y pese a su meritorio intento, destacado por Foucault (2019), de desprenderse de la etiología psiquiátrica de la degeneración hereditaria, no pudo evitar la formulación de hipótesis endogenistas e individualistas. La doctrina de las pulsiones ubicó al interior del sujeto las fuerzas deseantes sensuales y hostiles que consideró lo habitaban, y que serían responsables de los actos violentos.
En el campo psicoanalítico contemporáneo, André Green (2019) fue quien se mantuvo fiel a la teoría pulsional freudiana, y aunque intentó integrar la importancia de la relación de objeto, y conoció los desarrollos del psicoanálisis intersubjetivo anglosajón, sostuvo el planteo freudiano acerca de una pulsión enraizada en el cuerpo, que partiendo de allí recorría el camino hacia el otro.
La prioridad del otro fue postulada por Jean Laplanche (1996), quien, a través de su teoría de la seducción generalizada, consideró que los objetos fuente de la pulsión derivan de la implantación psíquica de los aspectos no metabolizados por el sujeto infantil, provenientes de los mensajes enigmáticos transmitidos por los adultos cuidadores.
Pero en todos estos planteos no excedemos el ámbito de las relaciones íntimas, no superamos la escena familiar donde se enfocó el psicoanálisis. Es por eso que para elaborar de algún modo lo monstruoso, se requiere una articulación de los estudios sobre la subjetividad con los estudios sociales, porque no es posible reducir la comprensión de lo social a una adición de los procesos captados en el análisis de los individuos. De hecho, la presión del colectivo social ha estimulado la comisión de actos atroces, que los mismos perpetradores no hubieran realizado en otro contexto.
Una de las características del campo social humano, consiste en el establecimiento de jerarquías, y el criterio fundante para sustentarlas, tanto desde un punto de vista lógico como cronológico, se refiere a las diferencias sexuadas. La sexualidad, entendida por el psicoanálisis como fundamento del deseo, es abordada por los estudios de género en clave de relaciones de poder. Si bien la asimetría etaria funda relaciones de fuerza, estas son reversibles con el transcurso del tiempo, y durante la infancia resultan habilitadoras, aunque también puedan dar lugar a abusos y violencias. Existen por supuesto, diferencias intragénero que han fundado jerarquías al interior de los grupos, pero la diferencia sexual cultural ubicó a todo el colectivo femenino en situación de subalternidad a lo largo de la historia y a lo ancho del planeta, aunque se registran variantes en la modalidad del ejercicio del poder masculino.
La guerra ha sido y todavía es un asunto de hombres, y aún hoy, cuando algunas mujeres tienen permitido incorporarse a los espacios sociales varoniles, el predominio masculino se mantiene. Pero si no suscribimos hipótesis biologistas, no recaeremos en atribuir al género masculino una hipotética tendencia agresiva fundada en la genética, o en el dosaje más elevado de testosterona andrógena.
Se trata más bien de una asignación realizada de forma persistente por los colectivos humanos, que han construido lo que David Gilmore (1994), caracterizó como “una respuesta humana ante la adversidad”. Una antropóloga feminista, Peggy Reeves Sanday (1986), consideró que, si bien el género masculino es más poderoso, los varones son considerados prescindibles por los grupos humanos y por ese motivo se sacrifican en las guerras. Un solo varón puede fecundar a muchas mujeres, cuya participación en la reproducción biológica compromete sus cuerpos por más de un año. Estas preocupaciones natalistas parecían obsoletas porque hoy hemos superpoblado el planeta, pero las inquietudes referidas a la reproducción social y étnica de los grupos humanos en el contexto de las migraciones masivas promueven en Europa y en Rusia incentivos a la natalidad que considerábamos superados.
La masculinidad ha sido a lo largo de la historia una máquina de guerra en cuyo interior los varones, muchas veces arrancados con violencia de los cuidados maternos, fueron objeto de una pedagogía masculina, destinada a embrutecerlos y volverlos agresivos. El aprendizaje de la masculinidad siempre tuvo una modalidad iniciática, caracterizada por la transmisión a cargo de los adultos que inscribían en los cuerpos infantiles una disposición a luchar derivada de abusos y maltratos.
Es por eso que Rita Segato (2018) considera que la vía para terminar con las guerras pasa por desmontar el mandato de masculinidad. Pero esa consideración nos lleva al tema de la identidad del Yo, una delimitación del sí mismo, diferenciado de otro reconocido en su alteridad.
Establecer una identidad, ha sido considerado como un logro evolutivo: hacia fines del primer año de vida el infante construye una diferenciación entre el Yo y el otro (Mahler, 1986), y en el Edipo, reconoce las diferencias existentes entre los sexos. Este camino canónico presenta sin embargo una vertiente oscura. El otro, el semejante, es captado como rival y en esa condición, el sujeto desea aniquilarlo.
El reconocimiento psíquico de las diferencias es entonces a la vez, estructurante y conflictivo. Este impasse no debe ser ajeno a la actual dilución de las identidades de género y al auge de la diversidad identitaria y erótica. El déficit en la construcción de identidades implica confusión de las fronteras del yo. El exceso y la delimitación rígida promueven con frecuencia el repudio de una alteridad elaborada sobre la base de la escisión del sí mismo.
Un desafío actual consiste en la construcción de delimitaciones flexibles, que sostengan los emblemas identificatorios de la feminidad y la masculinidad, así como las identidades étnicas, sin repudiar la comunalidad, la semejanza que existe entre mujeres y varones, así como entre los diversos pueblos que hoy habitan nuestro mundo.
No es casual que la guerra ruso-ucraniana sea muy parecida a una guerra civil, ya que ambos pueblos eslavos estuvieron unidos en otros tiempos. Algo semejante ocurre en el Oriente Medio, donde dos pueblos semitas mantienen un conflicto interminable. La tensión dilemática entre la diferencia y la semejanza abre un camino a explorar, si queremos elaborar la monstruosidad que nos constituye.
Mientras intentamos esclarecer los motivos por los cuales los pueblos sacrifican su autoconservación para el beneficio de unos pocos, una nueva tendencia alentadora asoma tímidamente. La deserción, propuesta por franco Berardi (2024), ya está ocurriendo, tal como lo testimonian las calles porteñas donde hoy se escucha con frecuencia hablar ruso o ucraniano. Un sector de la población juvenil está huyendo a tiempo de la locura colectiva, sin sentimiento de culpa, y sin vergüenza. La monstruosidad comienza a perder legitimidad, el coraje destructivo deja de ser idealizado, para ir dando espacio al valor de, meramente, existir.
Notas
(1) Asociación de Psicólogos y Psicólogas de Buenos Aires (APBA), Universidad Argentina John F- Kennedy (UK), Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) Autora de numerosas publicaciones, entre ellas. Recomenzar. Amor y poder después del divorcio y Géneros y deseos en el Siglo XXI, ambas por Paidós. melerirene6@gmail.com
Bibliografía
Berardi Franco: (2024) Desertemos, Buenos Aires, Prometeo.
Butler, Judith: (2002) Cuerpos que importan, Buenos Aires, Paidós
Einstein, Albert: Carta a Sigmund Freud (1933), The Unesco Courier, last upgrade Julio de 2019.
Freud, Sigmund: (1915) “De guerra y muerte” 1915, OC, Buenos Aires, Amorrortu, T XIV.
Freud, Sigmund: (1933) Carta a Albert Einstein
Freud, Sigmund: (1919) “Lo ominoso”, OC, Buenos Aires, Amorrortu, T XVII.
Foucault, Michel: (2019) Historia de la sexualidad, T I La voluntad de saber, Buenos Aires, Siglo XXI.
Gilmore, David: (1994) Hacerse hombre, Buenos Aires, Paidós.
Green, André: (2019) El pensamiento clínico, Buenos Aires, Amorrortu.
Kristeva, Julia: (1988) Poderes de la Perversión, Siglo XXI, México.
Laplanche, Jean: (1996) La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu.
Mahler, Margaret: (1986) Simbiosis humana. Las vicisitudes de la individuación, México, Joaquín Mortiz.
Sanday, Peggy Reeves: (1986) Poder femenino y dominio masculino, Barcelona, Mitre.
Segato, Rita: (2018) Contra pedagogías de la crueldad, Buenos Aires, Prometeo.