Por Diego Venturini
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¿Camino largo o camino corto?
Hace 12 años escribí para esta revista un artículo titulado El camino más largo, allí planteaba algunos cuestionamientos sobre la mirada diagnóstica acerca de la discapacidad que se tenía en esa época. En mi opinión, en aquel momento se imponía discutir acerca de los errores y excesos que se podían cometer a nivel diagnóstico si se sostenía una mirada cerrada y protocolizada sobre el paciente versus una mirada integrativa y humanizante, en especial si se trataba de niños o adolescentes. Para profundizar en ello hice una oposición entre ver a la discapacidad como un mero déficit orgánico cerrado en un sin número de determinantes organizados en un protocolo fijo, a la de ver a la discapacidad como un punto de partida a la construcción de una subjetividad plagada de condicionantes que exigen un extenso trabajo de respeto de los tiempos del paciente, intervenciones regadas de rodeos, intentos de elaboración y la intensa búsqueda de la mediación del lazo social para lograr constituirse. A nivel de los tratamientos proponía realizar un trayecto lógico, necesariamente extenso y singular, que se presentara con rigor y en contraposición a las lógicas de la inmediatez diagnóstica que comenzaban a hacerse una constante en el trabajo con las personas con discapacidad.
Hoy veo que los que planteábamos tales ideas venimos perdiendo significativamente esa batalla. Doce años es poco tiempo en la historia de la humanidad y también en el recorrido de los profesionales que hacemos abordajes en discapacidad en particular. Tras la pandemia se aceleró la implantación del uso de celulares y pantallas en toda la población y actualmente asistimos a una mutación civilizatoria que parece haber pavimentado un sendero inverso al que yo planteaba en ese momento que era el de darle tiempo al paciente y su entorno para construir una subjetividad más allá de los condicionantes que le hayan tocado en la vida y hoy lo que se ve justamente es lo contrario. En este momento parece ser que la idea prevaleciente es buscar «el camino más corto» para lograr resultados inmediatos, generando en los pacientes y en especial en su entorno la esperanza de soluciones mágicas para el tratamiento de problemáticas asociadas a discapacidad como por ejemplo el TDAH o el Autismo.
¿La tecnología digital nos discapacita?
La pandemia logró generalizar el uso de la tecnología digital, en especial el uso de celulares o pantallas para realizar todo tipo de tareas laborales y en especial para el entretenimiento. Ese uso tecnológico casi impuesto por la circunstancia de la pandemia y para el cual no estábamos preparados, generó notables cambios entre los cuales se destaca la paradoja de que el instrumento tecnológico que debería mejorarnos la vida nos transformó a nosotros en su instrumento generando una apropiación de nuestro modo de pensar y de ser aprovechándose de nuestra información para vendernos algo o manipularnos estratégica y políticamente.
Hoy nos encontramos ante un escenario donde el uso indiscriminado, continuo y no pensado de los dispositivos móviles y las pantallas no es simplemente un «mal hábito» de la época o una distracción, sino que funciona como un dispositivo activo de desubjetivación.
Mi hipótesis es que el diseño del algoritmo tal como está impuesto en las aplicaciones de redes sociales que prevalecen en los celulares insta a la hiperestimulación y está produciendo, de manera activa y sistemática, una discapacidad cognitiva instrumental en los procesos básicos: percepción, atención y memoria, en especial en niños, adolescentes y adultos jóvenes, pero también en adultos mayores, clausurando la dimensión del deseo y la voluntad.
¿Hay un intento de reordenar la percepción?
La percepción es una experiencia que involucra la presencia del otro, la voz, la mirada y el cuerpo. Sin embargo, la mediación total de las pantallas sustituye la realidad tridimensional por una bidimensionalidad saturante que limita la espesura de la experiencia y genera un contacto más superficial. Yago Franco analiza con agudeza cómo la digitalización de la vida produce una mutación de la subjetividad y del lazo social, señalando que: «Estamos viviendo tiempos turbulentos, turbios y también, agitados y desorganizadores, que han generado una subjetividad empobrecida simbólicamente, aturdida, agotada, manipulable» (1).
Cuando la percepción se acostumbra al ritmo vertiginoso del scroll infinito, la realidad tangible (el aula, la conversación cara a cara, el tiempo del juego o del trabajo) empieza a percibirse como «lenta», insípida y carente de interés. Se produce una ceguera perceptiva hacia lo sutil, hacia el gesto del otro y hacia la empatía misma, dado que el procesamiento de las emociones humanas requiere un tiempo de elaboración que el algoritmo pospone, anula y/o proscribe.
Someter la atención para generar apatía
La atención humana no es un recurso infinito ni puramente biológico; es una función psíquica que se construye paulatinamente atravesada por muchas variables y muy especialmente por el lenguaje y la espera. Las plataformas digitales están expresamente diseñadas para capturar la atención involuntaria (aquella ligada a los reflejos primitivos ante el estímulo luminoso y sonoro) y desgastar la atención sostenida o voluntaria, indispensable para el desarrollo del pensamiento crítico y el aprendizaje.
En el artículo Niños y pantallas, he advertido que la sobreexposición continua a estímulos breves e intensos mantiene al sistema neurológico en una fatiga atencional permanente. Franco «Bifo» Berardi describe este colapso con precisión: «La info-estimulación nerviosa se ha vuelto demasiado rápida e invasiva, así los actos de decisión son progresivamente subsumidos por la máquina lingüística: la vida es capturada y sometida a la automatización» (2). Al verse desbordado, el aparato psíquico suspende su capacidad de síntesis. En lugar de una atención focalizada, se produce una atención hiperactiva y fragmentada que imita los síntomas de los trastornos por déficit de atención, pero que en realidad constituye una incapacidad adquirida por el tipo de estimulación reinante, diseñada para tal fin. Si el camino de la subjetivación requiere tolerar el rodeo y el aburrimiento, el «camino más corto» de pasar inmediatamente una pantalla tras otra ofrece un modelo de obtención instantánea de dopaminas donde no hay espacio para el vacío, el deseo se anestesia y sobreviene la apatía.
La memoria en una “nube” mientras el Yo se vacía
El Yo se constituye como un tejido de huellas mnémicas, una historicidad que permite al sujeto saber quién es y hacia dónde se proyecta. En el artículo El Yo en jaque: algoritmo, pantallas y dopamina versus memoria, he advertido que la delegación de la memoria en los soportes digitales vacía de contenido al aparato psíquico. Si todo saber, número telefónico, mapa o recuerdo familiar está externalizado en el dispositivo, ¿qué queda dentro del archivo interno del Yo?
Yuval Noah Harari plantea esta mutación antropológica en términos de una posible pérdida de soberanía mental ante corporaciones que están en plena carrera para «hackear» el sistema operativo orgánico: «Quizá hayas oído que vivimos en la época de hackear ordenadores, pero es apenas una parte de la verdad. En realidad, vivimos en la época de hackear a humanos» (3). Sin una memoria a largo plazo que sea consolidada mediante el reposo y la desconexión, el sujeto queda atrapado en un presente continuo e inconexo, desprovisto de las herramientas para elaborar un proyecto vital. La apatía actual de los jóvenes no es vagancia; es la parálisis de un Yo desfondado, sin archivo histórico que le permita proyectarse en el tiempo. Es la búsqueda sin sentido de la inmediatez satisfactoria.
La delegación de la voluntad: el algoritmo como el nuevo Gran Otro
La consecuencia clínica más grave de este proceso es la delegación pasiva de la voluntad. El sujeto ya no necesita preguntarse por su deseo; el algoritmo de recomendación se anticipa y decide por él qué mirar, qué consumir, qué sentir. Nos encontramos ante una servidumbre voluntaria digital.
Aquel «camino más largo» de la habilitación subjetiva, donde el sujeto con discapacidad, por ejemplo, debía construir laboriosamente un espacio propio frente al obstáculo, es reemplazado por la promesa de un «camino más corto» libre de frustraciones, pero que paradójicamente produce una profunda invalidez existencial. Hoy el consultorio se puebla de pacientes jóvenes que no demandan nada porque han delegado su voluntad al flujo constante de la pantalla.
Con todo esto quiero decir que el uso ilimitado, indiscriminado y no controlado de estas nuevas tecnologías está produciendo una discapacidad cognitiva instrumental que afecta la percepción, la atención y la memoria y además estaría reconfigurando el lazo social, limitando notablemente la posibilidad de una subjetivación en la que tengan lugar las funciones más profundas del psiquismo como el lenguaje, el pensamiento, el aprendizaje y la creatividad.
Hoy vemos cada vez más pacientes a los que les cuesta nominar lo que les pasa, que nos piden permiso para leer un mensaje de texto y analizarlo en consulta de otra manera, o que no se les ocurre pensar alternativas en las que lo dicho en un mensaje es posible de ser interpretado o releído de otra forma. Lo que prevalece es más bien tomar literalmente tales mensajes o los estímulos visuales (especialmente los reels) disparando de manera inmediata y no pensada reacciones ligadas a afectos primarios que desbordan al Yo ante su aparición.
Estamos ante un desafío social con implicancias éticas y clínicas: ¿prohibir la tecnología, regularla, aprender cómo funciona para poder intervenir e intentar rescatar el valor del límite y del vacío creador? De acuerdo con lo observado en mi experiencia clínica una de las alternativas viables tal vez sea intentar re alfabetizar al psiquismo valorizando la nominación de los afectos, reinstaurar la paciencia ante el circunloquio, darle lugar integrador a la presencia del cuerpo, al derecho a la memoria de largo plazo, y habilitar nuevamente el «camino más largo» de la palabra frente a la tiranía de la inmediatez digital para evitar caer en la propuesta de una discapacidad cognitiva instrumental.
Notas
- (1) Franco, Yago (2024). Puentes sobre tiempos turbulentos (Presentación del N°49). Revista El Psicoanalítico. Enlace directo: https://www.elpsicoanalitico.com.ar/numero49/presentacion-franco-puentes-tiempos-turbulentos.com.ar
- (2) Berardi, F. («Bifo») (2003). La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global. Madrid: Traficantes de Sueños, p. 105.
- (3) Harari, Yuval Noah. (2018). 21 lecciones para el siglo XXI. Buenos Aires: Debate, p. 295.
Bibliografía
- Berardi, Franco («Bifo»), (2003) La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Madrid, Traficantes de Sueños.
- Franco, Yago, (2011) Más allá del malestar en la cultura. Psicoanálisis, subjetividad y sociedad, Buenos Aires, Lugar Editorial.
- Harari, Yuval Noah, (2018) 21 lecciones para el siglo XXI, Buenos Aires, Debate.
- Venturini, Diego, (2025) Niños y pantallas, Buenos Aires, Canal del Colegio de Psicoanalistas.
- Venturini, Diego, (2025) El Yo en jaque: algoritmo, pantallas y dopamina versus memoria, Buenos Aires, El Psicoanalítico.