Hermes Millán Redin
hmillanredin@hotmail.com
La psiquiatría tiene nombres para quienes
creen que son perseguidos.
No tiene un nombre para la patología,
mucho más extendida, de quienes
son perseguidos de verdad y no lo saben.
Ronald Laing
- La parlamentarización de la discusión pública
En los parlamentos occidentales, particularmente en los de Latinoamérica, se ha extendido una ley no escrita que consiste en la prohibición de atribuir intenciones a los interlocutores del debate político. Se trata de un principio de cortesía y orden en el debate heredado del parlamentarismo británico. En el parlamento mexicano la única referencia escrita está en el artículo 6 del Reglamento de la Cámara de Diputados que obliga a sus miembros a conducirse con respeto y a preservar el orden en las sesiones. Además, se atribuye al Presidente de la Cámara el derecho a llamar la atención cuando este principio se encuentre vulnerado. Dichos llamados de atención muchas veces refieren a la regla no escrita de la prohibición de atribuir intenciones contrarias a los deberes parlamentarios, aludiendo, con libertad interpretativa, al artículo 90 del reglamento relativo a las faltas al orden, con una formulación clásica que suele expresarse como “comete falta al orden el diputado que atribuye a otro diputado intención o motivos opuestos a sus deberes parlamentarios”. El espíritu de esta interpretación incluye tanto afirmaciones como insinuaciones.
Si bien esta norma se inspira en la tradición del parlamento británico (Westminster) sobrevive con mayor énfasis de este lado del mundo, incorporándose al Parlamento mexicano en el Reglamento para el Gobierno Interior del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos en 1934.
Si bien en Uruguay y Argentina el principio general de no atribuir intención se hereda como regla oral, sin referencias escritas, aunque frecuentemente referido en el debate, en Chile sí se expresa claramente como una de las formas entendidas como faltas al orden.
El Reglamento de la Cámara de Diputadas y Diputados de Chile establece: “Faltare al respeto debido a la Cámara, a los Diputados o a los Ministros con acciones o palabras descomedidas, o con imputaciones a cualquier persona o funcionario de dentro o de fuera de la Cámara, atribuyéndoles intenciones o sentimientos opuestos a sus deberes”. Y agrega: “No se reputará tal la inculpación de desacierto, negligencia o incapacidad de los funcionarios, ni la censura de sus actos oficiales como opuestos a las leyes o al bien público”.
Podrían entenderse estos criterios como una forma de garantizar la impunidad discursiva; pero lo más grave es la constatación de que este principio se ha extendido a la discusión pública, obviamente con el sesgo que implica el lugar de poder de donde se emite el discurso y el peso del monopolio de la discusión del que goce el medio de comunicación o el comunicador en particular. Si la atribución de intención se ampara en el diagnóstico de “populista” esta pasará desapercibida, si se refiere a las condiciones de clase de un discurso en cuestión, la prohibición será evocada con más o menos soltura. Esto permite pensar que hay atribuciones de intención que han sido naturalizadas y otras que se denuncian permanentemente como un ruido o interferencia comunicacional.
2. A pan ajeno, navaja propia
Pocos epigramas bastardos -en el sentido del estatus de lo académico, claro- han habilitado un entramado de sentidos que impregnara de tal manera la conversación contemporánea.
Robert J. Hanlon, un escritor menor, formula una afirmación en los años ’80 en una recopilación de las llamadas leyes de Murphy (La ley de Murphy Libro 2, Bloch, 1980): “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede explicarse por la estupidez”. Esta formulación llega en un momento histórico preciso lo que permite su amplificación, aunque ya había sido dicha por el escritor de ciencia ficción Robert Heinlein e incluso por Napoleón cuando recomienda no atribuir a la conspiración lo que puede explicarse por la incompetencia, recuerda Noelia Freire.
Dicho epigrama ha sido popularizado como “La navaja de Hanlon” (Freire, 2025), término que apunta a la dignificación de la frase, ya que proviene del ámbito de lo filosófico aludiendo a formulaciones que ayudan a simplificar el pensamiento y a orientar la reflexión. Un antecedente necesario lo constituye la Navaja de Occam donde se reivindica el valor del error en la explicación de los sucesos ante el riesgo de la sobrefundamentación alusiva a intensiones o voluntades involucradas.
El epigrama de Hanlon (Bloch, 1980) deja planteada, casi al descuido, la idea de la prohibición de la atribución de intención, ya que la maldad pertenece a este ámbito mientras que la estupidez deriva del adjetivo latino “stupidus” que significa “aturdido” o “entumecido”, y del latino “stupēre” que se traduce como “quedar atónito”. Y nada más lejos de lo intencional que lo aturdido, lo entumecido o lo atónito. De esta manera la regla de la no atribución de intención excede a los códigos del buen trato parlamentario y se instala en el diálogo público contemporáneo como una alternativa de prudencia ante la aventurera tendencia a la búsqueda de culpables o responsables en los sucesos cotidianos o políticos.
Alvaro Merino (2016) hablando de la estupidez funcional comenta las reflexiones de los catedráticos norteamericanos Matt Alvesson y André Spicer (2016) quienes desestimando la generalizada proclama de que las instituciones promueven a las personas más inteligentes, advierten sobre una realidad de facto donde la estupidez funcional “consiste en promover la falta de justificación de explicación respecto de las decisiones tomadas, limitando toda reflexividad y obviando los razonamientos de fondo”.
Desde esta línea de análisis la estupidez estaría sostenida en una intención, una intención de otros en un escenario de diseño.
Isabel Carrasco González (2017), retomando a Alvesson y Spicer (2016) recuerda que los cinco pilares de la estupidez funcional son los inducidos por el liderazgo, la estructura, la imitación, la marca y la cultura. Isabel Soria del Río (2014) señala la estupidez funcional como estrategia para producir humanos autómatas.
Robert Musil (2017), en su famosa conferencia sobre la estupidez, en 1934, propone diferenciar una estupidez honesta, que estaría ligada a un déficit y sería la contraria a la inteligencia, de una estupidez superior o inteligente, más peligrosa, dice, por estar relacionada al poder, al prestigio, al conocimiento y a la capacidad de persuasión. Desde esta óptica, no toda estupidez estaría ligada a lo estupefacto o lo atónito, sino que habría una estupidez que podríamos pensar como una forma de la maldad. Una estupidez, diríamos, que anida una intención. Sin embargo, dice Musil “la estupidez elimina cualquier sospecha”, alivia toda irritación, incorpora automáticamente el principio de la debilidad, y queda afuera de toda investigación científica o social. Quiero mencionar a Carlo M. Cipolla (1996) quien desde una óptica diferente a la que estamos planteando aquí, en su ensayo “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, afirma que, hablando del poder de la estupidez, el poder político, económico y burocrático aumentan la peligrosidad del sujeto estúpido. Podría decirse que en este contexto se redimensiona la intención del dispositivo que sobredetermina el acto fundamentado en la estupidez del ejecutante. Quizá sea por esta dimensión económica, social y política de la estupidez que el filósofo hegeliano Antonio Gómez Ramos (2024), en su ensayo La paradoja de la estupidez, se muestra tan desconfiado de las predicciones del optimismo ilustrado con respecto a que ésta cedería terreno con el avance inevitable de la educación, señalando, incluso que se podrían esperar momentos de auge de la estupidez humana como sucedió durante el nazismo.
Deberíamos retroceder al mil setecientos para encontrar en Denis Diderot (1975, 2016) y su fundamentación, más erudita y recatada, de la inconveniencia a recurrir a la maldad como primera o exclusiva línea de análisis de las actuaciones humanas desconcertantes. En su bello libro “Escritos filosóficos” asegura que, en la búsqueda de la verdad,” condenar a un hombre por razonar mal es olvidar que es un necio para tratarlo como si fuera un malvado”. Y advierte sobre el peligro de los juicios categóricos y de la inclinación a examinar desde los prejuicios. Pero lo hace no para institucionalizar la prevalencia del juicio de estupidez sobre el juicio de maldad sino para reivindicar el escepticismo como paso hacia la verdad. No desestima, por lo tanto, la atribución de maldad, si esta se revela como verdad, aunque insista en ver esta actitud como el fruto de circunstancias, intereses y pasiones, más que desde una naturaleza humana. Y más aún. Diderot (1975) combate el juicio fácil conduzca este a donde conduzca. Afirma en Pensamientos filosóficos en inciso XXVII: “La ignorancia y la falta de curiosidad son almohadas muy mullidas, pero para apreciarlo así se debe tener la cabeza tan bien amueblada como Montaigne”. Y agrega en el inciso XXXII: “La incredulidad es, a veces, el vicio de un tonto, así como la credulidad es el defecto de un hombre de espíritu. El hombre de espíritu ve a lo lejos, en la inmensidad de lo posible; el tonto sólo ve como posible aquello que ya es. Quizá es justamente esto lo que convierte a uno en pusilánime y al otro en temerario”.
3. Al rescate de la categoría de la intención en el análisis del discurso
La historia de la literatura y el cine está llena de relatos de distopías donde un futuro imaginado asusta o angustia por la modificación radical de las formas del vivir humano.
Desde “1984” de George Orwell donde se despliega el paradigma de la sociedad autoritaria, pasando por «Fahrenheit “de Ray Bradbury donde los libros son prohibidos y quemados, recordando “Un mundo feliz” de Aldous Huxley sobre el dominio absoluto del consumo, sin olvidar a “El cuento de la criada” escrito por Margaret Atwood donde en una teocracia las mujeres son sometidas al Estado, y la novela pionera “Nosotros», de Yevgueni Zamiatin que cuenta sobre una sociedad donde los ciudadanos son sustituidos por números, el futuro ha sido pensado como terrible, no por un ejercicio caprichoso de la imaginación sino por la proyección catastrófica de tendencias detectadas en el hoy.
Pero, así como Ronald Laing (1977) señala que la psiquiatría no ha encontrado nombre para la patología extendida de los que son perseguidos o controlados y no se dan cuenta, podría afirmarse que existe ya una distopía encriptada en este hoy, una distopía sin nombre, que consiste en la prohibición de atribuir intención a los discursos sean estos domésticos, sociales o políticos.
Esta prohibición se inserta en el centro de la batalla ideológica de nuestra época, impidiendo, desprestigiando, minimizando toda atribución de sentido de los actos públicos y privados, entendiendo la atribución de intención como una de las dimensiones de la atribución de sentido.
En la obligación de elegir la hipótesis de la estupidez y la de la incompetencia antes de la de la maldad o la conspiración, quien queda situado en el lugar del estúpido no es el juzgado sino el sujeto que juzga; estúpido en tanto aturdido, entumecido, atónito.
Representa, en definitiva, la abolición de la incredulidad y el escepticismo, que Denis Diderot ponía como condición del acceso a la verdad.
Mientras la estupidez del juzgado le otorga impunidad, la estupidez del que juzga se relaciona con el lugar de lo ingenuo. La estupidez atribuida al juzgado estaría en lo que Robert Musil llama estupidez inteligente o superior, se podría agregar, en discrepancia con Carlo Cipolla, que muchas veces involucra también un beneficio. Por otra parte, la estupidez del juzgador no se relaciona a la falta de inteligencia, como bien lo señala Avital Ronell, sino a una trampa de la inteligencia, diría, a un extremo patético del ejercicio de la misma, marcada como confianza excesiva en el intento de desconfiar de la desconfianza.
Llamaría a esta distopía en cuestión: La Sociedad del Laisser Faire. Y consiste en una sociedad donde sus miembros, obligados a desconfiar de la maldad y explicar mejor por la estupidez, quedan estupefactos frente al sinsentido de los males que le aquejan y se estupidizan queriendo parecer inteligentes. Entre unos y otros corre un río de sucesos arbitrarios y vacíos, el río del dejar pasar. Un río donde los sujetos pueden lavarse las manos dos veces en la misma agua.
Frente a esta amenaza queda, como siempre, la opción o la necesidad de la denuncia, sea esta por la documentación de los entramados de intereses, o por la evidencia de la lógica, o por la continuidad de los antecedentes de los involucrados, o por el análisis crítico de los discursos, o arriesgando una intuición en los contextos de lo no disparatado. La hipótesis de la estupidez en la explicación de los actos, si bien no puede ser nunca descartada como una variante en juego, no puede convertirse en el sostén ideológico de la impunidad. Por eso es que afirmamos que esta tarea está situada en el centro de las batallas ideológicas de la época.
Pero todo lo antedicho no es suficiente, si no se incorpora la atribución de intenciones como una condición metodológicamente necesaria en el análisis de los discursos. Sobre todo para enfrentar y vencer el puritanismo ideológico de algunos intelectuales y cientistas sociales que han parlamentarizado sin pudor alguno su análisis de la realidad.
Van Dijk (1980, 2005, 20012) afirma que las intenciones son (parte de) modelos mentales, asumiendo que los participantes interpretan la conducta de los demás atribuyéndoles intención, aunque esa atribución no necesariamente coincida con la intención real del actor. Esto se asocia a la idea de que en la interacción social las personas forman sus representaciones sobre los demás atribuyendo identidades sociales, roles, intenciones y propósitos. Dichas atribuciones no deberían, entonces, tomarse como un problema de la interacción social sino como una condición de la misma, aunque sería bueno estar advertido sobre el atravesamiento de los prejuicios, los estereotipos y las ideologías en estas cuestiones.
En ese sentido para Van Dijk (2012) la intención es concepto central para el análisis de los discursos, no como fruto de la observación directa de las palabras sino como resultado del análisis de los modelos mentales de los participantes.
En “Discurso y contexto” Van Dijk (2012) afirma que las situaciones comunicativas no pueden ser solo analizadas desde las categorías del quién, en qué espacio y en qué momento, sino, también, desde las intenciones propósito, objetivos y conocimientos. Por lo tanto, las intenciones son propiedades cognitivas de los hablantes y oyentes y se las debe entender como parte de sus modelos de contexto, desde donde se controla la producción y la interpretación del discurso. La interpretación siempre se infiere o se atribuye, pero esto no la hace una molestia sino una necesidad del análisis.
Todo discurso tiene un escenario textual y otro escenario que es fruto del análisis crítico del mismo, teniendo en cuenta las categoría globales y locales, entre ellas el contexto y las intenciones reales y atribuidas.
Por supuesto que el sentido atribuido por el receptor no necesariamente está presente en las condiciones conscientes del productor del discurso, pero algunas veces el sentido del discurso en cuestión no puede entenderse mejor sino es a partir de este componente. Sustituir la dimensión del análisis de las intenciones por la suposición de que todo se explica mejor por la estupidez o la incompetencia, implica falsear, a priori, toda cientificidad del análisis.
Habíamos dicho que las distopías no pueden pensarse como el ejercicio antojadizo de imaginaciones febriles, sino como el desarrollo terrible de tendencias encriptadas en el hoy que toman la forma de una parábola perversa. Pero el desarrollo de una distopía supone una utopía en crisis, atrapada por una práctica política decepcionante, una ideología paralizada por las nomenclaturas, una claudicación de los rebeldes frente a los cómodos, y una academia de cientistas sociales e intelectuales seducidos por las leyes de la oferta y la demanda.
Ajenos a todo voluntarismo se hace necesario un ejercicio colectivo de voluntad consistente en una transformación diametral del discurso, dispuesto a atribuir intención donde esta pueda ser documentada, entrevista o sospechada.
Frente a la distopía de una Sociedad del Laisser Faire, una utopía de una sociedad que no deja pasar la maldad sin por lo menos nombrarla.
Aunque venga vestida con las enaguas de la estupidez.
Referencias bibliográficas
1. Alvesson, M., Spicer, A., (2016) The stupidity paradox. The power and
pitfalls of functional stupidity at work, Great Britain, Londres, Profile books.
2. Bloch, A., (1980) Murphy’s Law Book Two. More reasons why things go
wrong! Los Angeles, Price/Stern/Sloan Publishers.
3. Carrasco González, I., (2017) Los cinco tipos de Estupidez funcional. La
paradoja de la Estupidez II, Madrid, Ediciones: Hablemos de liderazgo.
4. Cipolla, C. M., (1996) Las leyes fundamentales de la estupidez humana.
Cuadernos de Economía, 15(25), 200–216. Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá.
5. Diderot, D., (1975) Escritos Filosóficos, Madrid, Editorial Nacional
6. Diderot, D., (2016) Pensamientos filosóficos & El combate por la libertad,
Ciudad de México, Titivillus.
7. Freire, N., (2025) La navaja de Hanlon: “Nunca le atribuyas a la maldad lo
que puede explicarse por estupidez”, Barcelona, National Geographic
España.
8. Gómez Ramos, A., (2024) La paradoja de la estupidez. Revista Espaço
Pedagógico, 21(1), 61-79. Universidade de Passo Fundo, Passo Fundo,
Brasil.
9. Laing, R. D., (1977) La política de la experiencia y El ave del paraíso,
Barcelona, Crítica
10. Merino, A., (2016) La estupidez funcional, Madrid, Ediciones,Alvaromerino.
11. Musil, R., (2017) Sobre la estupidez, Ciudad de México, Titivillus.
12. Ronell, Avital (2002) Stupidity. Urbana,University of Illinois Press.
13. Soria del Río, I., (2014) Estupidez funcional como estrategia para producir
humanos autómatas, Ciudad de México, Ecoportal.
14. Van Dijk, T. A., (1980) Texto y Contexto. Semántica y pragmática del
discurso, Madrid, Ediciones Cátedra
15. Van Dijk, T. A., (2005) Estructuras y funciones del discurso: una
introducción interdisciplinaria a la lingüística del texto y a los estudios del
discurso, Ciudad de México, Siglo Veintiuno Editores
16. Van Dijk, T. A., (2012) Discurso y Contexto. Un enfoque sociocognitivo,
Barcelona, Gedisa Editorial.