Juan Pablo Hetzer
juanpablohetz@gmail.com
Este ensayo retoma y amplía una parte de las cuestiones trabajadas en dos circunstancias: en una clase en la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental Comunitaria, dictada en la ciudad de Santa Fe, en abril de este año, y lo expuesto en el 2do Encuentro Clínico organizado también este año 2026 por la cátedra de Psicología Clínica de Niños y Adolescentes de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata. El tema que propuse inicialmente fue “Infancias e instituciones: variantes de la experiencia analítica”. Sin embargo, mientras preparaba lo que pensaba decir, se me ocurrió otro título: Infancias desprovistas de aliados imaginarios. Subrayo aliados y subrayo imaginarios para hacer girar lo que quiero plantear en torno a estos dos significantes. Se me venía a la mente este otro título por varias razones. Porque, en primer lugar, aliados remite a alianza, remite a compañía, y remite principalmente a filiación, a la idea del lazo filiatorio. Lo planteo de inicio: no es posible pensar las infancias por fuera del marco que otorga la filiación, es decir, el encadenamiento intergeneracional, el linaje, la transmisión. Aquello que se juega en ese enunciado fundante: “tú eres mi hijo”, que eslabona al nuevo sujeto en una temporalidad, en una continuidad y en una diferencia con la generación que lo precede. Donde se produce ese encuentro y al mismo tiempo esa confusión de lenguas y pasiones que son las que surgen entre el adulto y el niño en los primeros tiempos de la vida. Donde hay lugar, en el mejor de los casos, para esa violencia simbólica en la que un adulto desea, inscribe sentidos, nombra y sostiene, tarea en la cual se le juega su propia sexualidad y su propia historia infantil. Entonces, si vamos a hablar de infancias es importante empezar por remitirse a la filiación ya que es la filiación lo que otorga infancia, la condición sin la cual no habría infancia. ¿Qué quiero decir con esto? Que, si inscribimos la infancia en las coordenadas filiatorias como aquello que la funda, se nos plantea la pregunta por sus condiciones de posibilidad, por sus condiciones de existencia. Es decir, si las coordenadas de la filiación están ausentes o son atacadas, ¿qué infancia se instituye?, ¿puede que no sea posible hablar de infancia?
Y aquí introduzco algo que quisiera acentuar y es que la historia de nuestro país ha tenido momentos particulares en los cuales decididamente se produjeron ataques al lazo filiatorio (Bugacoff 2005) que dejaron huellas indestructibles no solamente en la subjetividad de los niños y adultos concernidos sino también en la memoria colectiva y en los vectores imaginarios que orientaron y orientan los procesos sociales. Me refiero, por un lado, a la entrega, en el siglo XIX, de los/as niños/as de los pueblos originarios, los/as “chinitos/as”, como se les nombraba, a las familias “de bien” durante la Campaña del desierto comandada por el general Julio A. Roca, ministro de Guerra y Marina durante el gobierno de Nicolás Avellaneda. Familias enteras eran traídas en barco desde el sur, bajaban a los/as niños/as en el puerto de Buenos Aires, y a sus padres los recluían en la isla Martín García (Valko, 2014). Por otro lado, me refiero a la entrega de niños/as nacidos/as de prisioneras políticas en los centros clandestinos durante la última dictadura cívico-militar-eclesial, a personas de otras familias. Dos de las coyunturas históricas más representativas del ataque a la filiación que arrasó psíquicamente a dos generaciones, la de los adultos y la de los/as niños/as separados/as violentamente de ellos. El siglo XXI reanuda esta herencia que recibe de los siglos anteriores, pero lo hace bajo otras figuras, algunas de las cuales intentaré abordar aquí.
Pensar la clínica psicoanalítica con las infancias coloca en el centro la pregunta por la filiación, la pregunta por el deseo en el cual se hayan inscripto los nuevos sujetos. Y este deseo es un deseo que no remite únicamente al espacio familiar, a la pareja parental o a quien sea el adulto que cuide. Es también, y, sobre todo, un deseo presente en el conjunto social que tiene el valor de otorgar derecho de ciudadanía a las nuevas generaciones. El hecho de que hoy en nuestro país casi dos tercios de los niños y niñas estén por debajo de la línea de pobreza y que un millón de niños/as se duerma sin cenar, constituye una forma de negar ese derecho. Y la negación de ese derecho –que equivale a que más del 60% de los nuevos sujetos no encuentren en la realidad de su devenir otra cosa que aceptar un contrato inaceptable que lo transforma en puro desecho–, configura un ataque a la filiación, un ataque al lazo filiatorio. Porque, además, de esa infancia a la que se le niega derecho de ciudadanía y a la que no se protege es de la cual habría que protegerse (Bugacoff, 2005), es decir, ese desecho deviene peligroso. Las embestidas contra el lazo filiatorio operan insidiosamente en estos procesos que producen tipos de orfandad rastreables en los índices de pobreza y hambre de la población infantil. Según la Encuesta de la Deuda Social Argentina realizada el año pasado por la UCA (1), seis de cada diez niñas y niños son pobres y el 30% no come regularmente. En una investigación que realizamos recientemente (Hetzer, 2024a) partiendo de un archivo de pinturas y cuentos realizados por niñas y niños durante una década en la ludoteca del hospital donde trabajo, pudimos observar cuán gravitante resulta para este grupo poblacional la preocupación por el alimento. Un porcentaje de los relatos que analizamos en busca de teorizaciones sexuales y políticas se limitan a realizar una descripción en primera persona de acciones de la vida diaria tendientes a procurarse el alimento, prepararlo y compartirlo en contextos familiares. Son cuentos infantiles que no llegan a configurar un campo de interrogación ni a abrir otra escena, no crean personajes ni mundos remotos. Es decir, la actividad fantaseadora se sujeta a las condiciones materiales de existencia en la pobreza. Si las infancias deben ocuparse de su subsistencia, esto implica su propia destitución. Hay algo de la cadena generacional que se corta, no habría infancia realmente porque las niñas y los niños devienen adultos muy tempranamente, sin rituales ni marcas de pasaje.
Ante a esto, la pregunta clínica que orienta este ensayo es: ¿cómo se inscriben y se metabolizan en el psiquismo infantil los ataques a la filiación? ¿en qué sufrimientos psíquicos infantiles, en qué fallas en la estructuración psíquica, en qué pasajes al acto podemos hallar una suerte de respuesta a estos ataques? Y digo ataques, en plural, porque efectivamente no sólo constituye un ataque al lazo filiatorio el exilio interior al que empuja la pobreza, el analfabetismo y el punitivismo. También es posible ubicar otro poderoso ataque a las infancias en la tesis neurobiológica que promueve una causalidad neurológica para explicar la totalidad de la vida psíquica, vida psíquica que queda comprendida en la materialidad cerebral, al cerebro entendido como una máquina por la cual circuitos neuronales transportan información. Para esta tesis neuro, “un niño que madura es un cerebro en crecimiento. El trastorno es detención, modificación o desvío, en un desarrollo lineal y normalizado, que debe ser medido para determinar lo que lo afecta” (Castanet, 2023, p. 28). Lo que acarrea esta tesis –que deviene hegemónica y pretende explicar no sólo al individuo sino también su cultura y sus normas: de hecho, las neurociencias abarcan la neuroética, la neuroeconomía, la neurosociología, la neurolingüística, es decir, van ocupando todos los campos disciplinares hasta transformarse en una neuropolítica que trabaja para imponer una neurocomprensión del mundo–, lo que trae esta tesis, decía, es la extinción de la clínica, la abolición de la práctica clínica. La tesis neuronal del padecimiento subjetivo limita la intervención a evaluar habilidades evolutivas siguiendo los protocolos de las pruebas neuropsicológicas. De este modo, las prácticas de la palabra, la escucha, el juego y la transferencia son entendidas como asuntos metafísicos. Se expropia al niño no sólo de su historia libidinal como efecto del encuentro con otro, que en los primeros tiempos de vida es un encuentro fundante de la sexualidad, sino también de la historia política y cultural del contexto en el cual habita. Por acá, por esta expropiación pasa el ataque a la filiación.
Desde el comienzo de este siglo trabajo en un hospital que se fundó como hospital psiquiátrico y a pesar de los intentos de trasformación y de apertura a la polivalencia, permanece marcado por su función histórica. Hace más de veinte años que atendemos a la población infantil allí, y lo que puedo decirles encuentra un punto de partida en lo situado de este contexto hospitalario que forma parte de la red de salud, de un territorio y de una comunidad que habita ese territorio y que se referencia con la institución pública. Y lo que observamos es esto, una profundización del ataque a lo filiatorio en sus diferentes figuras: la vulneración sistemática de derechos y el avance de la neurología infantil para la cual hasta la psiquiatría ya dejó de ser una referencia. Al hacer recaer en el órgano cerebral la totalidad de la causa del sufrimiento subjetivo, en el campo discursivo se busca legitimar una nueva terminología: entonces ya no sería adecuado hablar, por ejemplo, de síntoma sino de perturbación, de alteración genética y desorganizaciones corticales. Las neurociencias hablan de “cerebro disléxico” (Castanet, 2023, p. 30): la dislexia ya no se trataría de una inhibición para la lectura o de un síntoma neurótico que un niño sufre y en el que pueden estar en juego destinos pulsionales y lazos libidinales; la idea de funcionamiento psíquico se anula en favor de lo neuronal, la tesis neurobiológica produce una teoría global que configura un paradigma más ideológico que epistemológico, ya que aspira a responder por todos los fenómenos humanos. Deja muy poco espacio para la interdisciplina.
El sentimiento de soledad y el fracaso del amor
Desde otro lugar, el siglo XXI viene fabricando otra orfandad, que exige una máxima atención porque se trata de un tipo de orfandad particular que, pandemia mediante, asume un carácter global. Será preciso explorarla en todas sus dimensiones en estudios a largo plazo. ¿A qué me refiero? Al hecho de que se podría reconocer también como un indicador del ataque a la filiación la exposición cada vez más temprana de las infancias a las pantallas de tablets, celulares y computadoras sin el acompañamiento adulto. Si bien las pantallas no son buenas ni malas en sí mismas, su efecto depende de la edad en la que el niño comience a usarla, del contenido al que esté expuesto, de la duración y el grado de interacción que tenga con estos dispositivos y de la calidad de la supervisión de un adulto, incluso de regulaciones que puedan establecer organismos e instituciones estatales. No se trata de condenar el valor que el uso de la tecnología tiene en muchos sentidos para el desarrollo de las poblaciones, pero lo que sí debemos considerar es que no hay pantalla interactiva que suplante la interacción presencial entre seres humanos, el juego corporal compartido y la conversación. Existen investigaciones actuales realizadas por UNICEF (2) y la Sociedad Argentina de Pediatría (3) que muestran dos fenómenos simultáneos: el acceso a pantallas comienza cada vez más temprano y el tiempo de exposición supera ampliamente las recomendaciones pediátricas. Los datos que se desprenden de estos estudios indican que en nuestro país muchos niños y niñas comienzan a interactuar con pantallas antes de los 2 años, y más del 80% de ellos/as mayores de 4 años utiliza celulares o tablets en un promedio acumulado que supera las 5 horas diarias de exposición. El Informe especial del Observatorio de la infancia y adolescencia: “Lactancia y nutrición en la niñez y adolescencia en Argentina” (SAP-UNICEF, 2023) aporta un dato significativo: Los niños y las niñas entre 2 y 5 años comen mirando pantallas siempre o casi siempre en el 31% y los adolescentes entre 13 y 17 años refieren comer utilizando dispositivos electrónicos en el 54%. El informe advierte que durante la comensalidad la exposición a las pantallas desde edades muy tempranas se acrecienta respecto de años anteriores. Es decir, la virtualidad va colonizando tiempos y espacios que históricamente fueron ocupados por la presencia de la alteridad. Y los adultos ceden a la colonización tanto en sus hijos/as como en sí mismos. La comensalidad, es decir, el acto social y cultural de comer y beber juntos alrededor de una misma mesa, compartiendo alimentos, viene sufriendo una progresiva abolición desde los tiempos de la televisión. La TV facilitó el pasaje de la conversación cara a cara a las pantallas de los celulares. Y un antecedente primario de la disolución de la comensalidad lo constituye el cada vez más frecuente fenómeno de la lactancia mediada por pantallas: madres que amamantan mirando el celular (Bloj, 2025). El desplazamiento de la mirada fundante de la subjetividad del niño hacia la pantalla realizada por el adulto en los primeros tiempos de la vida se añade a la oferta de pantallas que hace tempranamente a las nuevas generaciones. Esto configura un elemento que oficia como punto de partida para plantear la hipótesis que reconocería en ello un indicador de la embestida contra la filiación que comienza a revelar este siglo. Embestida, si se quiere, “no sangrienta” (Derrida, 2001) como las del siglo XIX y XX que mencioné antes.
Ubicar este asunto remite a dos escenarios que se articulan. Por un lado, el escenario vinculado a lo que dice Winnicott (2002/1958) sobre la experiencia de soledad basada en la paradoja que él plantea donde la condición para poder estar solo es la presencia de una “persona que en los primeros días y semanas se identificó con su infante y no se interesó en nada más que en cuidarlo”. La capacidad para que un sujeto pueda estar solo se constituye únicamente en presencia de otro que oficia como “yo auxiliar” en los primeros tiempos de la vida. Sin el registro y la experiencia de la presencia ininterrumpida de una madre confiable, dice Winnicott en 1958, esta capacidad para estar solo no se desarrolla y el niño queda “vulnerable, potencialmente paranoide”. Este punto se enlaza con el otro escenario, el que plantea Melanie Klein (1987) en un texto de 1963 titulado “El sentimiento de soledad”, donde se articulan estrechamente soledad, hostilidad y paranoia, es decir, ansiedad persecutoria. Klein señala que el sentimiento de soledad se recorta del trasfondo de un estado pleno, se desprende de una fantasía de plenitud propia de la etapa pre-verbal (o del estadio infans, diríamos nosotros): la de ser comprendido sin palabras. Cuando algo de esta fantasía que revela la idealización del otro y de sí mismo cae, cuando el otro no devuelve o no da lo que se espera, cuando ya no comprende todo, aparecen en el niño sentimientos agresivos que se proyectan al objeto de amor: el otro me odia, me persigue. Esta ansiedad paranoide es una de las causas, sostiene Klein, del sentimiento de soledad. La otra causa es el persistente anhelo del estado de plenitud en el cual regía la idealización del otro y de sí mismo. Silvia Bleichmar (2011), retomando a Klein, lo dice certeramente: la paranoia es el resultado del fracaso del amor en el sentido en que los sentimientos amorosos no logran sofocar los hostiles. “La paranoia es aquello que marca la imposibilidad de ver al otro como un prójimo, tiene que ver con la constitución de la alteridad como amenazante”.
No hay transmisión generacional en el lazo paranoico
Los dos escenarios planteados a partir de Winnicott y de Klein permiten visualizar dos fuentes posibles para el surgimiento de la ansiedad persecutoria. Una, si se quiere, más primaria como efecto del fracaso en la posibilidad de hacer la experiencia de la presencia ininterrumpida de un adulto confiable, lo que impide el desarrollo de la capacidad para estar solo y deja al infans “potencialmente paranoide”. Otra, secundaria al narcisismo primario, como consecuencia de una crisis de la idealización que desencadena una incapacidad tal para dominar el odio y tolerar la ambivalencia que no alcanza a integrarse por el amor. Entonces, el otro primordial deviene atacante y, por desplazamiento, toda alteridad.
¿Qué quiero indicar haciendo este rodeo? Que no hay transmisión generacional posible en el lazo paranoico. Orientar a partir de estos autores una lectura acerca de las marcas en la constitución subjetiva de una exposición temprana y desregulada a las pantallas que progresivamente viene reemplazando el sostén libidinal del adulto y expone a las nuevas generaciones a soledades primarias y secundarias que desencadenan ansiedades persecutorias, permite arriesgar una inquietante hipótesis. Cuando el goce –a predominio voyeur, en este caso– de los adultos no cede se pone en riesgo la transmisión. Sin esa parte sacrificada del goce –diría J. Hassoun (1996, p. 171)– al niño no le queda espacio para recibir la trasmisión, la soledad de la orfandad libidinal transforma el lazo filiatorio en paranoide y la trasmisión generacional se interrumpe. La tarea del nuevo sujeto ya no será ir más allá del padre, romper con la generación anterior y reanudarse a ella, en esa tensión paradojal inherente a la filiación. Ya no habría tarea para los nuevos sujetos más que la de configurar defensas más o menos delirantes contra la alteridad atacante. Veamos cómo lo plantea Hassoun en ese libro maravilloso titulado Los contrabandistas de la memoria (1996): “Es necesario entender la transmisión como un ofrecimiento por parte de los padres, de los maestros, de algunos elementos que cada uno de los miembros de una descendencia recibe en su infancia, que él compondrá a su manera y que serán sin ninguna duda sometidos a su vez a nuevas modificaciones” (pp. 127-8).
Los interrogantes que, entre otros, podrían formularse serían: ¿Qué reciben las nuevas generaciones de las anteriores toda vez que los adultos se sustituyen a sí mismos por las pantallas en algunas funciones básicas de cuidado, declinando una mirada narcisizante y un llamado a la palabra y la enunciación? ¿Cuál será el destino de la pulsión escópica y la pulsión invocante en estos casos? ¿Tendrán los/as hijos/as dónde poner lo que reciben para que sea posible transformarlo y pasarlo a la descendencia? Winnicott (2002) subraya que un niño “puede descubrir su propia vida personal exclusivamente cuando está solo (es decir, solo en presencia de alguien). La alternativa patológica es una vida falsa basada en reacciones a los estímulos externos”.
El condicionamiento cultural (y ecológico) a la condición humana advierte sobre lo precipitado que puede resultar evaluar procesos subjetivos y sociales sin la distancia simbólica e histórica. El paso del tiempo permite elaborar un juicio más consistente. Esta es la idea freudiana que aparece en la introducción de El porvenir de una ilusión. Freud (1998/1927) señala la dificultad de hacer diagnósticos culturales y predicciones sobre la civilización sin la necesaria distancia temporal.
“(…) en general, los seres humanos vivencian su presente como con ingenuidad, sin poder apreciar sus contenidos; primero deberían tomar distancia respecto de él, vale decir que el presente tiene que devenir pasado si es que han de obtenerse de él unos puntos de apoyo para formular juicios sobre las cosas venideras” (p. 5).
Dejo señalada la complejidad de esta posible figura contemporánea del ataque a la filiación para articularla más adelante con una pregunta ligada a constitución del fantasma.
La arbitrariedad negociada de la ley
Otra forma de embestida contra el lazo filiatorio que continua una lógica de siglos anteriores es la violencia sexual intrafamiliar ejercida sobre niñas y niños. Quien debería cuidar de los/as niños/as, se apropia gozosamente de ellos/as. Al interior de las familias es donde ocurre más del 80% de las violencias sexuales hacia las niñas y los niños y es el delito menos sancionado del Código penal: una sola condena cada 1000 casos (4). En aquello que una sociedad hace con las nuevas generaciones puede cifrarse su carácter ético, en el trato que reciben las infancias puede hallarse la medida de su eticidad.
Como reverso de algunos discursos que estimulan la creencia en la sujeción supuesta a derecho de las infancias, realzando el interés superior del niño o el paradigma de protección integral o la idea de los niños, niñas y adolescentes como sujetos plenos de derecho, quienes trabajamos de cara a la población infanto-juvenil en el campo de la salud pública o de la educación, ¿qué observamos? Observamos que la discrecionalidad de las decisiones configura zonas donde la legalidad que debería amparar queda suspendida. Es decir, infancias que viven en lo que Benjamin y después Agamben (2005) llamaron estado de excepción, donde el orden jurídico aloja su propia anomia. No se declara abiertamente la abolición de las leyes de protección, pero se suspende su aplicación. El estado de excepción (o “estado de emergencia”, según las traducciones) es la regla, decía Benjamin (2007). No sólo las infancias, todos y todas vivimos en estado de excepción. La facultad del Poder Ejecutivo para dictaminar estado de sitio, o emitir decretos sin debate parlamentario o suspender la aplicación de leyes sancionadas en las cámaras, constituyen modos de normalización y legitimación del estado de excepción que es la negación del Estado de Derecho.
Hace algunos años, con la ley N° 26.061 (Argentina, 2005) ya promulgada, recibo un oficio del Juzgado en lo Penal de Sentencia en el que se me informa sobre un caso de presunto abuso sexual a un niño de 11 años por parte de su padre. Se me solicita determinar si el niño presenta “tendencias a la mendacidad” e “inclinaciones sexuales de seducción al adulto” (sic). En la primera entrevista, la madre del niño trae en sus manos las copias del informe del médico forense que intervino ante la denuncia, en el que consta una lesión de gravedad en la hora siete del ano. Es decir, al juez no le bastaron las pruebas físicas de lesión. A los pocos días de haber enviado mi informe, recibo un pedido de “ampliación” (sic) del mismo. ¿Cómo concibe al niño el discurso jurídico representado en este magistrado? Si el magistrado es la ley que habla, y la ley, el magistrado mudo –como afirmaba Cicerón (1986)–, preguntarse qué dice y qué calla este juez abre una lectura significativa. El juez encarna una voz institucional que pretende hablar como si fuese la ley misma, pero siempre hay un resto no dicho, un silencio, una interpretación, una decisión situada. Cuando las nuevas generaciones, aquellas que están destinadas a reparar los infortunios y sufrimientos del pasado, a las que debemos proteger y no de las que debemos cuidarnos, se transforman en portadoras de la maldad, algo se altera profundamente en las representaciones colectivas, decía Silvia Bleichmar (2009). Existe una historia que ubica al niño en ese lugar. Recuerden cómo se gesta la ley Agote N° 10.903, la ley del Patronato de la infancia a principios del siglo XX. No me quiero extender acá, pero el diputado del partido conservador, el Dr. Luis Agote impulsa la ley inmediatamente después de los sucesos de la Semana Trágica en 1919 con la represión de las familias obreras en huelga en los talleres Vasena y la posterior masacre camino del cementerio de la Chacarita. Porque allí la participación de los niños en la huelga acompañando a sus padres había provocado disturbios y lesiones graves a la propiedad privada. En fin, pueden rastrear ese origen de la ley Agote porque es muy interesante como ilustración no sólo de la subordinación de la ley al Capital sino de la posición del niño en el fantasma legislativo, que estuvo y está presente en el Poder Judicial y en buena parte de los operadores judiciales en nuestro país. El niño en la posición de degenerado, mendaz y peligroso, es la que habla en el magistrado que solicita la ampliación de mi informe. Lo que quiero decir es que el paradigma de protección integral que deroga a la ley Agote y consagra al niño como sujeto de derecho no rige para este juez. Es decir, se produce una laguna legal, persiste una matriz tutelar y punitiva a pesar de la vigencia de una ley –la Ley N° 26.061– que establece otro punto de partida. Esta suspensión revela cómo los efectos de la posición del niño en el fantasma parental, legislativo y social respaldan y justifican ciertas intervenciones de las instituciones que de un modo u otro se ocupan de las infancias. Las derivas de esta suspensión para los infantiles sujetos no resultan sin consecuencias. La clínica psicoanalítica nos obliga a interrogar qué ocurre cuando advertimos que las dificultades para acotar la apropiación del cuerpo del niño como lugar de goce del adulto van en aumento. ¿Por qué? Porque constituye otra figura del ataque a la filiación que pone en jaque una de las prohibiciones fundantes de la cultura: la prohibición del incesto. El declive de esta prohibición, que la escucha freudiana no pasó por alto en los primeros historiales, representa un intento de abolir el corte entre el sujeto y la alteridad.
“La prohibición del incesto tematiza la imposibilidad de hacer Uno con el Otro. Esto es, que el sujeto emerge encarnando un objeto a caído irremediablemente del campo del Otro, y, por lo tanto, atestiguando de la imposibilidad de suprimir la separación” (Kreszes 2005).
Seguir esta línea de indagación es importante: la de reconocer dónde y bajo qué pantallas que lo encubren se producen estos ataques. No existe en nuestro Código Penal la figura del incesto paterno-filial, por ejemplo. El derecho penal argentino produce una especie de desplazamiento de la categoría de incesto hacia el eje de la integridad sexual y el consentimiento. Subsumir el incesto dentro del “abuso sexual agravado por el vínculo” diluye algo singular: no es solamente un ataque sexual, sino una transgresión estructural de las funciones parentales que afecta las posiciones generacionales, la filiación, la constitución subjetiva, y la inscripción simbólica de la diferencia entre generaciones. Es decir, invisibiliza la dimensión genealógica y simbólica.
¿A quién le importo?
Las lagunas de la ley que admite y legitima el orden jurídico, es decir, cuando el paradigma de gobierno es el estado de excepción que produce la suspensión de algunas leyes –que generalmente son leyes que establecen derechos sociales, económicos y culturales, o leyes que conminan al cumplimiento de determinadas obligaciones– no son sin efectos para la ciudadanía, y en especial atacan directamente a las nuevas generaciones. Podría plantearse que el correlato fantasmático en el sujeto, a nivel singular, del vacío legal que produce el estado de excepción, es aquello que escuchamos muchas veces en la clínica como “posición de excepcionalidad”. Sujetos que se conciben a sí mismos no atravesados por la legalidad, que siempre demandan condiciones de excepcionalidad, y siempre el otro debería hacer una excepción con él. No sólo escuchamos esto en los adultos, también en muchos niños y niñas, aunque de otras formas. Esta posición de excepcionalidad no hunde sus raíces en las mismas fuentes que aquella que frecuentemente surge como efecto del traumatismo, y de la que se ocupa P-L. Assoun en su libro El perjuicio y el ideal (2001). En este trabajo Assoun retoma a Freud (2000/1916) para señalar que el sujeto no admite que se le exija renuncia alguna porque la magnitud del perjuicio sufrido lo releva de cumplir con las legalidades que rigen para todos. El sujeto sostiene crónicamente la pretensión de verse exceptuado de esta ley porque siente que ya fue privado y no podría dar más nada de sí, el trauma o la pérdida acontecida lo pondrían a resguardo de hacer cualquier otro sacrificio. Hace del perjuicio su ideal, del trauma su destino, y se afianza en una querella constante que reivindica “no más esfuerzos”. De este modo, los otros y el Otro social están en deuda con él, la vida le debe una indemnización que de alguna manera va a procurarse. “Entonces, el perjuicio justifica un privilegio de “compensación” (…) el pasado del sufrimiento real se evoca como una coartada para no curarse” (p. 154).
En cambio, la reivindicación de excepcionalidad que surge en el marco de las zonas de anomia promovidas por el estado de excepción como forma de gobierno, responde más a una lógica especular narcisista que a los avatares del trauma. La suspensión de la ley, esa suspensión que desobliga, que exime de cumplimientos y que valdría solo para ciertos sectores de la ciudadanía, convoca especularmente al sujeto, reclama esa suspensión para sí mismo, se identifica con la eximición y la milita secreta o declaradamente. El no renunciamiento del que algunos gozan es el expediente que invoca como prueba del privilegio que también pretende para sí. De esta forma edifica una suerte de legitimidad narcisista que colisiona con la legalidad simbólica. Se llegaría, entonces, a la posición de excepcionalidad por vías diferentes: en un caso, por la vía del perjuicio como pathos del sujeto; en otro, por la vía identificatoria, creando esa “comunidad interior” (Freud, 2000/1916) suscitada por una anomia selectiva. Esto en cuanto a los sujetos ya constituidos. Respecto de los sujetos en constitución habría que decir que incide de otro modo.
Una observación que hizo hace unos años Mercedes Minnicelli y que trabaja en su libro Infancias en estado de excepción (2017) contiene una agudeza clínica poco frecuente. Ella dijo que cada vez aparece menos en los/as niños/as esa pregunta que funda el fantasma, esa pregunta que la neurosis responde bajo formas clásicas siguiendo un guion estructurado, que es la pregunta: ¿qué quiere el otro de mí? ¿qué me desea el otro? Esta es una pregunta que a las nuevas generaciones se les fue planteando de otro modo. ¿Y cuál es el interrogante que la fue reemplazando? ¿A quién le importa lo que yo haga? La pregunta de partida para la constitución del fantasma ¿a quién le importa lo que yo haga? es la pregunta que surge en el marco del estado de excepción como paradigma de gobierno. Ya no es tanto el ¿qué querrá el otro de mí? sino el ¿a quién le importo? Creo que podría orientarse por acá una lectura que intente aproximarse a la problemática del suicidio en la pubertad y en la adolescencia. Si anudamos esto con lo que Durkheim (2004/1897) a fines del siglo XIX señaló respecto de las consecuencias de la anomia y sus efectos subjetivos en su obra El suicidio, vamos a ver que podrían entrar en diálogo. Cuando el orden jurídico se anexa su propia anomia, cuando la anomia está alojada al interior del Derecho creando zonas vacantes o lagunas donde la ley queda sin efecto, aparecen fenómenos subjetivos al nivel del sujeto en estructuración, que resulta muy importante detenerse a pensar. ¿Qué guiones fantasmáticos configuran aquellos niños que parten de la pregunta ¿a quién le importo?, ¿a quién le importa lo que yo haga? Fíjense que se desdibuja la noción de otro deseante que llama a ocupar un lugar, es decir, hay un corte en la genealogía, se corta la transmisión, la filiación queda atacada por este costado también. Minnicelli (2017) las llama generaciones en banda, pibas y pibes desafiliados que no tienen de dónde agarrarse. Chicos en banda (2004) se titula el libro de Duschatzky y Corea, a propósito de las infancias ante el declive de las instituciones y del desplazamiento de la promesa del Estado por la promesa del mercado.
En este marco vemos que el sujeto empieza a tratar de arreglárselas para darse un lugar, bastante frecuentemente por la vía del pasaje al acto y atentando contra sí mismo. O en niños/as más pequeños/as por la vía de la hiperkinesis y del desborde pulsional, o de posiciones autistizadas que quedan más acá de la palabra, es decir, niños/as que no hablan y de esta forma se aseguran cancelar cualquier lazo. Es en este punto donde el abandono se anuda con el problema de la soledad, esa soledad temprana que desencadena ansiedades persecutorias en el niño, para quien la alteridad va configurándose como amenazante. Como si el sentimiento de soledad se fantasmatizará siguiendo dos vectores: el del lazo paranoico y el de la pregunta ¿a quién le importo? Cara y ceca de un proceso histórico de transformación de las condiciones de posibilidad de la transmisión generacional.
La coartada de la seguridad
Si nos situamos desde otro costado para seguir los rastros de los ataques más o menos encubiertos a la filiación, vayamos a ver lo que hay de fondo en el reciente Régimen Penal Juvenil (Ley N.º 27.801, Argentina, 2026) que baja a 14 años la edad de imputabilidad. Se inscribe en esa misma secuencia histórica que les mencionaba antes inaugurada por el diputado conservador Luis Agote, que configura una representación del niño como algo extraño y atacante. La baja de edad de imputabilidad no inaugura una violencia nueva, sino que reactualiza una lógica antigua. En otro ensayo publicado hace poco (Hetzer, 2026) planteaba que bajar la edad de imputabilidad no introduce ley sino goce punitivo, e individualiza un problema que es social, desplazando la responsabilidad del Estado hacia el sujeto más vulnerable del sistema penal. Decía que cuando el Estado penaliza tempranamente actúa entendiendo a ese sujeto como desprendido de su genealogía y le exige una responsabilidad “adulta” sin haber garantizado las condiciones de transmisión. Es decir, al adolescente del nuevo régimen penal se lo concibe separado del Otro social y de su función estructurante. Nosotros sabemos que las instituciones no solo administran derechos, sino que sostienen procesos de subjetivación, cumplen una función identificatoria, de amarre y apoyo. Cuando esas instituciones no ofician como terceridad, cuando expulsan o no transmiten límites simbólicos ni ofrecen horizontes de inscripción social y luego responden con castigo penal, el abandono que se produce es doble: a la falta de cuidado, educación e inclusión, se añade el abandono que representa la penalización, la cual aparece en lugar de la restitución del lazo. Casi todo el mundo sabe que la cárcel no crea las condiciones para asumir una responsabilidad y que debilita aún más los lazos sociales que podrían operar como factores de protección por fuera del encierro. De este modo, bajar la edad de imputabilidad consigue al menos tres cosas: 1- sustituye la construcción de responsabilidad por la imputación jurídica, 2 – reemplaza el trabajo simbólico por el castigo y 3 – clausura la posibilidad de que el sujeto se piense como parte de una historia. Penalizar tempranamente es cortar la transmisión simbólica y luego castigar al sujeto por no haberla recibido (Hetzer, 2026). No repara el lazo social, más bien, lo empobrece y lo fractura bajo la ilusión de orden. En lugar de producir sujetos responsables, produce sujetos culpabilizados, que muchas veces quedan identificados con el lugar de resto social y ahí se les juega todo su destino. Arendt (2004/1951) y luego Agamben (2005) señalaron que el totalitarismo no irrumpe de golpe, sino que se anticipa en pequeñas excepciones justificadas por la seguridad. Y subrayo totalitarismo para ir deslizándome al otro asunto de este ensayo que es el de las instituciones. Infancias e instituciones. Porque una de las formas de posicionar nuestra práctica en las instituciones es aquella que se dirige a identificar, interferir y hacer estallar aquellos puntos donde la práctica institucional se presenta como una totalidad consistente, es decir, se trata de localizar e intervenir aquellos nudos de consistencia que sostienen los efectos de totalidad de la institución.
Sin aliados imaginarios
En este punto me interesa abrir otra perspectiva. Una vez que delimitamos la problemática la mayoría se pregunta qué es posible hacer, ¿no? Una vez que construimos hipótesis acerca de las condiciones de producción de ciertos fenómenos del campo social y a nivel de la subjetividad, quedamos un poco empujados a la pregunta por lo que puede hacerse desde nuestra práctica. La pregunta ¿qué es posible hacer? no es sólo una pregunta clínica, es sobre todo una pregunta política orientada éticamente. Por esto mismo el psicoanálisis aparece como una referencia. Es lo que solía decir Liliana Baños: que la teoría es la referencia ética de nuestra práctica. Entonces, ubicar algo de lo que el método psicoanalítico, el psicoanálisis en tanto método, nos ha permitido hacer y nos viene posibilitando seguir haciendo en este contexto, apunta, en cierta medida, a instalar la pregunta por la política, por la significación de lo que sería actuar políticamente. Esta pregunta señala sin ambigüedades el deber de advertir e interferir cualquiera sea la justificación de totalitarismo que pudiera derivar del estado de excepción, “donde no se trata de ausencia de ley, sino de arbitrariedad negociada de ella” (Minnicelli, 2017, p. 179).
¿Recuerdan que al principio dije que se me había planteado otro título mientras pensaba qué decir en esas dos actividades a las que fui invitado? ¿Cuál era? Las infancias desprovistas de aliados imaginarios. Cuando arranqué había subrayado aliados para introducir la alianza, justamente, entre infancia y filiación y poder ubicar algunas figuras del ataque a la filiación. Ahora quiero subrayar imaginarios para marcar otra idea importante: lo real, el trauma, sólo se puede enfrentar en un orden de ficción.
Hay una anotación que compartió Lucrecia Martel en una clase en octubre del 2024, una anotación que a mí me impactó mucho, que ella encontró recogiendo material para filmar Zama (2017), una película basada en una novela homónima de Antonio Di Benedetto sobre la vida en las colonias del Río de la Plata de un funcionario de la monarquía. ¿Cuál era esa anotación? “A toda hora encuentro indios insomnes”. Esta observación pertenece a las crónicas de uno de los tantos cronistas que la corona española enviaba a sus colonias en el siglo XVI. A esta clase de Martel, ahora la pueden encontrar transcripta en el capítulo 3 de su libro Un destino común publicado a fines de 2025. ¿Por qué me impactó esa nota que encontró Lucrecia? Porque me llevó a pensar que el mundo conocido, las categorías del mundo que conocían los pueblos originarios fueron desbaratadas con la colonización europea. El estado de desconcierto y desesperación en que quedaron hundidos los habitantes de nuestra tierra cinco siglos atrás no les dejaba conciliar el sueño. La ficción onírica, la posibilidad del sujeto de desplegar esa otra escena que se recorta de la vigilia fracasaba como forma de metabolizar la catástrofe. El soñar como condición de subsistencia para la vida psíquica quedó abolido por la magnitud de la masacre y el descalabro simbólico. ¿Qué quiero indicar con esto? La importancia que asumen los marcos simbólicos e imaginarios en la tramitación del trauma histórico. Porque lo que venimos observando en nuestra práctica clínica con las infancias en las instituciones públicas es una suerte de desmoronamiento progresivo de estos marcos. En esa investigación que mencioné antes rápidamente a propósito de la preocupación recurrente de la población infantil por el alimento, también hemos podido explorar la magnitud de la orfandad de palabras y de relatos a las que quedan libradas las nuevas generaciones. Los adultos conversan poco o nada con sus hijos: no sólo no le leen o le narran cuentos, sino que no hay relato acerca de la historia familiar o del lugar al que pertenecen. Es un poco lo que Minnicelli (2017) llama: “Niñez en falta de mitos y leyendas” (p. 203), es decir, niños huérfanos de palabras, desprovistos de un marco simbólico-imaginario de referencia que amortigüe la proximidad a lo real de la Cosa. Infancias sin aliados imaginarios significa infancias con serias dificultades para la apertura de otra escena, otra escena a la que también el uso sin escansiones ni mediaciones de TikTok contribuye a vaciar. Los nuevos sujetos aparecen desprovistos de relatos con sentido, de narrativas, ficciones y juegos que operen como velos para lo traumático y para aquellos enigmas vitales que suscita la muerte, el nacimiento, los orígenes, el abandono, la sexualidad, aquello de desconocido que aparece en el objeto de amor ya conocido. La ficcionalización, entonces, adquiere todo su valor allí donde posibilita decir algo de lo real del trauma, porque siempre del trauma se puede hablar al sesgo, no directamente. Y si lo que vemos en muchos pibes y pibas es que aparecen privados de relatos, con dificultades para construir una historia o abrir un campo de juego porque, entre otras cosas, vienen quedando expuestos a crueldades sin nombre, y lo real se les aproxima sin veladura ¿qué es posible hacer? Esta exposición a lo real profundiza en los/as niños/as y adolescentes la distancia que existe en muchos casos entre lo vivido y la comprensión de lo vivido. La clausura del acto narrativo arraiga en esa brecha, y sabemos que sin narración no hay experiencia ni apropiación de esa experiencia. Tomar la palabra arranca lo vivido de la inmediatez y lo inscribe en una temporalidad comunicable. Entonces, ¿por dónde va a pasar el acto analítico? Por escuchar lo que se sustrae a la narración –eso que no se puede decir y al mismo tiempo no se puede callar– y ofrecer un orden de ficción en una relación basada en la palabra y el juego con otro, en transferencia. Y esto es precisamente a lo que apunta una Ludoteca destinada a la población infanto-juvenil en una institución de salud pública, Ludoteca que proponemos como una variante de la experiencia analítica, y sobre la cual me he ocupado en otros textos (Hetzer, 2020a, 2020b, 2024a, 2024b). Entre los talleres grupales que ofrecemos hay uno de pintura y cuentos. Allí cada niño/a tiene su paleta de colores, su atril y su pincel. Jugamos a ser pintores/as y, luego, sobre lo que se pintó, cada cual cuenta un cuento que nosotros escribimos en la computadora. Establecemos un encuadre: existe una regla que es jugar a pintar lo que primero les viene a la mente; hay una asimetría de poder y saber entre adultos y niños en la cual nosotros ocupamos el lugar del supuesto saber significar; se abre un campo de interrogación sobre lo pintado que el hecho de contar un cuento despliega y a la vez intenta cerrar construyendo un sentido posible. Es decir, tenemos las variables que configuran la posibilidad de una experiencia analítica, una variante de la experiencia analítica que no es la clásica del uno a uno. Vamos de la intersubjetividad a la intrasubjetividad, del juego grupal a tomar la palabra de modo singular al momento de narrar. Los/as niños/as son convocados/as al lugar del sujeto de la enunciación en el marco de un artificio que presta apoyo a la ficción, condición necesaria para que pueda aparecer una verdad subjetiva.
Reintegrar al psicoanálisis su potencia política
En el hospital teníamos hace 20 años un problema institucional que era que la asistencia a la población infantil proponía una separación entre infancia y juego. El servicio de psicología atendía niños/as sin caja de juego. Uno de los tantos puntos donde la institución hacía totalidad –totalidad en el sentido que le da Goffman (2009) en ese libro fenomenal que es Internados– era justamente hacer consistir esa disyunción entre infancia y juego. Este era el problema, el punto que era necesario ubicar para interferirlo. Y haber podido asociar infancia y juego transformó un problema institucional en un problema clínico. Problema clínico que no mantuvimos al interior de los consultorios externos del hospital, sino que abrimos hacia el campo grupal, complejizamos el problema llevando la clínica psicoanalítica al campo de lo grupal. Instalamos dispositivos clínicos de juego grupal con niños/as en virtud de detectar las dificultades de las infancias de los barrios cercanos para poder jugar, dificultades diversas: materiales, espaciales, tiroteos, presencia de narcos, anegamientos y basurales, inexistencia de espacios públicos en condiciones para jugar con otros. Y del retrabajo sobre el alcance del juego grupal en el patio del hospital fue apareciendo la idea de armar una Ludoteca, pelear por un espacio físico donde proponer talleres de juego diferentes en los que producir objetos culturales (cocinar, hacer radio, contar cuentos para reunirlos y publicar un libro, tocar en una murga, fabricar objetos en madera, construir títeres, leer cuentos), donde la especificidad clínica de cada taller y el proceso de ficcionalización que promueve puedan plantearse a partir del objeto cultural producido. El hecho de sostener el funcionamiento de este dispositivo desde el año 2012 ha permitido instalarse como un lugar de referencia para la población infanto-juvenil de la zona (no únicamente pacientes) y para algunas instituciones (centros de salud, escuelas y universidades). La propuesta de jugar, la invitación al juego con otros/as constituye una intervención que propicia el despliegue identificatorio estructurante del psiquismo infantil, fundante de subjetividad, y, por lo tanto, es a la vez, una propuesta filiatoria. Para que una intervención tenga ese alcance clínico y político es preciso otorgar estabilidad a la experiencia del/la niño/a a lo largo del tiempo, ofrecer condiciones de estabilidad del objeto, diría Winnicott (2005). Por esta razón, si de lo que se trata es de conjurar los ataques a la filiación, constituir lugares de referencia es clave. Fundar y sostener en el tiempo espacios de escucha, de juego y construcción de narrativas donde las nuevas generaciones hagan aliados y alianzas imaginarias puede reintegrar al psicoanálisis su potencia política.
Notas
(1) https://www.infobae.com/economia/2026/04/22/casi-6-de-cada-10-ninos-son-pobres-en-la-argentina-y-el-30-no-come-regularmente-segun-la-uca/?utm
(2) Un estudio reciente es el informe “Kids Online Argentina 2025”, elaborado por UNICEF y UNESCO sobre casi 6.000 niños, niñas y adolescentes. Allí se observa que el 88% usa el celular todos o casi todos los días para conectarse a internet y que el acceso diario aumenta con la edad: entre 9 y 11 años aproximadamente la mitad usa celular todos los días; entre 12 y 14 años, el 77%; entre 15 y 17 años, cerca del 90%.
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