Por Juan Manuel Vera
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Se ha desencadenado un intenso giro histórico en el que actualmente predominan los rasgos más siniestros. Solo hay que pensar en los liderazgos de las potencias mundiales que acumulan los mayores poderes militares y económicos: en Donald Trump, Vladimir Putin, Narendra Modi y Xi Xinping. El dominio de la fuerza bruta y el desprecio de los valores democráticos parecen las únicas pautas importantes y compartidas por quienes están al frente de los Estados más poderosos.
Con la excepción parcial del caso de China, donde se ha mantenido la dictadura comunista nacida del maoísmo, pero en un nuevo entorno megacapitalista, estamos ante fenómenos políticos inéditos surgidos en estas décadas del siglo XXI.
Aunque en el momento de escribir estas líneas el segundo mandato de Trump se remonta a poco más de un año, sus consecuencias tanto en el interior de Estados Unidos como en la esfera internacional resultan demoledoras. Su desenvolvimiento xenófobo y racista, autoritario e imperialista resulta plenamente coherente con el delirio de su lógica interna. Si se consolidara el poder trumpista el régimen liberal norteamericano podría encaminarse a una conversión semi-dictatorial, que significaría su quiebra definitiva. En todo caso, la partida final todavía no está echada.
Si añadimos las figuras subalternas, la segunda fila de oligarcas gobernantes, con personajes como Neyanyahu, Jamenei, Erdogan, Bukele, Milei, Orban, y un etcétera demasiado largo, los peores temores parecen plenamente justificados. Nuevamente, todos ellos comparten el odio a cualquier forma de democracia social, o de democracia a secas, y la admiración por la fuerza bruta.
El futuro se presenta ensombrecido por los malos presagios. Los motivos de preocupación crecen, adicionalmente, cuando se ha producido un cambio en las sensibilidades populares que facilita que las fuerzas políticas que representan a los nuevos fascismos populistas mantengan un crecimiento sostenido en América Latina y, también, en Europa, aparente último reducto frente a la estrategia trumpista.
¿Es un enloquecimiento inevitable e inesperado del curso histórico? ¿Por qué hemos entrado en esta tormenta vertiginosa? ¿Hay algo que todavía se pueda hacer para contener el rumbo hacia la catástrofe?
Algunas razones del giro histórico
En estos tiempos desarticulados recuerdo a menudo las advertencias del economista Karl Polanyi en su magistral obra La gran transformación, publicada originalmente en 1944. La redactó en medio de una época catastrófica, que le obligó a tres exilios sucesivos. Polanyi analizó la quiebra de la civilización europea durante las primeras décadas del siglo XX en el marco de los nefastos efectos sociales de un período precedente de crecimiento desaforado de mercados desregulados, que acabaron abriendo el paso a las guerras mundiales, a los fascismos y a otros autoritarismos extremos.
El proyecto autodestructivo de un mercado autorregulado conduce, con alta probabilidad, a tensiones fatales. Para Polanyi la tesis de que el mercado libre generalizado es capaz de producir una asignación óptima de recursos es empíricamente falsa y, sobre todo, tiene consecuencias sociales y políticas atroces.
Esa valoración nos puede resultar útil para comprender, salvando distancias a las que luego me referiré, los efectos de la etapa de mercantilización generalizada desatada desde los años ochenta del pasado siglo por los gobiernos neoliberales, que promovieron una intervención política radical del Estado para conseguirla. La remercantilización de bienes y servicios públicos y la desregulación de los capitales fueron importantes señas de identidad de todo el período que culminó en la crisis financiera de 2008.
Señalaba Polanyi, basándose en la experiencia histórica que conocía, que las reacciones a una fase de mercado desregulado pueden ser tanto estrategias democratizadoras (socializantes e igualitarias) como autoritarias y elitistas. Esa es la tesis que se plantea en La gran transformación, fundamentada en la convicción de la incompatibilidad sistémica entre el ultracapitalismo y la democracia.
Frente a las fantasías liberales carece de sentido oponer la espontaneidad mercantil al desarrollo del gran Estado moderno burocrático. La creación de un mercado autorregulado solo puede ser el resultado de un proceso disciplinario increíblemente agresivo que desgaja la economía de otras relaciones sociales, es decir que separa frontalmente el ámbito económico de los procesos democráticos.
A pesar de los paralelismos indicados con la crisis sistémica de las primeras décadas del siglo XX las circunstancias determinantes de la actual etapa histórica incluyen factores muy diferentes, tanto en la escala global en que se desenvuelve como en sus rasgos cualitativos. Hay que atender a factores como el crecimiento demográfico, el cambio climático o el nuevo tecno-marco económico-social para comprender el entorno en que las oligarquías contemporáneas han emprendido su carrera sin aparente retorno contra las bases democráticas de lo común y de los derechos sociales.
¿Destino sin retorno?
La primera y principal gran transformación del mundo en que vivimos es demográfica. En tres cuartos de siglo la población mundial se ha triplicado. Los 2.500 millones de habitantes del planeta en 1950 son actualmente más de 8.000. Para 2050 la cifra calculada se acercará a los 10.000 millones de seres humanos. Este cambio pone a una prueba extrema los recursos naturales del planeta en el contexto de un calentamiento global que se acelera.
Al mismo tiempo, desde un capitalismo impulsado por los combustibles fósiles se ha emprendido un rumbo acelerado hacia unas nuevas tecnologías digitales con vocación de aplicación universal. Nos conducen hipotéticamente hacia una sociedad algorítmica donde las plataformas opacas propiedad de unos pocos megamillonarios neofascistas destruyan definitivamente la noción colectiva de lo verdadero y lo falso, dando lugar a una nueva forma de sociedad donde no haya lugar para la deliberación democrática.
Es imprescindible poner el foco en las actuales élites tecno-capitalistas del poder. Junto a los gobernantes autoritarios se encuentran los tecno-oligarcas como Musk, Zuckerberg, Dúrov o Bezos, referencias esenciales para descifrar algunas de las claves del curso emprendido.
La realidad contemporánea podría definirse a través de unos cuantos conceptos. Tecnocapitalismo, poderes oligárquicos, desigualdad social, bomba demográfica, pulsiones bélicas, calentamiento global.
Sin embargo, ¿es monolítica esa realidad? No lo creo. Las repercusiones de emprender una determinada dirección, como la que las élites han desencadenado, en un universo de sistemas complejos, como nuestro mundo real, resultan literalmente incalculables e impredecibles. Solo una cierta pereza de la razón nos lleva a dedicar esfuerzos inútiles al supuesto arte de la predicción, empeño que debería dirigirse más bien a descubrir las formas de emprender acciones humanas dotadas de un sentido diferente.
Construir nuevos sentidos
La institución social nunca ha sido el producto mecánico del diseño humano, por poderosos que sean los que se arrogan la voluntad de establecer los marcos del presente y del futuro. Los ejemplos son múltiples. El viejo concierto de las potencias fracasó. Los repartos coloniales del mundo fueron superados. Las guerras llegan y aunque aparentemente nadie las quiera, como en 1914, o cuando una voluntad conduce a ellas, como hizo Hitler o hace ahora Putin en Ucrania, pero sus consecuencias escapan a cualquier análisis racional o funcional. El dominio fascista de Europa Occidental se derrumbó en unos años. Los acuerdos de Yalta y décadas de Guerra Fría tuvieron un final inesperado.
Unas veces el curso histórico parece asemejarse a grandes placas tectónicas que apenas se mueven. En otros momentos se acelera la desorganización y la descomposición de los viejos equilibrios.
En épocas de aceleración histórica como la actual se producen mutaciones en los esquemas de lo posible en el imaginario social. De hecho, gran parte de las actuaciones estratégicas del trumpismo persiguen trasladar las fronteras de lo posible, de forma que todos nos convenzamos de que pueden ocurrir cosas que no parecían encajar en el orden estable de lo preexistente. Aparece una reinstitución permanente, buscando la persistencia de una parte de lo instituido, pero, también, transformándolo en función de nuevas realidades y prácticas sociales reaccionarias.
A veces parecemos olvidar que junto a la praxis instituyente que puede orientarse hacia la autonomía o, en un sentido más genérico, las prácticas democratizadoras o emancipatorias, existen otras prácticas, especialmente las orientadas desde las élites sociales que se dirigen justo a lo contrario, a propiciar nuevos marcos heterónomos más agresivos para la vida de la mayoría de la población.
En la lucha entre distintas prácticas sociales por conseguir una cierta hegemonía pueden aflorar, en ocasiones, los acontecimientos imprevistos que transforman las lógicas de las instituciones. Los acontecimientos siempre tienen, en cuanto creación social, un carácter enigmático al ser imposible revelar completamente qué los origina, de dónde vienen, qué los causa, por qué ocurren en un momento preciso. Pero también resultan enigmáticos por la dificultad de identificar las negatividades que portan, las significaciones futuras que pueden emerger o las fuerzas reactivas que pueden desencadenar.
Durante el último cuarto de siglo se produjeron algunos grandes movimientos sociales que plantearon una cierta continuidad de los impulsos en favor de la protección de la sociedad y de lo común heredados de las tradiciones democráticas y emancipatorias del pasado. Sin embargo, no consiguieron producir efectos duraderos en el imaginario social ni estabilizar nuevas relaciones de fuerza y de organización colectiva. No fueron lo suficientemente fuertes para llegar a desencadenar la apertura hacia una creación social duradera.
Después de la crisis de 2008, inesperados acontecimientos se manifestaron a través de la Primavera Árabe, del 15M en España, las ocupaciones de plazas en muchos lugares del mundo. En una década, desde Europa a Hong Kong, desde Sudán a Chile, se produjeron intensas movilizaciones populares antioligárquicas en todos los continentes, en los más diversos lugares del mundo, interrumpidas en gran parte por el inicio de la pandemia del COVID en 2020.
Durante un tiempo pudo parecer que tras la crisis del capitalismo financiero de 2008 se detendrían los excesos del neoliberalismo, recuperando la protección de lo común y los derechos sociales laminados o en proceso de ser eliminados. Sin embargo, las élites gobernantes y las oligarquías económicas demostraron una enorme capacidad de resistencia y de ser capaces de reconstruir sentidos favorables a sus pretensiones. Así, tras la gran crisis no surgió una economía más regulada ni se limitó el poder de las grandes corporaciones que manipulan los supuestos mercados. El gran éxito de sus vendedores de ideas de segunda mano es haber convencido a la población de que las decisiones que adoptan esas élites son las únicas posibles y que este capitalismo desregulado es el sistema más justo y eficiente.
Apenas suturadas alguna de las heridas sociales se aceleró el rumbo vertiginoso de un capitalismo sin control, orientado a una insólita revolución tecno-económica. Pero ese camino parece exigir, a los ojos de las oligarquías dominantes, profundizar simultáneamente en el establecimiento de nuevas formas de poder disciplinario, hacia autoritarismos que han ido encontrando en un breve tiempo, experiencia tras experiencia, sus espacios, sus líderes y sus sentidos.
El actual giro histórico solo es viable porque vivimos en una sociedad con poca memoria. La información y el análisis crítico de la realidad están sometidos a fuertes presiones disolutorias. En particular, las redes sociales en manos de las grandes corporaciones de la tecnología informacional, contando con la complicidad inducida de sus usuarios, se han convertido en poderosas máquinas de destrucción del sentido social colectivo, incluso de la lógica común y la verdad de los hechos. La instantaneidad envejece rápidamente cualquier novedad y en ese inmenso e irresponsable saco de olvido todo se confunde y se equipara.
La distancia entre las intenciones declaradas y las realidades crece imparablemente. Nuestro mundo es el de los oligopolios, no el de la competencia perfecta. El de las oligarquías, no el de una democracia efectiva. El de la corrupción sistémica, no el de un civismo generalizado. Más de cuatro décadas de racionalidad neoliberal, quizás ya pos-neoliberal, han dado como resultado el crecimiento de una cultura política potencialmente antidemocrática. Aumenta la indiferencia ante la realidad de los hechos y parece desaparecer cualquier horizonte colectivo de decisión en común. No es casual.
Los nuevos sentidos que emergen pueden incluso hacer revivir formas monstruosas del pasado ya que la imaginación contemporánea no ha dejado de alimentarse de fantasmas. La reorientación del proyecto neoliberal hacia formas autoritarias exige acentuar las tendencias al desmantelamiento de los limitados instrumentos de control democrático existentes.
Las democracias electorales del siglo XX fueron incapaces, al igual que las democracias liberales representativas del siglo XIX, de establecer una constante vigilancia sobre los que concentran la riqueza, para evitar que tomen el control del poder político. Sin una profilaxis respecto al poder corruptor que ejercen los más ricos y poderosos, la sociedad corre cada vez mayores riesgos de acabar sometida al infierno de una plutocracia autoritaria.
Las oligarquías dominantes son plenamente conscientes de que la base de la democracia es radicalmente contraria al mantenimiento y extensión de su poder, ya que todo impulso democratizador se apoya en la igualdad política, que es inseparable de la construcción de contextos favorables a una mayor igualdad social.
Frente a unos problemas de dimensión planetaria, la única respuesta de esas oligarquías es fomentar una ilusión, la confianza irracional en que la técnica y el “mercado” aportaran al sistema alguna vía de salida. La nueva máquina socioeconómica del mundo no puede detenerse ni frente a un precipicio.
Praxis y creación
En la ontología de Castoriadis la creación social carece de cualquier contenido de valor, no presupone un sentido determinado. Constituyen una creación las significaciones imaginarias de la libertad o la igualdad, que alimentan el proyecto democrático, pero también lo son las que apelan al dominio en cualquiera de sus formas históricamente más brutales, incluyendo las experiencias extremas de los colonialismos, los fascismos y los estalinismos.
Del mismo modo, la historia no admite formalización ni predicción. Esto no significa, como señalaba también Castoriadis, que en la creación histórica lo nuevo emerja sin condiciones. Incluso lo que aparece como novedad radical, nunca constituye algo nuevo en términos absolutos, está siempre apoyada sobre algo que estaba ya allí, aunque no sea deducible o determinada por lo que estaba.
Conviene recordar que cabe distinguir dos dimensiones del tiempo. La primera de ellas es la de la institución, el tiempo social-histórico. El tiempo instituido que no es asimilable ni al tiempo objetivo y medible, ni al tiempo subjetivo de la conciencia. Cada sociedad instituye su propia temporalidad. La naturaleza de lo histórico-social hace que no sea posible establecer una ley constitutiva de su transformación.
La segunda dimensión del tiempo es la de los actores sociales, en ocasiones el tiempo de la acción, en ocasiones el tiempo instituyente. La posibilidad de avance del proyecto de autonomía supondría una nueva autoinstitución, que solo puede ser el resultado de un movimiento social democrático alimentado tanto desde las fuerzas de la cooperación como de los conflictos permanentes entre los de abajo y los de arriba.
El horizonte de la indeterminación final de toda evolución de la sociedad, que es también el de la posibilidad de aparición de nuevas determinaciones provisionales, resulta esencial para pensar el espacio de las prácticas humanas. Dado que no existe una flecha de la historia estamos permanentemente obligados a asumir nuestras propias responsabilidades, sin confiar en creencias teleológicas. La crítica de lo existente debe aspirar a la lucidez, a una apertura que no se convierta en eclecticismo y a una actividad que permita el reconocimiento de los otros.
En estos tiempos oscuros, como en tantos otros momentos históricos poco esperanzadores, la actividad consciente en defensa de la profundización democrática se convierte en el único recurso de todos aquellos que no estén dispuestos a sumirse en la melancolía, en el nihilismo o en alguna forma de deserción de la defensa de lo común.
Toda praxis de esa naturaleza necesita de un contenido político preciso y transparente. Debe concebirse, desde esta perspectiva, alrededor del objetivo central de combatir el dominio hegemónico de las oligarquías y los nuevos autoritarismos emergentes, en nombre de valores que son al mismo tiempo, viejos y nuevos, los propios de una aspiración común a una vida en que colectivamente establezcamos una institución de derechos universales. Solo desde esas prácticas sociales anti-oligárquicas podrá vislumbrase una nueva frontera para lo posible en un mundo en una profunda crisis civilizatoria.