Por Miguel Tollo
Psicólogo. Psicoanalista
Presidente del Forum Infancias C.A.B.A.
Autor del libro “Avatares del yo en tiempos de fragmentación social y consumismo” (2025) Compilador de “Escuchar las infancias” (2019) Ambos de Noveduc
“¿Cómo pueden perseguirse objetivos a largo plazo en una sociedad a corto plazo? ¿Cómo sostener relaciones sociales duraderas? ¿Cómo puede un ser un humano desarrollar un relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos…? […] El capitalismo del corto plazo amenaza con corroer […] aquellos aspectos del carácter que unen a los seres humanos entre si y brindan a cada uno de ellos una sensación de un yo sostenible.” (Sennet, R. pag. 25 – 1995)
Introducción
Hay épocas como la actual donde los acontecimientos delatan con mayor contundencia que somos seres de naturaleza social.
El deterioro de las instituciones públicas, la crisis económica, la retirada del Estado de su función protectiva hacia los sectores vulnerables condiciona la vida de miles de personas y amenaza la existencia de todes, aún de aquellas que creen dominar y lucrar con su política.
Una de las características de lo que nos ocurre como sociedad toma la figura de la fragmentación. Se habla de la fragmentación como un fenómeno que caracteriza a todas las sociedades contemporáneas. Creo recomendable detenernos en un tramo de este trabajo en ese concepto tanto como en el de lazo social para luego pensar su impacto subjetivo.
Acerca de la fragmentación social
Según el diccionario el término fragmento designa una “parte pequeña de alguna cosa quebrada o dividida”. Va de suyo por lo tanto que un fragmento evoca una unidad previa que por algún motivo se ha perdido. Ahora bien, cuando aplicamos el concepto de lo fragmentario a un sujeto o una sociedad ¿es válido dar por sentada esa unidad anterior?
Y, aun cuando podemos con rigor ponerlo en duda, el efecto imaginario y simbólico llega a ser lo suficientemente potente como para sostener enunciados que dan por sentado un modo de organización y una dinámica social totalizantes.
Sin embargo, por algunas razones ese funcionamiento articulado capaz de fraguar unidad donde no la hay, ha comenzado a fallar en las sociedades y también en los sujetos.
Sabemos que Freud puso claramente en cuestión el concepto de individuo. Así mismo algunos de sus textos dan cuenta que lo social no constituye una unidad indivisible. Decía en Psicología de las Masas que las personas pertenecemos a distintas masas y nuestro Yo articula al mismo tiempo con diversos conglomerados: religiosos, de clase, de nación, de raza, entre otros. (Freud, S. 1921) (1).
Según Gloria Perelló en su lectura de Laclau (Perelló, et al 2014), “el pueblo del populismo viene a señalar la plenitud ausente de la comunidad porque da cuenta de “la imposibilidad de la sociedad”. Justamente porque el pueblo del populismo tiene lugar por la imposibilidad de todo orden (objetividad, identidad, etc.) de cerrarse como una mismitud completamente coherente y unificada.” “El todo siempre va a ser encarnado, por una parte. En términos de nuestro análisis: no existe ninguna universalidad que no sea una universalidad hegemónica. (Laclau, 2005, p. 60)
Ahora bien, así como la pretendida unidad de lo social se logra desde una porción hegemónica, la supuesta unidad del sujeto también cumple con su cometido en la constitución psíquica y en la vida cotidiana, desde la unidad imaginaria del Yo, sin perjuicio de que consideremos una fragmentación del mismo funcional y no necesariamente patológica.
Los grandes relatos ya desvencijados, le otorgaban al Yo un marco estable y organizado del mundo y de la existencia. Con su desvanecimiento es previsible el complejo impacto subjetivo.
Pero desde mi punto de vista, corresponde darle al concepto de fragmentación un sentido histórico y pensarlo como proceso de fragmentación social. Es decir, que no nos referimos a un suceso que ha ocurrido de un día para el otro. Se trata de un proceso tributario de múltiples factores, quese expresa en la disolución progresiva de los vínculos colectivos, la pérdida de referentes simbólicos comunes y la multiplicación de experiencias de aislamiento y desamparo subjetivo. Consecuencias que es prudente advertir, tampoco deben ser consideradas de manera lineal ni catastrófica, ya que son fenómenos que conviven con viejas y nuevas formas de lo social.
Desde una perspectiva psicoanalítica, esta fragmentación no se limita a una transformación estructural de las instituciones, sino que afecta profundamente las formas del lazo, es decir, las modalidades mediante las cuales los sujetos se inscriben en un orden simbólico y se relacionan con los otros más allá de los vínculos intersubjetivos directos como la familia o las amistades.
La fragmentación social entonces puede definirse como el proceso de disgregación del entramado simbólico, económico y afectivo que sostiene la pertenencia común.
Esta fragmentación produce una atomización de los sujetos, que ya no se reconocen en una comunidad simbólica compartida, sino como unidades autosuficientes en permanente competencia (Castel, 1997; Laval & Dardot, 2013).
Sostenemos que esta fragmentación a nivel social se reproduce hacia dentro del sujeto incrementando el poder de la desmentida y la escisión del Yo, lo que hace notar con mayor evidencia su multiplicidad yoica.
El concepto de lazo social
En sociedades atravesadas por la lógica neoliberal se observa la sustitución de los lazos solidarios por vínculos utilitarios, competitivos y fugaces, donde prevalece la lógica del rendimiento, la meritocracia y el éxito individual. Y esto repercute como vamos viendo en la consistencia y persistencia del lazo social. Pero ¿a qué nos referimos con lazo social?
En Freud (Freud, S. 1921), el lazo social se funda en una identificación común y en la internalización de un ideal que media entre el yo y los otros. Cuando ese ideal se debilita —por la caída de las figuras de autoridad simbólica y la pérdida de legitimidad de los discursos colectivos—, el sujeto queda librado a una relación inmediata con el goce, sin mediación del Otro (Lacan, Seminario XVII, 1969–1970).
Ya desde Rousseau cuando nos habla de lien social o Durkheim al darle al término lazo un carácter simbólico, se diferenció un modo de constitución de lo social no tributario del orden natural.
Para Émile Durkheim, el lazo social se funda en la solidaridad, es decir, en la red de interdependencias que une a los individuos dentro de una colectividad. (Durkheim, 1893/2001, p. 129)
Por su parte Max Weberconsidera que el lazo social no se explica por una moral colectiva, sino por la acción social: la conducta dotada de sentido en relación con otros.
Robert Castel analiza el lazo social en el contexto de la crisis del trabajo y del Estado de Bienestar. En La metamorfosis de la cuestión social (Castel, R. 1997), describe la desafiliación como el proceso por el cual los individuos pierden las redes de pertenencia (laborales, familiares, comunitarias) que garantizaban integración.
El lazo social se nutre de valores, mitos, creencias, significaciones, prácticas, hábitus diría Pierre Bourdieu, que establecen los modos en que se produce nuestra pertenencia a un conjunto social determinado. Se trata de un concepto relacional que establece las condiciones para la pertenencia a un conjunto social. Ser ciudadano, argentino, latinoamericano, vecino del barrio, etc., señala nuestra inscripción en un espacio-tiempo de lo histórico social y nos relaciona con otros en las mismas condiciones sin que esto exija el establecimiento de un vínculo intersubjetivo (2).
Todos los autores en general concuerdan en la importancia de dotar soportes tanto simbólicos como materiales al lazo social.
El debilitamiento del lazo social genera inseguridad ontológica y “vulnerabilidad social”, produciendo nuevas formas de exclusión.
Asistimos a su reemplazo por lo que llamaría impostores, como por ejemplo el pertenecer a una misma red virtual o el de ser consumidor de un producto o servicio (“pertenecer tiene sus privilegios” decía una famosa publicidad). Es interesante que Rousseau al teorizar sobre el lien social, ya planteaba este equívoco hablando de las “falsas nociones sobre el lazo social”, afirmaba que “hay mil maneras de juntar a los hombres, pero sólo una de unirlos.” (Rousseau, J.J. 1762).
Las redes digitales constituyen una nueva escena del lazo social, pero bajo una lógica radicalmente distinta a la del encuentro simbólico. Allí, el otro se presenta como imagen o como espejo narcisista que confirma o rechaza, en lugar de un interlocutor que interroga y hace falta.
Desde el psicoanálisis, puede pensarse que esta modalidad de vínculo promueve una expansión del narcisismo y una desmentida de la castración, donde el sujeto busca reconocimiento inmediato y cuantificable —“likes”, seguidores, visibilidad— como forma de suturar la falta.
El discurso capitalista, en el sentido que Lacan formula en el Seminario XVII, se hace aquí plenamente visible: un circuito cerrado que promueve la producción infinita de objetos de goce (imágenes, datos, mercancías), pero sin mediación del Otro ni retorno del deseo. El resultado es una soledad paradójica, una saturación de conexiones sin encuentro.
Impacto en la subjetividad
La fragmentación y la ruptura del lazo social, afectan la constitución psíquica y el funcionamiento de instancias como el Yo cuya modalidad de relación intra e intersubjetiva puede alterarse a veces de manera perjudicial para el sujeto y sus vínculos.
El filósofo francés Jean Baudrillard quien emplea el concepto de “sujeto fractal” con el queda cuenta de lastransformaciones del sujeto y la identidad en la llamada posmodernidad. (Baudrillard, J. 1990; 1983; 1992).
Toma como punto de partida el diagnóstico de que la sociedad contemporánea, marcada por la hiperrealidad, la saturación de imágenes y la lógica del simulacro, ha producido la disolución del sujeto moderno.
El sujeto cartesiano o ilustrado se sostenía en una identidad unificada, centrada y racional, capaz de producir sentido y de reconocerse en una historia. Si bien el psicoanálisis cuestionó a fondo esa pretendida unidad, el concepto de individuo siguió albergando la ilusión de un sujeto con manejo de sí mismo en base a una racionalidad y una moral autónomas.
Baudrillard denomina “sujeto fractal” a esta forma de subjetividad discontinua, dispersa y proliferante, que sustituye la unidad del yo por una multiplicidad de fragmentos equivalentes entre sí. El sujeto fractal es, entonces:
- múltiple y descentrado,
- sin interioridad ni historia,
- puro efecto de superficie,
- intercambiable y reproducible en las redes del simulacro.
No hay ya una identidad unitaria, sino una proliferación de “yoes parciales” que coexisten sin conflicto, adaptándose a los flujos de la comunicación, la moda o el consumo.
Ricard Sennett sostiene que el “nuevo capitalismo” —marcado por la flexibilidad, la movilidad, la precariedad laboral y los proyectos a corto plazo— erosiona el carácter de las personas, al dificultar que construyan una vida coherente, estable y con sentido. Bajo este modelo, la idea de un yo duradero, articulado y comprometido se ve reemplazada por la necesidad de reinventarse continuamente, lo que fragmenta la experiencia vital. (Sennet, R. 1995)
Silvia Bleichmar (2006) ha señalado que la fragmentación social contemporánea no se traduce únicamente en desigualdad económica, sino en procesos de desubjetivación, es decir, en la pérdida de las condiciones simbólicas para reconocerse como sujeto entre otros. (Bleichmar, S. 2006)
El sujeto fractal encarna esta desubjetivación: se multiplica en identidades efímeras, sin anclaje en una trama de significaciones compartidas. Allí donde el lazo social requería de mediaciones simbólicas —familia, trabajo, institución, comunidad—, el sujeto fractal opera en un espacio de pura conectividad, donde el vínculo se reduce a intercambio de signos o información.
Marcelo Percia le da a esa fragmentación subjetiva un estatuto no necesariamente negativo ni patológico. Nos dice:
“¿Por qué someter al ideal de unidad los movimientos turbulentos de la subjetividad? ¿La conciencia no soporta su condición plural? La idea de unidad es soberbia cuando se tiene por superior a la de fragmento, dispersión o multiplicidad. Y en ese caso es pedante, altanera e inútil. Pero se podría decir lo mismo si la presunción fuera al revés. A veces, la idea de un estar plural hace complicidad con el deseo de librarme de mí mismo.”
“Lo plural no es algo que una persona posea como condición de su unidad dividida. En la subjetividad acontece lo plural. Estar plural no es estar divididos. En partes distintas, opuestas o complementarias. La fragmentación requiere la idea de un todo previo. Estar plural es ser testigo de mi propio pasaje por estares que hacen diferencias que la conciencia procura –luego, muchos después– integrar.” (Percia, M. 2005)
El sujeto fractal representa la forma subjetiva de la fragmentación y la ruptura del lazo social, en la medida en que vive en una hiperconexión que no produce comunidad. La relación con el otro se torna especular y narcisista; el “yo” se expande en pantallas, pero el deseo queda obturado.
El impacto subjetivo de este proceso es variado. En primer lugar, la fragmentación del lazo social desregula los modos de constitución del sujeto, generando condiciones de fragilidad yoica y de empobrecimiento del campo identificatorio.
En el plano político, la fractalización del sujeto favorece la erosión de lo común: la colectividad se fragmenta en microcomunidades efímeras, en identidades performativas o en burbujas informacionales que refuerzan la equivalencia de los signos sin producir encuentro simbólico.
Se observa una reconfiguración de las defensas psíquicas, con predominio de mecanismos narcisistas y de desmentida frente a la falta, en detrimento de las elaboraciones simbólicas y del lazo transferencial. Lo colectivo ya no opera como sostén, sino como amenaza o como escenario de indiferencia.
Puede decirse que la ruptura del lazo social contemporáneo implica un desanclaje entre el sujeto y el Otro simbólico, un vaciamiento del campo del deseo y una expansión de la soledad estructural.
Hacia una reconstitución posible del lazo
En un escrito de 2002 -y las condiciones no parecen haber variado sino empeorado- Silvia Bleichmar señalaba que “carentes de grandes propuestas compartidas, siguen operando sin embargo microgrupos que rearticulan modos de cohesión y de re-identificación para los adolescentes y jóvenes” conservando resquicios por los que se sostengan los tres pilares de la identificación a saber las representaciones, los fines compartidos y los afectos ligadores. (Bleichmar, S. 2002)
El psicoanálisis —junto con las prácticas colectivas y comunitarias— puede pensarse como un espacio idóneo. Allí donde el discurso social promueve la equivalencia y la saturación, el análisis reintroduce la falta y la palabra como condiciones del deseo y del lazo. Tanto el psicoanálisis como las prácticas en salud mental comunitaria y en lo social pueden pensarse como espacios de restitución del lazo simbólico y resistencia simbólica. Ante el aislamiento subjetivo, el trabajo analítico y comunitario reintroducen la palabra y el encuentro como mediaciones.
En esa línea trabaja la psicóloga mexicana Rosaura Martínez Ruíz cuando propone la reelaboración colectiva del trauma o el psicoanálisis como estrategia política y entonces enfatiza el escuchar al otro, “estar con el otro para luchar por construir una mayor justicia en la esfera pública”, ya que “el poder curativo de construir la memoria y nombrar la violencia que tanto la asamblea como la escucha logran, es el de un medio de restaurar o reapropiarnos de nuestra agencia como actores políticos…” (Martínez Ruíz, R. 2024)
La apuesta no es la de restaurar un lazo homogéneo sino producir nuevas formas de vinculación que habiliten la diferencia, el deseo y la responsabilidad ética frente al otro, restituir la posibilidad del vacío que hace lugar al otro. En ese sentido, la clínica y la política del sujeto apuntan a recrear las condiciones del lazo simbólico, allí donde el capitalismo global ha producido la fractalización y el aislamiento.
En la era de la caída de los relatos y de la solidez de las instituciones desfondadas como apuntara Ignacio Lewcowicz, cabría contar con la emergencia de nosotros, quizás contingentes pero que aun así construyen un lazo libidinal sustentable.
Ante el abandono y el desamparo producido por el brutalismo, considero que es imprescindible repolitizar el malestar subjetivo y que esto implica restituir su dimensión social, el sentido de lo común que nos liga y no reducir ese sufrimiento a una “falla” o “trastorno” individual. En tiempos de precariedad generalizada, recuperar la construcción simbólica y política del lazo es una apuesta urgente sabiendo que no se trata de un voluntarismo individual sino de la potencia de un pensar-hacer colectivo.
Referencias bibliográficas
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Notas
(1) “Cada individuo es miembro de muchas masas, tiene múltiples ligazones de identificación y ha edificado su ideal del yo según los más diversos modelos. Cada individuo participa, así, del alma de muchas masas: su raza, su estamento, su comunidad de credo, su comunidad estatal, etc., y aun puede elevarse por encima de ello hasta lograr una partícula de autonomía y de originalidad.” (FREUD, S. 1921- Un grado en el interior del Yo. Capítulo XI de Psicología de las Masas y Análisis del Yo – pag. 122)
(2) Para Bourdieu el lazo social se articula a través del hábitus y del capital social. El hábitus —sistema de disposiciones incorporadas— orienta las prácticas y percepciones, produciendo cohesión simbólica dentro de un campo. El capital social, por su parte, es el conjunto de recursos y vínculos que un individuo puede movilizar en virtud de su pertenencia a redes o grupos. Desde esta mirada, el lazo social es una forma de poder simbólico, distribuido desigualmente según la posición social. Su ruptura o debilitamiento está ligada a procesos de exclusión o marginalidad estructural.