Serena Sottile
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La película Mountainhead se presenta como una sátira- del director Jesse Armstrong, creador de series como Succession – que profundiza en la vida de los magnates tecnológicos, examinando cómo su ambición y poder desmedidos terminan generando un caos global. Pero tiene algo inquietante: mientras intenta exagerar el presente, el presente la alcanza. Y entonces la sátira deja de ser un espejo deformante para volverse casi un documental involuntario.
En el corazón del film aparece una idea que hoy circula con insistencia: el Tecno feudalismo. La noción —popularizada por economistas como Yanis Varoufakis— describe un mundo donde el poder ya no está en los Estados ni siquiera en el mercado tradicional, sino en plataformas tecnológicas que funcionan como nuevos señores feudales. Los usuarios producen datos, atención y contenido; las plataformas se quedan con la renta. Los nuevos siervos digitales son los usuarios cautivos.
La película sitúa a sus personajes —magnates tecnológicos encerrados en un refugio de lujo— una mansión ubicada en las nevadas montañas de Park City, Utah. Desde allí miran el mundo como si fuera un tablero de simulación. Esa distancia es clave: cuando quienes controlan infraestructuras de comunicación ven la realidad como un videojuego, el riesgo ya no es solo económico sino civilizatorio.
Uno de los ejes del relato es la circulación de Fake news y Deep fake. La tecnología permite fabricar realidades plausibles a una velocidad que la verdad no puede alcanzar. El resultado es un ecosistema donde la verificación llega siempre tarde. La mentira ya recorrió medio planeta cuando la verdad recién está atándose los zapatos.
En ese caldo proliferan comunidades radicalizadas como la Manosphere-Machosfera- espacios digitales donde frustraciones masculinas se convierten en ideología. La película insinúa que estos fenómenos no surgen solos: el algoritmo premia lo que genera más fricción emocional. La indignación es rentable. El resentimiento también.
Por eso el film también toca un punto sensible: la salud mental colectiva. Si el ecosistema informativo está diseñado para amplificar ansiedad, paranoia y polarización, el resultado es una sociedad permanentemente excitada, incapaz de procesar matices. Una mente saturada es más manipulable.
De allí emerge otro hilo del relato: la derechización global. No necesariamente como un proyecto ideológico coherente, sino como una reacción emocional alimentada por miedo, precariedad y sensación de pérdida de control. En la película, los magnates parecen jugar con estas dinámicas como si fueran variables de laboratorio.
Lo inquietante es que el contexto que rodea esa manipulación incluye riesgos geopolíticos reales: guerras, proliferación nuclear y la posibilidad —siempre latente— de un error de cálculo en un mundo hiperconectado.
En ese mapa aparece también Argentina, mencionada varias veces como ejemplo de crisis económicas, laboratorio político o terreno fértil para experimentos narrativos en redes. No es casual: el país suele funcionar, en la imaginación global, como un barómetro de lo que ocurre cuando la política, la economía y el relato mediático se desordenan al mismo tiempo.
La paradoja final de Mountainhead es que pretende ridiculizar a estos nuevos oligarcas tecnológicos, pero al hacerlo revela algo más perturbador: la distancia entre caricatura y realidad se volvió peligrosamente pequeña.
Cuando la sátira se queda sin exageración posible, quizá el problema ya no sea la película. Quizá el problema sea el mundo. Da pánico sentir que podamos estar en manos de semejantes estúpidos. Esos personajes caricaturescos de Armstrong se parecen demasiado a Elon Musk y Cía.
La presencia reiterada de Argentina en el imaginario tecnológico —y en ficciones como Mountainhead— no es casual. Para la industria de la inteligencia artificial, el país cumple varias funciones simbólicas y materiales a la vez.
En muchos debates tecnológicos, Argentina aparece como ejemplo de sociedades que atraviesan ciclos intensos de crisis económicas, inflación y polarización política. Para los analistas de sistemas complejos, esto vuelve al país una especie de “campo de prueba” sociopolítico: permite observar cómo reaccionan las sociedades ante shocks constantes. Las plataformas digitales y los algoritmos de recomendación se estudian allí casi como si se observara un ecosistema en estado de estrés permanente.
La digitalización en Argentina creció rápido incluso en contextos de precariedad económica. Plataformas de trabajo, Fintech y redes sociales se expandieron con velocidad. Para los desarrolladores de IA, eso significa una enorme cantidad de datos de interacción humana: consumo cultural, debates políticos, memes, lenguaje coloquial. Todo eso alimenta modelos lingüísticos y sistemas de predicción social.
Argentina tiene una larga tradición en matemáticas, física e ingeniería informática. Muchos investigadores y programadores argentinos trabajan en empresas globales de IA o en universidades extranjeras. Ese fenómeno produce una paradoja: el país no concentra el capital tecnológico, pero sí parte del capital humano que lo construye.
El español es uno de los idiomas más hablados del planeta. Entrenar modelos de IA para comprender sus variaciones —rioplatense, mexicano, caribeño, peninsular— es fundamental. El español de Argentina, con su voseo, su ironía y su densidad cultural, se vuelve un corpus lingüístico muy valioso para entrenar sistemas conversacionales.
La combinación de alta conectividad digital y polarización política convierte al país en un espacio donde fenómenos como Fake news y Deep fake pueden propagarse con rapidez. Para los investigadores en IA, estudiar cómo circulan estas narrativas permite mejorar —o manipular— sistemas de detección y moderación. Dicho de otro modo: si la IA aprende observando a la humanidad, Argentina es uno de los lugares donde esa humanidad se expresa con mayor intensidad. Y para un algoritmo, el drama humano parece ser un co