Por Luciano Rodríguez Costa
Psicólogo, Psicoanalista, Mg. en Salud Mental
Autor de La violencia en los márgenes del psicoanálisis (Lugar, 2021), Los procesos de subjetivación en psicoanálisis (Topía, 2023) y Juventudes no adolescentes (Topía, 2024).
Es notable que cuando de expresar condolencia se trata, nuestro lenguaje suele decir “lo siento”. Lo cual representa y pone en acto una expresión de empatía ante el sufrimiento del semejante que consiste en compartir el dolor, sentirlo uno mismo a pesar de no ser aquel que lo padece. Ahora bien, resulta igualmente sorprendente que esa misma expresión, en su literalidad hablaría sólo del sentir, por lo cual podría aplicarse a cualquier tipo de sentimiento compartido en relación a un semejante. Sin embargo, no se utiliza para decir que uno comparte la felicidad del otro, su alegría, tampoco su ira o sus temores, sino que recae específicamente sobre el dolor. Dolor y sentimiento, juntos.
Nuestra lengua dando cuenta de una categoría que nos ha sido preciso indagar a partir de la práctica con personas, jóvenes particularmente, que han sufrido desamparo. En esos casos veíamos las brechas psíquicas que dejaron la ausencia o intermitencia de unos otros que estén ahí para sentir, compartir y tener respuestas eficaces en relación al dolor de aquel en situación de dependencia.
A continuación, desarrollaremos la categoría de condolencia y su lugar en el desarrollo del psiquismo. Y veremos cuáles son algunas de las brechas cuya carencia suele abrir.
Desarrollo de la condolencia
Haciendo una síntesis atroz, diremos que en los orígenes no existía el uno ni el otro, no había tiempo ni espacio, no había bueno ni malo, sino que cataclismo y creación coincidían con dolor y bienestar respectivamente.
Como diría Freud, “el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales«, lo cual sería cierto de no ser por aquellas infancias y juventudes violentadas donde no podemos ver o reconstruir una respuesta moral a pesar de su desvalimiento. La respuesta que de hecho vemos, tiene que ver con el desamparo entendido como acción que priva de un cuidado al infans. Para nosotros el desamparo es una acción de retiro o no oferta de amparo, ante la dependencia que el infans tiene debido a su invalidez originaria. Y estas últimas son la condición de posibilidad de la movilización adulta de los recursos éticos que lo llevarán a disponerse al cuidado de aquel que se encuentra en situación de dependencia, pero que requiere de una adquisición previa que posibilite esa tarea constituyente de la cultura: la capacidad de preocupación por el otro (Winnicott, 2013).
La preocupación maternal primaria (Winnicott, 2009) se nos presenta como la fuente, en el otro materno, de la adquisición de la capacidad para la preocupación por el otro. En el corazón de esa capacidad situamos a la condolencia. Desde nuestra perspectiva, la fuente de todos los motivos morales ante la dependencia del otro, es la condolencia, la capacidad del adulto (cuando este tuvo oportunidad de experienciarla) de que el dolor del bebé le duela, lo con-mocione, es decir, lo motorice, movilice a la acción eficaz, aquella que le producirá la satisfacción de una necesidad, la descarga pulsional y el establecimiento de vías colaterales que complejizarán los circuitos de descarga. Esta capacidad de condolencia es una forma de amor, quizás su corazón mismo, si tenemos en cuenta la experiencia de trabajo con muchísimos progenitores que por más que expresen e incluso sientan amor hacia su progenie, no cesan de fallar una y otra vez en su posibilidad de entrar en contacto con la invalidez de ese niño y su consecuente dependencia, no pudiendo registrar ni responder a su dolor. Quizás no sería desacertado considerarla como una experiencia de amor a nivel corporal, previa a la instancia del Yo y del otro, particularmente considerando que es algo que moviliza a las personas desde las entrañas de un modo tan simple y crucial como querer evitarle un sufrimiento a ese ser que se ama.
Si bien la compasión, entendida como comunidad de las pasiones, podría ser un término más abarcativo para designar la capacidad del adulto de responder a las necesidades psíquicas del bebé, la experiencia de la práctica nos ha llevado a sostener la especificidad que nos representa la condolencia como parte de la compasión: el apremio del bebé y la necesidad igualmente apremiante de responder a ello por parte del adulto, eran un cuidado que muchas veces no podíamos constatar en jóvenes progenitoras que si bien querían mucho a sus hijos, no lograban identificarse a las fragilidades y apremios de su plena dependencia.
Luego hallamos algunos nuevos elementos que parecen darle mayor consistencia: a partir de Freud sabemos que el odio es precursor de la relación de objeto, en tanto que la primera aparición de lo otro será a partir del repudio de aquello que se torne displacentero. Mientras que, por el contrario, tanto el autoerotismo que se produce a partir de la erotización primaria o implantación de la pulsión, como la omnipotencia creativa primaria que se produce a nivel del autoengendramiento fantasmático, a partir de lo dado en la realidad, pueden prescindir del reconocimiento de un objeto exterior, un otro del cual provienen. En tiempos originarios, en el plano de lo amoroso y de lo erótico, el psiquismo tiene la ilusión de bastarse a sí mismo.
Son las vivencias de dolor, de inquietud, de tensión, las que hacen aparecer la realidad no-yo con toda su fuerza, y es en relación a ellas que la presencia del otro en tanto que alteridad, deviene insoslayable e íntimamente unida a aquellas. El desamparo es la vivencia de desolación ante al dolor. Y el dolor es la vivencia de aquello que no puede domesticarse mediante el autoerotismo ni mediante la fantasía (que desconoce la realidad). El dolor requiere del otro, lo presentifica y le da a esa entidad una necesidad irrecusable: ante el dolor y la soledad, la presencia adquiere una realidad dotada de una densidad muy diversa de aquella que encontramos en la presencia del otro ante el placer, la satisfacción pulsional, etc.
De modo que si, en términos de Winnicott, el autoerotismo no requiere del otro y la fantasía releva del encuentro con la realidad del semejante, el dolor tendría una propiedad extra en relación a la confirmación de la existencia real de un otro capaz de todo el dolor o todo el alivio. La condolencia se nos presentará así, en el bebé como en el adulto y entre ellos dos, como el apremio de aportar-recibir una presencia capaz de compartir ese dolor y darle una resolución apaciguante. Esta condolencia se produce sobre la base del amor, y es amor puesto en cuidado. Pero, como dijimos, el amor puede carecer de condolencia, lo cual si bien puede llevarnos al debate en torno de si acaso merece continuar llamándose amor, a nivel de la clínica sí podemos ir aportando mientras tanto, que ese amor sin condolencia es uno que quiere y valora a ese hijo como lo más importante pero que falla precisamente a nivel de la presencia, y falla justamente en su capacidad de movilizarse ante el dolor de aquel que se encuentra en situación de absoluta dependencia, deviniendo una presencia evanescente, líquida, y por ello, parcialmente irreal.
Psicopatología de la condolencia
La condolencia entonces mora en el corazón de la capacidad de preocuparse por el otro, de la moral y de la ética entendida como registro del otro –estadio final de la construcción de legalidades cuando se reelaboran las universales morales en función del reconocimiento de la particularidad del semejante-.
¿Qué sucede cuando falla la condolencia? Y además ¿qué motivos podrían llevar a esa brecha psíquica?
El opuesto de la condolencia es la indiferencia indolente, cuando el otro no registra, ya sea porque no puede admitir el dolor o porque aun admitiéndolo en su representación, no es capaz de ofrecer vías elaborativas capaces de apaciguarlo. Y sin dudas que hoy vivimos tiempos donde las propuestas fascistas de subjetivación apuntan a construir enemigos internos y a transformar la capacidad de condolencia de que disponemos todas aquellas personas que hemos crecido con los cuidados habituales al proceso de humanización, en crueldad. La crueldad no sólo es indolente, sino que le añade el factor de goce del sufrimiento del semejante. Cuando se trata de propuestas histórico-políticas así, hablamos entonces de desubjetivación de la condolencia y subjetivación de la indolencia y la crueldad.
Ahora bien, cuando la brecha condoliente se halla desde los orígenes mismos del psiquismo, la indolencia deviene una forma defensiva para lidiar con sufrimientos sin representación que corresponden a angustias primordiales. Cuando un psiquismo se halla desolado ante el sufrimiento, es decir etimológicamente, privado de todo consuelo, durante más tiempo del que le es posible esperar amparo, entonces tiene que hacer algo imposible: cuidarse a sí mismo. Tiene que realizar la tarea de aplicar sobre sí mismo una experiencia de la cual carece. Como la piel cuando es sometida a una fuente constante de laceración, debe realizar una especie de callo psíquico volviendo indolente aquella superficie que antes fuera sensibilidad capaz de recepcionar el dolor tanto como la caricia. El dolor deja de sentirse como tal, pero el costo es la pérdida de la sensibilidad.
Es el caso de un joven que atravesó largos períodos de su infancia bajo una confusión que lo aterrorizó y lo empujó a la búsqueda de resoluciones solitarias. En su juventud reeditó algo de esos vínculos originarios en una relación de pareja que vivió como un martirio de caos, crueldad y goce pulsional. Finalmente logró separarse de ella, y entonces contó lo padecido a algunos amigos y a sus padres. Pero no recibió más que respuestas superficiales sobre la locura de aquella o sobre la relación con mujeres en general. “Nadie me dijo que lo sentía por mí”.
Días después, en una crisis toma un cuchillo al rojo vivo y lo posa sobre su carne. Observa el humo salir, lo huele, siente la sangre hervir debajo del metal enrojecido. Y entonces siente no sólo alivio sino una gran omnipotencia: si podía sobrevivir a eso, podía sobrevivir a cualquier dolor. Ya no tenía que seguir temiendo. Ni esperando. Hacia el final de su relato, mi cuerpo aterrorizado y dolido por la transferencia de tales vivencias de cuerpo a cuerpo, encuentra y decide una sola intervención: “siento mucho que hayas tenido que pasar por ese sufrimiento vos solo”. Se quiebra entonces en un llanto duradero. A la siguiente sesión me diría que no se esperaba que le dijera eso; que lo desarmó.
En aquella como en otras sesiones también surgiría como un borde, otro de los destinos psicopatológicos de la imposibilidad de compartir el dolor: la perversión de la condolencia. Tenía que ver con la fantasía de hacerle sufrir a otros, cosas terroríficas como las que habitualmente fantaseaba o soñaba que le sucedían a él mismo o como las que de hecho había padecido. Lo cual lo llevaba a la pregunta acerca de si sería un psicópata. Le respondía que detrás de la fantasía de producirle dolor a otros lo que había era un profundo deseo de compartir el dolor que había estado cargando tanto tiempo en silencio. Con el transcurrir del trabajo durante las sesiones, fue pudiendo hablar con otros acerca de los profundos sufrimientos que lo atormentaban. Con sus amigos, con parteneres empáticas que tenía aún la capacidad de hallar, y con sus padres.
Poder decir “lo siento” está así en el núcleo de la constitución de nuestro psiquismo, tanto como en la posibilidad a priori, de aproximación a cualquier deriva del dolor humano.
Bibliografía
Bleichmar, S. (2016). La construcción del sujeto ético. Buenos Aires: Paidós.
Bleichmar, S. (2009). La fundación de lo inconciente: destinos de pulsión, destinos del sujeto. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Freud, S. (2007). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Rodríguez Costa, L. (2025). Juventudes no adolescentes. Buenos Aires: Topía.
Rodríguez Costa, L. (2021). La violencia en los márgenes del psicoanálisis. Buenos Aires: Lugar Editorial.
Rodríguez Costa, L. (2023). Los procesos de subjetivación en psicoanálisis: el psicoanálisis ante el apremio de una revolución paradigmática. Buenos Aires: Topía.
Winnicott, D. (2009). Escritos de Pediatría y Psicoanálisis. Barcelona : Paidós.
Winnicott, D. (2009). Exploraciones psicoanalíticas II. Buenos Aires: Paidós.
Winnicott, D. W. (2013). Deprivación y delincuencia. Buenos Aires : Paidós.
Winnicott, D. W. (2009). Exploraciones psicoanalíticas I. Buenos Aires: Paidós.