Por Liliana Palazzini –Psicoanalista-
Docente Formadora de la RISaM del Hospital Escuela E. Perón de Granadero Baigorria, Sta. Fe Docente Formadora de la RISaMC del Hospital Intendente Carrasco, Rosario, Sta. Fe Colaboradora del Equipo de Salud Mental del Hospital Víctor J. Vilela, Rosario, Sta. Fe
Autora de “Devenir adolescente. Recomposiciones y rupturas propias del crecer”. Bs. As., Lugar Editorial, 2026
La historia
Si de cosas inciertas hablamos, la adolescencia -en tanto alcance y recorrido-, es una de ellas.
Antes de la revolución industrial la adolescencia no constituía una categoría social con la entidad que hoy le atribuimos. Su emergencia se vincula con las profundas transformaciones económicas y culturales que acompañaron el pasaje del mundo agrario al industrial cambiando las formas de producción, la organización familiar y los tiempos de ingreso a la vida adulta. Este proceso histórico produjo una reconfiguración en las formas de vivir, trabajar y vincularse, inaugurando un nuevo modo de organización social. Se produce un éxodo mayoritario de la franja juvenil hacia las grandes ciudades en busca de capacitación, la necesaria, para responder a los nuevos modos de producción
Aprendizaje y tiempo van de la mano, se necesitan trabajadores que sepan leer, calcular, operar maquinarias pesadas y la condición especial del momento es la preparación, esto compone una sensacional brecha cultural compuesta por los conglomerados juveniles que pasan a concentrarse en los polos urbanos.
Puede afirmarse que la revolución industrial compone un zócalo histórico en el que se asienta la emergencia de lo que sociológicamente denominamos juventud, no obstante devenir adolescente desde la perspectiva psicoanalítica no se define solo por las modificaciones en las condiciones socioeconómicas de vida ni por las franjas etarias propia de la psicología evolutiva, sino que se liga a una instancia de elaboración psíquica del crecimiento inaugurado por la pubertad. Esta es una forma de pensar la adolescencia más cerca del sentido de gesta, de alcance, que de etapa cronológica.
Pensada en estos términos debemos decir que, si bien la adolescencia implica conflictos y angustias, más daño causa la ausencia de su despliegue. De hecho, la falta o insuficiencia en la elaboración psíquica que enfatizamos, puede dejar abiertas las puertas a futuras formas de padecimientos.
La pubertad
Imposible soslayar el papel decisivo que la pubertad desempeña en el proceso del crecimiento, en tanto constituye un momento de profunda determinación biológica inscripta en la herencia genética. La aparición de la pubertad en el derrotero maduracional se emplaza como ineludible, pero vale situar allí algo el orden traumático porque lo acontecido en el cuerpo es inédito y reclama su inscripción como representación psíquica para que tenga entidad elaborable, pero esto no sucede de un día para otro. De hecho, la pubertad es efervescencia, eclosión, desmesura, la genitalización indica el desarrollo de la capacidad reproductiva, aunque el psiquismo no se entere de esto tan fácilmente. Exceso por un lado y vacío por otro componen la cualidad traumática de este tiempo.
¿Cómo se sale de ahí? La respuesta a esta pregunta que parece torpe o tonta indica el comienzo de otro éxodo, porque la pubertad introduce la genitalidad y la genitalidad señala que el amor va a tener que ser desplazado hacia espacios exogámicos, apropiados para su despliegue. Entonces, la pubertad como acontecimiento somático, es un verdadero acicate para el psiquismo. La metamorfosis corporal inaugura un centrado genital en el derrotero libidinal capaz de activar un trabajo elaborativo del crecimiento como hecho emocional. Ya nada será igual. En el espacio que insume este trabajo psíquico del acontecer somático se ubica la adolescencia como derrotero emocional y sensible.
Crecer no es padecer
A pesar de la mala prensa que a veces tiene la palabra adolescencia como indicador de algo fallido o carente debemos subrayar que habrá más carencia o debilidad si se eluden o se obstaculizan los trabajos psíquicos que le dan vida. Es probable que el lugar otorgado históricamente al enlace entre adolescencia y duelos tenga que ver con la confusión de su significación etimológica, adolescencia proviene del latín adolescere que quiere decir crecer y no padecer. El adolescente no anda penando de ninguna otra cosa más que de transitar por un mundo que ha cambiado y por conflictos de existencia que no se articulan con lo que ha perdido sino a las complejidades de la nueva posición que necesita alcanzar.
Es decisivo llegar a ser adolescente, si bien es tiempo de turbulencias y apremios, su saldo deriva en potencia de palabra de acto y de pensamiento. Allí donde la edad no es definitoria del crecimiento emocional, la perspectiva psicoanalítica sitúa la construcción adolescente enlazada a las transformaciones de la capacidad de libidinizar el mundo y las acciones propias en él. En este borde entre lo que todavía no se es y lo que se ha dejado de ser se extiende el trabajo de crecer.
En tal sentido la construcción adolescente implica el alcance de un recurso simbólico derivado de su instauración, la que no será posible sin trabajo psíquico. Devenir adolescente es una construcción relativa a movimientos pulsionales que complejizan el psiquismo en relación al cuerpo propio, al espacio-tiempo y al semejante. Implica incorporación de nuevas inscripciones representacionales referidas al crecimiento advenido y al cambio en las formas desiderativas del vivir.
Los trabajos psíquicos
Las operatorias que se inscriben en la noción de trabajo psíquico, tan cara al psicoanálisis, dibujan un recorrido libidinal que tiene pregnancia en las transformaciones del joven en sus modos de vincularse con el mundo, con los otros y consigo mismo.
Emerge la necesidad de diferenciarse no solo subrayando la singularidad, sino con el afán de sustitución generacional para ocupar el lugar de los adultos. Se trata de un corte y una separación a fin de sentirse real y externo cuestión que, a su vez,
implica una desinvestidura parental. Se decreta la obsolescencia del mundo adulto produciendo un impacto narcisista en la regulación del conjunto. Quizás el supuesto sufrimiento de los adolescentes sea una invención de las generaciones precedentes, deprimidas e incapaces de afrontar la vida que cambia demasiado rápido y les revela una temporalidad inexorable.
También la remodelación identificatoria se inscribe como necesaria en esta línea de acción. Si bien en la infancia el valor, el brillo y la superioridad provienen de un yo ideal que aloja las bases para una autoestima suficiente, forma parte del trabajo adolescente el establecimiento de un giro imprescindible en la instalación de los ideales del yo, de modo tal que esa valoración primera atraviesa hacia el mundo como un haz de luz que ilumina aquello que se desea, proyecta, sueña o se quiere alcanzar. El sostenimiento de proyectos identificatorios tiene gran visibilidad en las acciones, no sólo a corto plazo, sino en aquellas que pueden ser soportadas en el tiempo en virtud de la promesa de placer que conllevan. Este trabajo también modifica las coordenadas del crecimiento, ya que aquello que se quiere alcanzar no puede lograrse en aislamiento.
De tal manera podemos enlazar la inserción del adolescente en los grupos de pares como apoyaturas necesarias para la remodelación identificatoria. Lo que queda por fuera del campo familiar se vuelve más importante que lo familiar, sin la interferencia de los adultos el adolescente podrá crear, imaginar y jugar poniendo en evidencia la investidura de espacios y objetos exogámicos. En esa construcción del afuera el apuntalamiento en el campo social es indispensable, aquí la tarea principal de la intersubjetividad es la de hacer vínculos.
Las categorías de crecimiento detalladas, si bien implican una enorme apuesta de capital libidinal, dejan una matriz abierta de movilidad psíquica que se convierte en un circuito potencialmente disponible toda vez que se requiera de adecuaciones, tramitaciones, apertura, plasticidad y/o potencia de pensamiento.
De los caminantes
Estas operatorias no constituyen un decálogo de lo que la adolescencia “debería ser”, sino una descripción de los trabajos psíquicos que hacen posible devenir adolescente, claro que ello requiere de un entorno capaz de alojarlo. Su realización nunca depende exclusivamente del sujeto: requiere apoyaturas del mundo adulto.
Cuando estas condiciones de sostén se debilitan, fracturan o ausentan el recorrido se aleja de la idea de transitar por senderos y se acerca mucho más a la idea de abismos.
El sendero se abre sencillo o sinuoso dependiendo de las circunstancias subjetivas entre las que se cuenta primordialmente el marco o sostén que el joven encuentre a lo largo de su tránsito. En tanto sendero no nos remite a un trayecto lineal ni predeterminado, tiene desniveles y también obstáculos. Desde esta perspectiva el andar adolescente va encontrando apoyaturas simbólicas y vinculares en el entorno que favorecen su tarea de crecer. Sin pasividad sí, pero no en soledad. Me refiero a una adolescencia que, aún atravesada por incertidumbres y tropiezos encuentra a su paso marcas, lazos y experiencias capaces de sostener el recorrido. En ese trayecto, la presencia de los adultos –aludo aquí en especial a la presencia del Estado- resulta decisiva como sostén transitorio, hasta que pueda consolidarse una organización subjetiva propia.
Los tránsitos territoriales y hospitalarios, nos llevan a otra realidad: la de abismos. Realidades que nos cuentan que la adolescencia no fracasa porque los jóvenes hayan cambiado, sino que el trabajo adolescente se vuelve inviable cuando el mundo pierde su capacidad de sostener la labor psíquica que ese tiempo de la vida exige. Allí los senderos se estrechan y la deriva a lo abismal es imparable.
Inundados de desilusión, abatimiento o rabia el crecimiento irrumpe como si no hubiera habido tiempo –ni labor psíquica suficiente- para procesarlo. Distintas expresiones clínicas revelan este estado de cosas: inhibición, aislamiento, ludopatía, uso adictivo de las redes, idealización de “seguidores” en detrimento de lazos de amistad, y una creciente objetalización del otro reducido al consumo o al placer.
Cuando el otro se revela en su alteridad, puede ser desencadenante de una furia imparable. Entonces la fuerza deja de tramitarse en el pensamiento o la fantasía para volverse literal: la musculatura aplasta o asfixia todo aquello que frustra.
La genitalidad se aparta del deseo y toma una dimensión monstruosa. Sin lazo, sin ilusión, sin alteridad el otro pierde su condición de semejante y pasa a ser un objeto sobre el que recaen la apropiación, el dominio o la destrucción.
Tristeza, desilusión y desesperanza componen un tríptico fatal. Cuando esos afectos se anudan al odio el horizonte subjetivo se impregna de impulsos autodestructivos.
Cortes, actos, actuaciones, configuran una clínica de la desesperación que desborda las coordenadas clásicas de la neurosis. Es como habitar una psicosis sin psicótico.
La adolescencia desconcierta, pero más nos desconcierta si la damos por alcanzada cuando no lo está. Nos arroja a una posición angustiosa toda vez que, entre incompletud, carencias, soledades y abismos, somos testigos de un trabajo de crecimiento que no ha tenido apertura. Jamás tendremos la certeza de poder contribuir a ello, pero es precisamente en los abismos donde devenimos red para evitar la caída.
Estas líneas no tienen el propósito de diagnosticar adolescentes, sino de interrogar las condiciones que el mundo les ofrece –o les niega- para hacer posible el trabajo psíquico de devenir adolescentes.