Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
Preferiría que, lo que en esta calurosa tarde de Buenos Aires voy a compartir con Uds., sea escuchado como un relato. En buena medida, porque el psicoanálisis pertenece al género de la literatura fantástica, provocativa idea de Borges. Nada más apropiado que la literatura psicoanalítica para una época en la que transitamos un laberinto distópico, terminal y aciago para la mayor parte de la humanidad. Un laberinto en el que hablar de malestar en la cultura ya no es suficiente. También por lo que sostiene Franco “Bifo” Berardi: “Aunque me parezca incapaz de curar el océano de dolor que nos sumerge, el psicoanálisis sigue siendo útil para comprender lo que sucedió y lo que sigue sucediendo. Y quizás también para desmantelar la maquinaria de la inhumanidad.” (Berardi, F, 2025)
Por otra parte, entiendo que lo extraño de esta época turbulenta, traumatizante, loca, puede y debe ser bordeado por un relato psicoanalítico. Por el psicoanálisis entendido como esa literatura borgeana. El psicoanálisis es algo muy apropiado para desafiar el laberinto individual, pero, también, para el laberinto colectivo. Si en el centro del laberinto habita el Monstruo, debemos enfrentar al o a los monstruos de la época, tanto en la vida colectiva como en la individual.
Si hablamos de monstruos, alguien que dedicó su obra a la inquietante extrañeza de su aparición, es H.P. Lovecraft, quien está presente en mi reciente libro (Franco, Y, 2025), y también en lo que hoy voy a compartir con Uds. La literatura, el cine, la música, la plástica, la filosofía poética (es bueno recordar que la filosofía comenzó siendo poesía), son las mejores armas, según mi criterio, para abrir brechas en los muros de ese laberinto terminal en el que nos encontramos. Digo terminal porque estamos al borde del abismo. Pero en el sentido que W. Allen ofrece en Match Point– cuando estamos al borde del abismo todo puede caer hacia un lado u otro. Pero no quiero ser dramático, sí tener un pensamiento trágico, es decir de los límites. Estamos frente a límites.
Abrir brechas en los muros del laberinto que se presenta como terminal es tarea de ese psicoanálisis que llamé ácido: porque corroe, goza de humor corrosivo y porque es necesaria una buena dosis de locura lisérgica para imaginar esas brechas. Animarse a ingresar a este laberinto es algo sólo para locos –como Herman Hesse advierte en El Lobo estepario-. Tal vez sea la locura lo que permita atravesar la demencia generalizada.
Porque algo loco y extraño está entre nosotros. En el sentido que Mark Fisher le da. Lo extraño es protagonista en El color fuera del espacio (The color out of space): eso que cayó, era algo de lo cual ni siquiera podía decirse que era un color: “era casi imposible de describir; y sólo por analogía se atrevieron a llamarlo color”. Su caída genera una alteración radical de la vida de los habitantes del pueblo en el que tiene lugar el relato. Una transfiguración de la vida habitual para dar lugar a otra radicalmente diferenciada.
Lo raro, lo siniestro y lo espeluznante son maneras distintas de tratar con lo extraño, sostiene Fisher. Pero –digo- no necesariamente lo extraño debe ser ligado exclusivamente al terror. Prefiero hablar de aquello que nos deja perplejos: una bifurcación en la realidad, impactada por algo de lo real que emerge en el núcleo de la misma. Eso que parece ser un error en la matriz. El encuentro abrumador con La Cosa. Eso real que nos habita y que puede irrumpir en la vida cotidiana, desarticulándola. Algo interior-exterior. Es la aparición de algo que no debiera estar ahí, que no encaja, una presencia abrumadora, y, por lo tanto, traumatizante.
Lo extraño, puedeser una pandemia, como la de Covid-19. Algo siniestro, ya que transformaba al otro en posible agente de contagio, ya no era familiar, era como una suerte de muerto-vivo que venía por nosotros. Raro también, ya que era un error en la matriz simbólica, que sostuve que se había transfigurado (Franco, Y. 2021). Las figuras psíquicas y colectivas se habían alterado, transfigurado. Lo extraño dominó la vida individual y colectiva.
Ahora bien, resulta que lo extraño puede ser algo que sea de un signo contrario, algo que puede ser vivido como lo maravilloso. ¿Qué estoy diciendo? Que lo extraño puede ser también, el resultado de una revuelta, una emancipación, la creación artística, algún descubrimiento que altere nuestra ontología, etc. También lo es el enamoramiento.
El Psicoanálisis ácido (ver texto en este número)
¿Qué es lo familiar? ¿Qué es la normalidad? No digo nada muy original si sostengo que es algo socialmente instituido, una creación humana que puede dar lugar a las más diversas realidades. Lo extraño desnaturaliza, des-normaliza a la realidad, mostrando que operan fuerzas que son arbitrariedad pura. No hay normalidad, no hay familiaridad. Y esa es la tesis central del psicoanálisis: hay otra escena en la vida de los sujetos, ajena a su vida diurna y que la determina en buena medida.
El psicoanálisis comenzó siendo ácido, hablando de un sujeto dividido sin posibilidad de unidad, de la sexualidad infantil, del malestar en la cultura, de los caminos de la sexualidad –no hay normalidad para la sexualidad- de la presencia de la pulsión de muerte, de la religión como una ilusión…etc. Luego fue dejando lo ácido para concentrarse obsesiva y riesgosamente en ciertas nosologías clasificatorias o en la matematización del psiquismo. Pero, aun así, sigue siendo algo potencialmente subversivo, tenemos como ejemplo el fallido intento en Francia de eliminarlo de las prácticas hospitalarias y de servicios sociales.
Sabemos que el sujeto tiene un doble vasallaje: por un lado, esa escena que el psicoanálisis intenta recuperar y, por el otro, una realidad que es instituida: no es normal, es obra del accionar humano. Por lo tanto, es arbitraria. El principio de realidad que orienta a los sujetos para que estos no caigan en el abismo de lo real, es una creación colectiva. Quien se apropie de dicho principio domina a la sociedad.
Lo traumático. Psicosis y locura
Cuando se leen las páginas de El color fuera del espacio, la familia directamente afectada parece haber caído en una suerte de psicosis colectiva. Es más, podría pensarse lo propio de toda la comunidad del pueblo en cuya laguna cae el objeto, dado que presencian, sin alterarse, lo que sucede en esa familia, en los animales, en la vegetación, en la naturaleza toda. Todo continúa de acuerdo a la normalidad habitual, aunque algo la desgarre. ¿Algún parecido con lo que sucede entre nosotros? Dije inicialmente que algo extraño está entre nosotros. Y cuando hablo de lo extraño, quiero aclararlo, me refiero al avance de las ultraderechas, de su proyecto demencial, destructivo, autodestructivo, para lo cual necesita de una subjetividad borderline.
Como he manifestado reiteradamente, la forma de vida previa al ascenso del régimen de ultraderechas en Argentina, fue precedida de una afectación del Yo en sus funciones básicas de atención, juicio de realidad, memoria, pensamiento, etc., a causa de décadas de neoliberalismo, asociado a las tecnologías digitales y a una invasión de estímulos inasimilables, en medio de una aceleración de la temporalidad cada vez mayor. Se trata de una forma de vida traumática: algo que es más y es diferente que el encuentro con un episodio traumático. Esto ha favorecido la institución definitiva de la renegación como mecanismo psíquico predominante. Esa renegación –tanto como el splitting– está entre las causas subjetivas de un estado de locura colectiva. Que no es psicosis. La locura puede parecer una psicosis, pero conviene pensarla como un estado similar al que producen substancias tóxicas, el enamoramiento, las sectas, etc. La locura es como una suerte de psicosis artificial, relacionada con el encuentro del sujeto con una realidad traumática, que lo arroja al sinsentido de lo real.
Las ultraderechas se expanden como una nueva virosis desencadenando una locura colectiva en esta época de eclipse del pensamiento crítico, sobre el que se sostienen e incrementan. Es inútil querer enmarcarlas en lo conocido, no es fascismo, no es serio ni pertinente reducir lo que sucede a lo conocido. Y es indispensable evitar todo reduccionismo: no hay determinaciones absolutas ni psíquicas, sociales, económicas, políticas, históricas, etc., ninguna causa puede determinarlo todo sin ser, a su vez, determinada por otras causas. Tampoco es posible una explicación total. Por eso, en el título de mi libro, “Todo” está tachado, lo que me ocasionó graciosas dificultades y malentendidos con la edición del mismo.
Lo extraño en el análisis, hoy
Lo extraño que habita en la vida cotidiana se hace presente en el trabajo analítico. En él puede apreciarse que algo fuera-de irrumpe, que lo familiar se ha hecho extraño, que hay ausencias y presencias que producen efectos espeluznantes. Que el trauma genera una vacilación del sentido individual y colectivo. Quienes trabajan en empresas y organismos estatales (también sucede en empresas privadas pertenecientes a ciertos rubros) hablan de una presencia insidiosa que todo lo altera, bajo la forma de normativas caprichosas y la amenaza de pasar a ser prescindible, no sabiendo cuándo ni cómo. Y al mismo tiempo, observar que los lazos cotidianos con compañeras y compañeros de trabajo se han alterado: cada uno en lo suyo, el sindicato que colabora en listas de prescindibles o que directamente se llama a silencio. O quienes están abocados a la investigación, cuyo futuro es incierto, sin saber ni cómo, ni cuándo ni quién decidirá acerca del mismo. También se hace presente la angustia de desamparo, por la crisis de los lugares que habitualmente proveían amparo, en mayor o menor medida. Sólo para citar algunos ejemplos. La lista de presencias y ausencias que aparecen cada vez con más insistencia en el discurso de los analizantes es muy vasta.
Exorcismos
Fisher en su inconcluso Comunismo ácido (Fisher, M. 2021), habla del “exorcismo del fantasma de un mundo que podría (haber sido) ser libre”. Hubieron, décadas atrás, otros proyectos para la vida colectiva, empujando a movimientos en contra del capitalismo en todo el mundo, tanto a nivel político como cultural –la llamada contracultura-. Ese proyecto fue exorcizado, era algo extraño al mundo capitalista y debía ser erradicado. Se cumplió el objetivo de M. Thatcher: “nuestro fin es conquistar el alma de la gente”. Alma que, en griego, se dice psique.
Se impuso el realismo capitalista: la convicción de que este que habitamos es el único mundo posible. Un mundo espeluznante, ya que está regido por fuerzas que no son del todo accesibles a nuestra cognición, y que desquician nuestro registro pulsional.
Realismo capitalista y subjetividad borderline
De la mano de este realismo fue emergiendo una subjetividad borderline, necesaria para el surgimiento de esa mancha de petróleo que impregna a la sociedad, que es el proyecto de ultraderechas neoliberal, supremacista blanco, patriarcal, heteronormativo. Las fronteras psíquicas son lábiles, la descarga está a la orden del día dada la imposibilidad de procesamiento psíquico, y es fácilmente permeable por un Otro que actúa de modo traumatizante. Esta subjetividad digo que está desfondada –afectada en sus basamentos tanto como en sus límites– Una subjetividad borderline. Lo que regímenes como los de ultraderechas necesitan para ser y reproducen para instituirse.
Nuestra tarea
La tarea, hoy –una tarea que no sabemos cómo llevar a cabo, pero que no debemos de cesar en su búsqueda- es la de exorcizar el fantasma de que dicho realismo capitalista recargado es la única forma de vida posible. Para lo cual debemos poder atravesar lo extraño. Partiendo de un punto obligado: dicho trabajo implica reconocer cómo lo extraño nos atraviesa. Paso previo para poder recuperar el pensamiento crítico.
Esta travesía es sólo para locos. ¿Pero en qué sentido lo digo? En el que da Bifo: “Mi respuesta es solo esta (enigmática): solo la locura puede tener algún efecto en la mente demente y en el cuerpo exhausto de la humanidad al borde de la extinción.
La locura de nuestra imaginación desfuncionalizada puede ser el camino para crear algo más extraño que lo extraño que amenaza a nuestro mundo, algo que haga cambiar de signo dicha amenaza.
Sabemos, a partir de la Tragedia, que hay límites que no deben ser traspasados, ya que, si lo son, se desata la catástrofe final –tal como le ocurre a Edipo, Hamlet o Ricardo III. El problema es que dichos límites, que suelen estar a la vista, son ignorados, desmentidos. Como vemos en el día a día de la catástrofe ambiental que avanza sin que nada ni nadie le ponga tope. Que puede implicar que ya no sería posible ponérselo y estemos atravesando el desenlace de la tragedia en la desmesura que la naturaleza nos devuelve como consecuencia de no haber aceptado los límites, ignorados por un régimen –el capitalista- que necesita traspasarlos para continuar su rumbo, cueste lo que cueste.
Entonces si ya fuera tarde, si ya nada pudiera hacerse, será sobre los restos que sobrevivan a la catástrofe que podríamos construir algo diferente de lo que nos trajo hasta allí. Si estuviéramos ante el fin de un mundo, siempre podría haber otro. Digo podría, no digo puede: como mi amigo Héctor Freire decía, soy un optimista trágico, algo emparentado con el benévolo escepticismo freudiano.
Mientras tanto, nuestra tarea es la de desafiar el laberinto e intentar abrir brechas en sus gruesos muros.
Gracias
- Fragmentos de la presentación del Seminario 2026 “Atravesar lo extraño”, 20-12-2025, https://www.youtube.com/live/1rhjH9_5TXo?si=ieuYhppXfh8M-YDU. Información en https://forms.gle/9S4VixCFQ1FLKTWB7
Berardi, F., (2025) Imaginación terminal, en El Psicoanalítico 51.
Fisher, M. (2021) Comunismo ácido
Franco, Y., (2021) Psicoanálisis de la Pandemia. Psicoanálisis en la Pandemia, Buenos Aires, Magma.
(2025) Todo lo que querías saber sobre las ultraderechas y no te atrevías a preguntarle a H. P. Lovecraft, Buenos Aires, Prometeo.