por Osvaldo Picardo
ANOTACIÓN 1
Nunca el problema fueron los Milei o los Trump. El matrimonio entre política y violencia, así como el matrimonio de la política con la corrupción no son patrimonios de una sola ideología o de un partido. No es cierto ni a nada conduce creer que “Milei fue el error de un día de furia”. Un voto de bronca, un reflejo desesperado de una sociedad herida.
El escritor alemán Peter Sloterdijk escribió, hace veinte años, el libro Ira y tiempo donde muestra a la ira (furia/bronca/rabia) como una pasión que ha ido moldeando la historia, desde la antigüedad clásica hasta el terrorismo contemporáneo. Las revoluciones vendrían a ser algo parecido a «administradoras» o «bancos mundiales de ira», favoreciendo y manipulando la indignación colectiva en ciertos momentos determinados. No es nada que la publicidad y el mercado desconozcan.
Buscado o no, la época no consigue reanudar el curso de la historia -esto si creyéramos que hay un curso histórico que nos lleva a saciar los buenos deseos de un estado de bienestar. El mundo contemporáneo se ha encerrado en cápsulas de consumidores y pantallas digitales. Las crisis que se vienen desatando alrededor no producen más que protestas dispersas que hablan más del alcance de las redes sociales que de una reanudación de las utopías y del cambio profundo de un mundo injusto.
Hay una palabra viejísima en griego, que es thymos, a ese concepto acude Sloterdijk. Explica que es esa parte de cada persona, una especie de órgano, del cual provienen las emociones relacionadas con el valor, el orgullo, la dignidad y la vergüenza. En la mitología griega, las energías thimóticas dieron lugar a las epopeyas que narraban los actos de los hombres en batalla, quienes poseídos por pasiones incontrolables luchaban y daban su vida a cambio de la patria o de algo como eso. De eso mismo se trata, como ya lo habrán pensado, la Ilíada.
“Ningún hombre moderno -dice Sloterdijk- puede retrotraerse a una época en la que los conceptos ‘guerra’ y ‘felicidad’ formaban una constelación llena de sentido. ¿Dónde se esconde esa energía thimótica en el homo oeconomicus?” La sociedad capitalista se mueve por medio de otras energías que no son thimóticas sino eróticas (otra palabra griega). ¿En qué consiste? El consumismo permite al hombre moverse ya no a favor de su orgullo o su dignidad sino a favor de la posesión. Vale más tener que ser, de ahí que se constituya un erotismo del dinero y del éxito.
ANOTACIÓN 2
Tengo ante mí una foto de un niño llorando ante un plato vacío. Desde el punto de vista estético, no hay gran originalidad en el tema ni en el tratamiento que se muestra renderizado digitalmente. Hay muchas fotos parecidas que circulan tan ilustrativas en las redes y en los periódicos.
Desde el punto de vista moral, es el hambre y la vergüenza. Y si la miro con más detenimiento, veo sus ojos en los míos. No es una simple transparencia de algo que ocurrió tal cual, en Gaza o en Chaco, sino algo que excede lo real histórico de los hechos y apela a no pasar página.
Cierto que hay crueldad más allá de la escena, la crueldad con que se ha provocado el hambre, la muerte y la destrucción. Y también, la crueldad de la imagen misma, en la reproducción infinita y en el goce estético que provoca la belleza morbosa de la foto.
Pero ¿qué ven los ojos en una foto? ¿Mirar no es otra cosa? Quien sabe mirar se vacía y puede prestar atención. Mala costumbre es pasar los ojos por encima de las cosas, como si se tratara de un viaje en auto. Cada imagen se vuelve vulnerable al vértigo de la ventanilla, deja con facilidad el lugar a la que viene, se hace reemplazable, apenas una sombra.
La capacidad humana -dice John Berger- para la crueldad puede llegar a ser ilimitada, pero no es la palabra “capacidad” la mejor palabra para decirlo. Lo ilimitado se da por la indiferencia humana a la crueldad. Por eso los autoritarismos entrañan crueldades institucionalizadas, se naturalizan, se las ve normales y hasta necesarias. Los autoritarismos no sólo son crueles por sí mismos, sino que ejemplifican la crueldad y, así, la fomentan entre los que asisten al espectáculo de la política.
ANOTACIÓN 3
Vuelvo a pensar en la palabra griega con la que Peter Sloterdijk señalaba como el gran abismo histórico en la condición humana: la palabra es thymos. Es una palabra emparentada con otras palabras indoeuropeas, como la palabra que significa humo. Y ¿no es en ese estado de combustión en el que se da una clase de pensamiento, una emoción, una voluntad y hasta las propias ganas?
Como si envueltos en ese humo algo nos ardiera por dentro.
Pero Sloterdijk marca un antes y un después. Uno es ese hombre del thymos y otro es el momento que nos ocupa, éste actual, donde el ser humano regido por el eros de la post-historia, es un ser aburrido que necesita consumir y alimentar la lógica de un capitalismo decadente. Este sujeto para volver a ser, a veces, desentierra la cólera burguesa de todo ciudadano que exige sus derechos… de consumidor. Protesta, devuelve y negocia una oferta superadora.
Sloterdijk se pregunta y nos pregunta: “¿qué tipo de ser humano es éste sino un hombre sin orgullo, como Edipo y Narciso, mientras la cólera de Aquiles permanece inaceptable?”
ANOTACIÓN 4
“Tomen nota, mandriles” podría ser el grito de un matón de barrio, pero con esta gruesa jactancia festeja el presidente argentino, a través de las redes sociales y difunde así, un comunicado oficial de la Casa Rosada, según el cual bajaron los índices de pobreza en el país. Pongo sólo este ejemplo de los tantos otros que puedo encontrar en el lenguaje político y digital.
¿Qué es lo que atraviesa esta nueva retórica de la intemperancia que, impuesta por el poder y el mal gusto, la sociedad asimila sin mayor asombro y hasta con simpatía? Lo pongo más claro: cuando escuchamos que, por ejemplo, “bajó la pobreza” no se trata de algo que importe como realidad objetiva, sino que se trata de imponer una lógica basada en cifras falaces y estadísticas retorcidas, en lugar de posibilitar un pensamiento político capaz de hacer algo que pueda mejorar la situación de pobreza y miseria, de crisis institucional y decadencia cultural.
Las cifras en un Excel en política, así como todas las estadísticas y encuestas que se esgrimen para probar los resultados de decisiones y planes, sólo logran cuantificar personas, actos, cosas, en una falacia de la media aritmética mal aplicada. La estadística es cuantificación, no representación, es decir, es el reino de lo probable y nunca el de lo real.
De ahí el famoso y muy citado soneto del escritor italiano Trilusa, que frecuentemente citaba Umberto Eco respecto de las estadísticas: si una persona come dos pollos y otra ninguno, estadísticamente «cada uno comió uno» 1
ANOTACIÓN 5
“La noche del 25 de marzo de 1938, a las 22:30, Ettore Majorana, considerado uno de los físicos más destacados de su generación, embarcó desde Nápoles, en cuya universidad era titular de la cátedra de física teórica desde hacía un año, directo hacia Palermo en un buque de vapor. A partir de aquel momento, salvo por noticias e hipótesis no confirmadas, se pierde todo rastro del joven profesor de 31 años…”
Así comienza el breve estudio “¿Qué es real?” que le dedica Giorgio Agamben al caso Majorana. Caso famoso que mereció ser atendido en una novela inquietante de Leonardo Sciascia de 1975: La scomparsa di Majorana. Agamben no llega a las mismas conclusiones que el novelista ni tampoco le interesa cómo se resuelve la misteriosa desaparición. ¿Qué es lo que le interesa? Que la realidad se disuelva en las estadísticas.
Pero para entenderlo, empecemos por el principio. El físico Ettore Majorana escribió un ensayo donde se pregunta “¿Qué es real?”. Allí sugiere que la física cuántica muestra que la realidad puede disolverse en la probabilidad. Agamben argumenta, a partir de esta hipótesis que la disolución de la realidad en la probabilidad tiene paralelos con las ciencias sociales y los métodos estadísticos, sugiriendo que ambos enfoques pueden cuestionar la idea de una objetividad neutral y el modo en que se usa el conocimiento para gobernar.
Parece difícil comprender esto, pero la referencia a la tabula rasa de Aristóteles que trae Agamben, puede aclararnos la importante significación que tiene el caso Majorana: el intelecto, define Aristóteles, es como un ser que está en potencia (no en acto) y lo compara con una tablilla para escribir donde nada ha sido escrito realmente. Y Agamben explica: “lo que ha ocurrido en la estadística moderna y en la física cuántica es que la tablilla -es decir, la pura posibilidad- ha sustituido a la realidad y lo que el conocimiento conoce ahora es sólo el conocimiento mismo”.
La tabula rasa a la que se refiere no deja de asemejarse muchísimo a nuestra virtualidad tecno digital, así como se puede relacionar fácilmente al reino del algoritmo de nuestro tiempo y al manejo psicopolítico de las masas.
ANOTACIÓN 6
¿Hay personas más felices si sienten odio o rabia por algo o contra alguien?
Leo que un estudio de la Universidad Hebrea de Jerusalén revela que la ilusión de la felicidad es algo más que experimentar placer evitando el dolor. Es también infligir dolor a otro.
He presenciado más de una escena donde alguien se explaya minuciosamente en relatos de secretas y crueles venganzas contra un jefe, un amante o simplemente, el vecino o la vecina. En esos relatos no sólo emerge el gozo del relato en la propia voz del narrador protagonista, sino también la oscura felicidad de odiar, criticar, injuriar y condenar al otro.
Pero por cierta vileza del alma, ese relato nunca es igual cuando se trata de alguien rico o poderoso. El objeto del odio por lo general, está observado bajo la luz de la debilidad: es el fuego que sólo arde con la leña del árbol caído.
Cuando se desarrolla un modelo de sociedad en el que una gran mayoría cree ser feliz de esa manera, aceptando condiciones excepcionales para quien es rico y poderoso, aceptando como regla admirable y valorable cualquier medio para llegar a conseguir el fin deseado, sucede lo que Safranski explica con respecto al Marqués de Sade:
pronto se nota que Sade no cifra su orgullo en ser un reformador social y un utópico. De hecho, querría prostituir la razón. Juega a ser su rufián y muestra que dicha razón puede emplearse para todo, también para la fundamentación racional del asesinato y la crueldad.
ANOTACIÓN 7
Después de la pandemia, se aceleró algo así como el tránsito del modelo democrático tradicional, sustentado en la representación -con sus mediaciones institucionales, responsabilidades civiles y ritmos burocráticos- hacia un modelo enfocado en la influencia inmediata, donde las opiniones y las decisiones se vuelven operaciones de comunicación informática, protagonizadas y dirigidas a consumidores del mercado global más que a ciudadanos de una nación determinada.
Son muchas las voces que vienen hablando de este cambio donde la crueldad es un síntoma más de una tecnología que fomenta lo inhumano.
La velocidad impone el dominio tecnológico y altera la arquitectura de las democracias sociales. De manera cada vez más espectacular y mediática, la gestión y la representación política y social dejan de ser algo real para enmascararse detrás de una apariencia aceptable y adecuada a lo que las encuestas y las estadísticas señalan en el reino de los algoritmos.
Las democracias no son débiles, han empezado a ser cada vez menos reales.
ANOTACIÓN 8
La política dejó de ser importante para los ciudadanos y aburre a la mayoría de ellos que, aún a costa de su propio bienestar e interés, han dejado de reconocer a los elegidos como representantes legítimos.
Los rituales, incluso los parlamentarios, se repiten sin convencimiento de lo que en verdad significan. El discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en Davos, a principios de este 2026, confirma la falta de convencimiento en lo que ya podemos llamar antiguo régimen del siglo XX. No es casualidad que Carney cite al poco recordado Tucídides, aunque su cita sea una cita célebre: «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”(2).
Con esto denunció lo que todos sabían, que durante décadas hemos estado «viviendo dentro de una mentira» bajo un sistema cuyo «poder no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera cierto». Las pretensiones de los estados y de los poderosos tecnológicos, el negocio incalculable de la militarización de la interdependencia, así como la corrupción del derecho internacional confirman que las viejas certezas se han pulverizado.
Todos los sistemas caen primero por esta barbarización de las creencias. La cultura, no la política, es lo que va corroyendo los dogmas. “En el exilio Tucídides sabía”, escribe WH Auden, en un maravilloso poema (2) sobre el ascenso de Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Traduzco malamente este fragmento del poema:
Un buen becario puede
desenterrar toda la barbarie que,
desde Lutero hasta ahora,
ha enloquecido esta cultura,
investiga lo sucedido en Linz,
esa gran imagen hizo
a un dios sicópata:
yo y el público sabemos
lo que aprenden los escolares:
aquellos a quienes se les hace mal
hacen mal a cambio.
Tucídides en el exilio sabía
todo lo que una retórica llega a decir
sobre la democracia,
y todo lo que hacen los dictadores,
la antigua porquería que gritan
a las insensibles tumbas;
todo lo analizó en su libro,
la ilustración desplazada,
el dolor que crea hábito,
pena y mala administración:
todo hemos de sufrirlo de nuevo.
ANOTACIÓN 9
Hay cierta pedantería condescendiente en quienes piensan que el desarrollo tecnológico salvará las diferencias entre culturas y modos de vida haciendo del mundo un lugar mejor; depositan grandes esperanzas en la inteligencia artificial, y arriesgan imaginar un futuro poshumano gracias al azar de los algoritmos, tanto como se enciende el incienso de las identidades en el altar de los nuevos avatares.
Es evidente que este pensamiento positivista-tecnológico también es una ideología política, aun cuando se muestre emocionalmente antipolítica.
El italiano Giuliano da Empoli (3) piensa que se ha engendrado un nuevo sueño positivista que consiste en que el ser humano se reduzca a una máquina eficiente y rendidora, que sea predecible, uniforme, transparente. Pero todos -afirma el escritor italiano- sabemos o creemos entender que la vida es todo lo contrario: para que una vida sea plena necesita libertad, placer, errores, fracasos, caprichos y ocio. Todo lo que hace único al individuo y que deberíamos ser capaces de proteger en esta nueva dimensión poshumana de lo onlife. (4)
ANOTACIÓN 10
El viejo modelo democrático del dirigente que se formó como cuadro político en el partido o en el sindicato ha ido poco a poco resignando su acervo discursivo ante las presiones del aggiornamento mediático, así como ante la urgencia de ganar campañas y construir imagen pública positiva.
De este modo, ha debilitado el pensamiento crítico al mismo tiempo que su discurso, privándose de palabras, significados, conceptos, convicciones. Hoy, no deja de ser sospechoso hablar abiertamente de lo público, de los derechos humanos, de la redistribución de la riqueza, del estado de bienestar, de la soberanía nacional, de la independencia económica, de la felicidad del pueblo. En su lugar aparecen palabras menos significativas o directamente insignificantes como “la” gente, el mercado, la casta, las fintech, los unicornios, los criptoactivos, la batalla cultural…
Hay un lugar ocupado por la antipolítica, esencialmente representada por una fauna pedante, formada en los sillones ergonómicos de las redes y los algoritmos, más cercana a los impulsos de la ley de la selva que a una lógica institucional.
La actual lengua política -émula y caricatura de la que pudiera ser una verdadera lengua del poder- adquirió una simpleza y vulgaridad extrema, acompañada de la pretensión desmesurada de autoridad moral, casi religiosa, mesiánica. Los discursos, los debates, los informes periodísticos y hasta los más simples rumores callejeros están contaminados con tanta brutalidad e ignorancia en su sintaxis y contenidos, como las más crueles medidas gubernamentales y sus consecuencias a largo plazo.
Prohibición, censura, imposición, desfinanciamiento, coerción, difamación, acusaciones son actos que anidan sus huevos de serpiente en la lengua, hasta convertirla en aullido y ruido.
ANOTACIÓN 11
Apenas si hay un dibujo borroneado, una débil línea entre el enojo y la simpatía. Los cambios de humor social son tan inexplicables como inesperados. He oído últimamente hablar de ratio o tasa de sacrificio, una especie de hasta dónde llega la paciencia de un pueblo bajo un ajuste penoso e injusto. Esa medida del humor social es una incógnita y se la viene justificando desde las épocas de los militares como el mal necesario. Así vemos hasta qué punto existe la necesidad de gestionar el dolor socio-económico a corto plazo con la promesa esperanzadora de una grandeza a largo plazo. Léase Make Argentina Great Again o el más antiguo lema del Proceso de Reorganización Nacional o la no tan vieja Ley de Convertibilidad del Austral. Está visto que las emociones son una variante muy importante en la economía. Pero las emociones no son puras, como nos enseñan las buenas representaciones literarias y las malas maniobras políticas.
En los años 30 del siglo pasado, el existencialista Jean Paul Sartre equiparó las emociones a los juicios y a las creencias.Las emociones que sentimos estarían conducidas intencionalmente hacia las cosas que nos rodean. No son simplemente sentimientos neutros, como un retortijón o un dolor del ciático. Son una forma de conciencia, aunque sólo parezcan reacciones incontrolables y espontáneas. Nuestras emociones, dice Sartre, son transformaciones mágicas del mundo, formas con las que intentamos modificar nuestra conciencia de los sucesos y de las cosas, para tener una visión más propia y, sobre todo, más agradable del mundo. Es decir, que no sólo hay una intencionalidad de gestionar nuestras emociones desde la economía, sino que también, en cada uno de nosotros hay una intencionalidad emocional de creer en promesas esperanzadoras.
Ahí es donde se mezcla lo deseable con lo real, y emerge esa obstinada esperanza contra viento y marea que se parece más a la aspiración que a lo realmente posible.
ANOTACIÓN 12 (final sin conclusión)
Si debiera llegar a definir la crueldad de nuestra época -tarea difícil si no imposible- tendría en cuenta lo que dice Simone Weil, en su libro La gravedad y la gracia, sobre la sensibilidad del inocente que sufre.
Ella hace una afirmación difícil de entender, si no la leemos más de una vez. Dice que “el verdadero crimen no es sensible. El inocente que sufre sabe la verdad sobre su verdugo, pero el verdugo no lo sabe. El mal que el inocente siente en sí mismo pertenece al verdugo, pero éste no es sensible”. Poco después, suelta esta otra frase: “es el inocente quien puede sentir el infierno”. Con lo que -diríamos cínicamente- es conveniente no ser un inocente. Mejor es ser el verdugo.
Esta terrible verdad de Weil me empuja a pensar en el verdugo como un sujeto de esta sociedad que lleva adentro una crueldad gozosa, como un deber que si se cumple nos sube al podio del ganador. Se tiene la necesidad de cumplir sin necesidad de poner en duda la razón del sufrimiento infligido.
Weil dice que “el mismo hombre que experimenta el deber de vender lo más caro posible”, a favor de la ganancia propia, es el mismo que dice que no se debe robar, según lo que marca la ley como “robo”. Y concluye: “El bien en ellos está a nivel del mal, es un bien sin luz”.
Parece muy cruel castigar con un látigo en mano a una criatura o a un perro, pero no lo parece tanto cuando bajamos salarios, aumentamos los servicios, saqueamos las finanzas, fugamos capitales, mentimos en la cara de la propia víctima.
¿El mal no existe cuando pensamos que no lo hacemos? ¿Hay inocentes?
- Se trata de Carlo Alberto Camillo Salustri, conocido por su seudónimo Trilussa (1871 – 1950). El poema se llama precisamente “La Statistica” y dice: “Sai ched’è la statistica? È na’ cosa/ che serve pe fà un conto in generale/ de la gente che nasce, che sta male,/che more, che va in carcere e che spósa.// Ma pè me la statistica curiosa/ è dove c’entra la percentuale,/ pè via che, lì, la media è sempre eguale/ puro co’ la persona bisognosa.// Me spiego: da li conti che se fanno/ seconno le statistiche d’adesso/risurta che te tocca un pollo all’anno:// e, se nun entra nelle spese tue,/ t’entra ne la statistica lo stesso/ perch’è c’è un altro che ne manga due”. Una versión propia en castellano: “¿Sabes qué son las estadísticas? Es algo/ que se usa para hacer una cuenta en general/ de las personas que nacen, las que enferman,/ las que mueren, las que van a la cárcel y las que se casan.// Pero para mí lo curioso de la estadística / es dónde enfocás el porcentaje,/ porque, allí, el promedio siempre es el mismo/ excepto para la persona necesitada.// Me explico: de los cálculos que se hacen/ según las propias estadísticas / resulta que te toca un pollo al año/ y, si no está en realidad en tu estómago,/ aun así está en las estadísticas/ porque hay otro que se está comiendo dos”.
- La frase corresponde a la Historia de la Guerra del Peloponeso (Libro V, 89) del historiador griego Tucídides, específicamente el «Diálogo de los Melios». Se la cita para señalar las asimetrías en las relaciones internacionales de la realpolitik: los estados fuertes actúan según su conveniencia, mientras los débiles sufren las consecuencias inevitables como les sucedió a los Melios ante el poder de Atenas. No es la primera vez que oigo o leo este uso de la cita. En los últimos años, Tucídides, autor del siglo V a. C., se volvió la autoridad clásica más citada en el siglo XX, apareciendo en contextos de geopolítica, desde debates sobre las relaciones entre Estados Unidos y China hasta el Brexit.
- Sociólogo, ensayista y asesor político italosuizo. Dirige el think tank Volta en Milán e imparte clases en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). Su primera novela, El mago del Kremlin (2023), fue llevada al cine por Olivier Assays. Le siguieron los libros de ensayo Los ingenieros del caos y La hora de los depredadores.
- Es lo diferente al acostumbrado online, a su vez onlife describe la fusión de la realidad analógica y virtual, una existencia hiperconectada, sin fronteras claras entre estar conectado o no. Este concepto fue popularizado por académicos como Mireille Hildebrandt, que describe un nuevo estilo de vida, social y económico donde la realidad física y la virtual interaccionan continuamente y redefine lo que significa ser humano.