Barco Ediciones, Buenos Aires, 2025.
Prefacio
Por Yago Franco
yagofranco@elpsicoanalitico.com.ar
Si el autor de El bien absoluto se ha sumergido en la escritura de este libro «como en una obsesión […] con la inútil ilusión de acorralar lo indecible, aquello que surca el mar sin fondo de la dimensión humana suprimida», otro tanto me ha sucedido al leerlo, intentando obsesivamente acorralar el horror, deteniéndome en la recuperación siempre frágil de la dimensión humana que pretendió ser suprimida por la dictadura cívico-militar genocida que instauró el Terrorismo de Estado en 1976, en Argentina, durante ocho infinitos años. El texto es una experiencia inmersiva, en los cuerpos, las mazmorras de la dictadura, las cárceles, las calles, los rostros borroneados, los gritos, los olores nauseabundos, el mal en toda su banalidad y ferocidad. Y aquí surge una primera pregunta: ¿quién es el autor de este libro? ¿Es su protagonista, Julián?, ¿es quien firma el texto, Gabriel Bari? El autor — ¿Quién? ¿Es uno solo?—no elude las superposiciones. ¿Quién es el sujeto de esta historia? ¿Lo será el propio lector? ¿En el cuaderno de quién fueron dibujadas las palabras artesanal y bellamente escritas, aunque transporten en ellas el horror? No solo el horror. Hay también amor, lealtad, solidaridad, fútbol y pérdidas, despedidas, dolor, resistencia individual y colectiva…, hay también un «Quizás mañana». Si hoy fuera ese mañana, está claro que esa época ha sido despojada de su pathos y que no es posible entenderla desde el hoy —así nos advierte el autor al inicio—. Ese despojamiento —esa desaparición—sea tal vez su máximo triunfo. Pero vemos que ese despojamiento es siempre fallido, de lo cual innumerables obras y actos dan testimonio. La época (la generación) que pretendió ser desaparecida retorna una y otra vez. Este libro está en esa serie. Pero ocupa un lugar muy especial, tal vez excepcional: la letra del autor transporta al lector a un tiempo que cobra vida en la lectura misma. Todo se pone en movimiento nuevamente. El libro es el relato de la Odisea de Julián, quien dice que a sus «casi veinte años me encuentro añorando un futuro inalcanzable». Gabriel, en su diálogo con Julia, dirá que «Yo quisiera que sobreviva, pero si la narración me lleva a otra parte, si eso no ocurre, necesito hacerlo hablar, darle una voz. Quisiera entrar en su mente y descubrir qué diría si tuviese la posibilidad de decir, qué diría esa persona que ya no está, que está insepulto o enterrado como NN». El libro es también la historia del lazo entre Gabriel y Julia «Julia y Julián empezaban a confundirse en mis pensamientos y en mis ensoñaciones… Algo los unía además del nombre, los dos luchaban por sobrevivir».
Las figuras de Víctor y Rodolfo Minsburg, Claudio Luisiprado y, sobre todo, la de quien fuera en ese momento mi mejor amigo, Daniel Meliá, han estado vivas en mí durante la lectura. Imposible para mí que sus rostros no me acompañaran en la lectura del libro, que no los viera presentes en la mirada de Julián, imaginando que podría haberlos conocido, pasar a su lado, oír sus quejidos en la sala de tortura contigua, estar cerca del lugar de su disposición final. Un recorrido en una bruma que insiste en no disiparse, o en hacerlo solo momentáneamente para volver a su punto. La escena de la tortura se figura una y otra vez en una experiencia inmersiva: inmersa en la subjetividad, en el alma de quien relata.
Hubo un tiempo que este libro revisita, el de la insurgencia generalizada contra el poder en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Que incluyó también al totalitarismo soviético: Primavera de Praga. Los jóvenes de entonces pretendimos cambiar el mundo, apelando a distintas formas para lograrlo. De París a Córdoba, de Tlatelolco a Chile, de Estados Unidos a Uruguay y otros países y ciudades. La lucha armada formaba parte de ese movimiento.
La respuesta del Poder se expresó en golpes de estado cívico-militares, represión amplia e indiscriminada de la población, pero concentrada en la militancia popular y de izquierda en las distintas clases sociales. La tortura y la desaparición fueron el método utilizado para aniquilar todo lo que quisiera subvertir la forma de vida instituida. El bien absoluto estaba encarnado en los ideales de igualdad, fraternidad, justicia, equidad… Con los riesgos que todo absoluto implica.
El bien absoluto es una tragedia: se avanza hacia un final anunciado, cuyos indicios son negados por los protagonistas de la época, seguramente por la acción del optimismo de la voluntad —necesario para horadar una realidad—, lo que conlleva este riesgo. Se podría decir que la obra transmite algo claramente presente en la época: el desajuste, la desproporción entre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia. La predominancia del primero y su consecuencia. «La trampa la construimos nosotros, primero en nuestra mente, camuflada de moral y prejuicios. Era necesario un sujeto revolucionario, lo exaltamos, vimos lo que quisimos ver».
Algo de su alma le fue arrebatado a Julián y pugna por reencontrarlo. «Buscan quitarnos el alma, quitarnos la realidad, enloquecernos». Julián insiste y persiste en su existencia, en horadar el horror y poder vislumbrar un futuro. Tal vez sea hoy, y más que un largo adiós se trate de un imposible y posible reencuentro. Tejer en las sombras —en la más absoluta soledad y desamparo—una historia, poner palabras a lo que las elude todo el tiempo, a lo que escapa a un orden simbólico arrastrando al sujeto a lo real de la carne. Apagando todo grito, que estalla en el interior. Un grito hacia adentro que intenta ser poesía, canción. Imágenes alucinadas se confunden con recuerdos. Es la realidad desgarrada por el dolor, estrategia de autopreservación de su subjetividad. Se trata para Julián de aferrarse a un sentido, a algo que le dé sentido al abismo, al no ser.
En el libro, hay otro libro: el del relato sobre su escritura, contar cómo fue, diálogos con Julia. Julia/Julián, Gabriel/Gabriela, seres que transitan espalda contra espalda en los laberintos que plantea El bien absoluto. Este es el laberinto de una encerrona trágica —tal como Fernando Ulloa la describiera—y no solo en la sala de tortura: está presente todo el tiempo el estar a merced sin un tercero a quien poder apelar. Sabemos que esto también sucedía fuera del fuera del tiempo de las desapariciones y también de las cárceles. Buena parte de la población estuvo todos esos años en una encerrona.
Esa encerrona intentó desaparecer a la subjetividad insurgente, y es contra esa corriente que se mueven Julián-Gabriel y los que acompañan en la travesía, en la Odisea. Una Odisea que, se sabe, no tiene una Ítaca como destino. Julián-Gabriel resisten. En los momentos más oscuros, hay luz, se abren, se imaginan otros mundos posibles, senderos que se bifurcan una y otra vez. «Le dije que necesitaba escribir sobre lo que podría haber sido y no fue, para que, de alguna manera, pueda ser, quisiera cambiar el destino, aunque sea en el papel». Las cosas no resultaron como se quería, el camino fue difícil y doloroso. A pesar de ello, aquellas juventudes, la de Toni y Laurita, la de Julián y Rubén, la de Irene y Gabriela, con sus ilusiones y sus ideas, constituyen un legado y persisten en el mar convulsionado de la historia.
«Quizás mañana».