Serena Sottile
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La mayoría de la gente coincide en que la violación es algo aberrante, sin embargo, cotidianamente las prácticas abusivas, la violencia sexual y el acoso se niegan o normalizan, y se minimizan los relatos de las víctimas incluso culpabilizándolas. Aunque nos creamos libres de prejuicios seguramente nos vendría bien revisar nuestras creencias, y cómo hemos internalizado normas sociales sin siquiera cuestionarlas. Cada vez más varones se animan a hablar de los abusos sufridos, generalmente en la infancia o adolescencia, porque la cultura de la violación es opresiva contra el más débil independientemente de factores como sexo, género, nivel económico, religión, etc.
I
Cuando estaba terminando de escribir este artículo, apareció la noticia de que los integrantes de la hinchada de un club de fútbol de la ciudad en la que vivo -Rosario- desde la tribuna cantaban mientras tiraban a la cancha muñecas y bebés inflables con la camiseta del club rival, luego de simular violarlos tapándose la cara y la cabeza con capuchas. Un espectáculo familiar devenido en algo espeluznante.
En redes sociales muchísimos varones salieron a repudiar el hecho, lo cual da un poquito de esperanzas. Porque mientras permanezcan neutrales no se va a poder erradicar esa violencia arraigada profundamente en el lenguaje y que utiliza para perpetuarse palabras y frases que utilizamos cada día y dan forma a nuestra realidad.
El fútbol argentino nos dio una muestra de lo que digo con el caso del director técnico Héctor Bambino Veira quien, en 1987, cuando un adolescente de 13 años llamado Sebastián Candelmo le pidió un autógrafo, le dijo que su lapicera no andaba bien y lo invitó a subir a su departamento. Allí, le ordenó que se bajara los pantalones y lo violó. Así como muchas personas se conmovieron con el caso, luego cuando Sebastián devino en Malena Candelmo, circulaban chistes sobre que la violación había sido un correctivo. Las violaciones como “correctivo” a miembros de la comunidad LGBTIQ+ son también frecuentes. Esto lo narra muy bien la escritora argentina Camila Sosa Villada en Pobres y estúpidos niños ricos “Pocas veces estuve envuelta en situaciones verdaderamente miserables como esa. Niñas y niños ricos perfumados internacionalmente regateando el pago a una travesti sólo para sentirse alguien en la vida. Tanta carencia, tanta falta de afecto, tanta falta de lucidez, tan poca lectura, tan poco contacto con la belleza”. Es un relato bello y doloroso donde Camila da cuenta de la crueldad y la capacidad de daño de estos hombres para nada inocentes, rugbiers de la alta sociedad cordobesa.
Hay una frase que reza “el rugby es un deporte de bestias practicado por caballeros, y el fútbol es un deporte de caballeros practicado por bestias”. Todo lo antedicho echa por tierra ese cliché, dado que, puestos a dominar, no hay caballerosidad que valga, cualquiera puede convertirse en bestia.
II
A lo largo de la Historia, la violación se utiliza como arma para la opresión en guerras, limpiezas étnicas y genocidios.
Desde las guerras civiles guatemaltecas, hasta en la R.D.C, las guerras entre narcos en Colombia que dieron lugar al llamado Plan Feminicida, y sin ir más lejos, en nuestro pasado reciente, la apropiación sistemática de bebés que hicieron los genocidas en la última dictadura, los sometimientos de las detenidas a continuos manoseos, a la desnudez , las amenazas de violaciones, las violaciones y los abortos provocados por las torturas también sistemáticos y extendidos ampliamente en los centros clandestinos de detención.
La cultura de la violación afecta en lo particular y nos afecta como sociedad a nivel global independientemente de la identidad de género, la sexualidad, el nivel económico, la religión o la edad. Erradicarla significa desterrar definiciones restrictivas del género y de la sexualidad que limitan el derecho de las personas a definirse y a expresarse. También implica frenar los discursos de odio y colectivizar los malestares para empezar a reivindicar el bien común como valor en medio de tanto individualismo, locura y desenfreno.
III
En los últimos tiempos nos anoticiamos de la apertura de los documentos vinculados al caso de Jeffrey Epstein. Las investigaciones judiciales y las listas de contactos revelaron algo que durante décadas operó en las sombras: redes donde el acceso a cuerpos jóvenes se mezclaba con dinero, poder político y prestigio social. Figuras influyentes —empresarios, celebridades, incluso miembros de la realeza como el Príncipe Andrew— aparecieron mencionadas en distintos testimonios y documentos judiciales.
Lo perturbador no es sólo el delito en sí, sino la arquitectura que lo sostiene. En el universo de Epstein (que incluía entre otras cosas, una isla propia- llamada por los medios la isla de la pedofilia-y un avión privado, el Lolita Express), el cuerpo femenino circulaba como recurso dentro de una red de intercambio entre élites. (También se habla de situaciones aún más escalofriantes que se están investigando y podrían ligarse incluso al canibalismo).
Otro caso renombrado es el de Giséle Pelicot, la mujer francesa, que durante años fue, sin saberlo, sometida químicamente por su marido para ser filmada mientras era violada por alrededor de 70 hombres.
También se supo hace poco de los grupos de Telegram donde miles de hombres fotografían el cuerpo de sus hijas o parejas subiendo esas imágenes sin consentimiento de ellas, sólo por compartir con otros en una muestra de vaya a saber qué poderío. Se han estado monitoreando 18 canales y 24 grupos de Telegram en países que van desde Rusia hasta Brasil, y desde Kenia hasta Malasia. El número total de suscriptores asciende a casi dos millones.
Hay una continuidad inquietante entre esas historias: la forma en que ciertos sistemas de poder convierten el cuerpo de las mujeres —y muchas veces de las niñas— en una mercancía que circula entre hombres como capital simbólico, político o económico.
En la docuserie Pretty Baby: Brooke Shields, la vida de Brooke Shields aparece como un archivo histórico de ese mecanismo. Una niña convertida en imagen erótica antes de poder comprender qué era la erotización. El patriarcado no siempre necesita violencia visible; a veces basta con una cámara, un contrato y la convicción social de que “es arte”. Muestra el modo en que la industria cultural puede erotizar la infancia bajo la máscara de la estética. La cámara, el contrato y el prestigio funcionan como dispositivos de legitimación: aquello que sería inadmisible en otro contexto se vuelve “arte”, “provocación cultural” o “libertad creativa”. La niña se transforma en imagen; la imagen, en producto.
Realmente es impactante ver el regodeo lascivo de periodistas y directores de cine frente a la pequeña Brooke que parecía responder con naturalidad al acoso frente a las cámaras. Los medios señalaban constantemente a la madre que la exponía y en ningún momento a los implicados en convertirla en objeto de consumo sexual. Una de las sociólogas entrevistadas explica que el boom de las lolitas a finales de la década del 70 se inicia como respuesta a una ola feminista que iba en contra de la explotación de los cuerpos de las mujeres. Entonces, si no se puede con las mujeres, será con las niñas, esa fue la respuesta cultural y de la industria al movimiento feminista, la sexualización de las niñas en lugar de las mujeres adultas.
Brooke Shields es un símbolo de la explotación infantil en Hollywood, fetichizada, convertida en objeto de deseo siendo menor de edad. “Es un milagro que sobreviviera”, dice, entre otros abusos fue víctima de una violación a manos de un productor y no gritó ni pudo defenderse “Mantente con vida y después te vas”, pensó. “Solo me callé y esperé”.
Nada de esto sería posible si no fuera por una cadena de silencios y complicidades. Durante décadas se naturalizó que productores “descubrieran” adolescentes, que las revistas sexualizaran niñas y la pornografía infantil hoy alcanza niveles superlativos.
IV
Cuando Brooke Shields narra retrospectivamente su historia, dice que fue catártico y sanador el proceso. Sus hijas no quieren ver las películas que protagonizó siendo menor, porque las consideran pornografía infantil-aunque se trate de directores de la talla de Zefirelli o Mallé. No hay estridencias ni golpes bajos, no es un documental tendencioso. Scaachi Koul, una de las entrevistadas, dice: «Esta no es la historia de Brooke Shields. Esta es una historia sobre todas las mujeres». Es necesario hablar sobre la tendencia de la sociedad a objetivar a las niñas y condenar su sexualización.
Cuando las mujeres tomamos la palabra, el sistema que nos trata como mercancía empieza, lentamente, a perder su coartada cultural.
Porque el patriarcado (entendido como sistema cultural opresivo ejercido por quienes lo encarnen independientemente de sus condiciones de sexo/género) puede administrar cuerpos, pero lo que no puede administrar es la memoria de nuestros cuerpos cuando finalmente tomamos la palabra.
La decisión de Gisèle Pelicot de hacer público el proceso judicial-porque la vergüenza tiene que cambiar de bando- y escribir un libro narrando su historia revela otra cara del mismo dispositivo en medio de la crudeza doméstica. Allí la lógica es brutalmente explícita: el cuerpo de una mujer reducido a objeto disponible para el consumo masculino colectivo, administrado por el marido como si se tratara de una propiedad.
«¡No renunciaremos a nada!» dice Gisele convertida en figura mundial de la lucha contra las violencias de género, pronunciándose así en la marcha del 8M en Francia donde se alerta que el avance del conservadurismo implicaría retrocesos en la adquisición de los derechos de las mujeres.
Un himno a la vida, el libro que escribió junto a la periodista y escritora francesa Judith Perrignon, comienza por reconstruir el momento en que la vida de su familia se derrumba. La mañana en que Gisèle acompaña a su marido a la comisaría porque él le confiesa haber filmado a mujeres en un supermercado.Al llegar los investigadores ya habían encontrado en la computadora personal de Dominique Pelicot, las pruebas del horror: fotos y videos donde se la ve inconsciente mientras hombres desconocidos abusan de ella.
Brooke Shields reescribe su propia historia. Gisèle Pelicot decide que el juicio sea público. Las víctimas del círculo de Epstein llevan los nombres de los poderosos a los tribunales y a los archivos judiciales.
Cuando algo tan terrible puede empezar a decirse en forma de relato, denuncia y memoria, empieza a convertirse en testimonio.
Y el testimonio tiene una propiedad incómoda para cualquier estructura de poder: deja huellas.