Por Franco Bifo Berardi
“‘No fui yo quien te pidió que partieras’, había dicho yo.”
Fuiste tú quien lo quiso, y si no querías mojarte, amigo mío, no debías haberte embarcado… Ahora toca aguantar, amigo, y decirles a los otros que se están hundiendo contigo que se calmen y que cuelguen el teléfono… tú y todos los demás que cada noche suben a botes precarios, sin brújula, sin luces de señalización, treinta sobre una cubierta que apenas puede soportar el peso de cinco, sin instrumentos, sin puntos de referencia, sin conocimiento del mar, con mujeres y niños.” (Vincent Delacroix: Naufrage. Gallimard, 2023, págs. 15-16. Edición española: [Vincent Delacroix], Naufragio, traducción de Mercedes Corral, editorial De Conatus, Madrid).
Un racista blanco sudafricano emigrado a América para encontrar los medios con los que hacer posible la migración de la Tierra a Marte ha dicho recientemente: “The fundamental weakness of Western civilization is empathy.” Esta frase merece ser considerada de manera no superficial, aunque demuestra que Musk sabe muy poco de antropología y de psicología.
No es verdad que los occidentales sean modelos de generosidad; más bien, ocurre lo contrario. Pero el rico racista quiere decir que, si Occidente quiere conservar su privilegio, debemos cerrar los oídos y los ojos para no oír el dolor y la humillación de esa mayoría de los humanos que, excluida del privilegio, lo hace posible y paga su precio.
¿Cerrar los ojos y los oídos ante el sufrimiento transformará en monstruos a todos los que forman parte de la minoría privilegiada? Sin duda.
Pero ese Musk no entiende que ser monstruos no le hace bien a nadie, ni siquiera a los monstruos. Lo que Musk no entiende es que liberarse de la empatía quiere decir, ante todo, odiarse a uno mismo.
Naufragio, de Vincent Delacroix, es un relato sobre la monstruosidad normalizada de una civilización que solo puede sobrevivir gracias al genocidio sistemático.
La novela se inspira en una historia real, de la que habló la prensa: en noviembre de 2021, una barca de migrantes naufragó en el Canal de la Mancha, en aguas inglesas pero demasiado lejos de una embarcación inglesa como para ser rescatada. A poca distancia del maltrecho bote había, en cambio, un barco francés que habría podido salvar a los náufragos si hubiera sido avisado. Pero, según estableció la investigación posterior, la operadora encargada de coordinar las intervenciones de la Guardia Costera se había negado a comunicar el peligro.
Además, cuando en plena noche una embarcación de paso advirtió que había una nave en peligro y telefoneó a la oficina de la capitanía marítima, la operadora dijo que no había que preocuparse, que podían encargarse los ingleses.
Veintisiete personas, entre ellas algunas mujeres y una niña, murieron ahogadas, como innumerables otras en todos los mares que rodean Europa.
¿Por qué decidió la operadora no salvar a esos desdichados? ¿Pereza, descuido, o una voluntad consciente o inconsciente de castigar a los migrantes?
Que se ocupen los ingleses, había dicho, pero sabía perfectamente que los ingleses no llegarían a tiempo para salvarlos.
Una investigación se desarrolla en las oficinas de la capitanía marítima, y Vincent Delacroix intenta imaginar todas las hipótesis, partiendo de este hecho de crónica y de las grabaciones de las llamadas de la operadora, de las cuales se deduce claramente que la señora no cumplió con su deber, por expresarlo de manera eufemísticamente burocrática.
El marido de la señora, llamado Eric, es votante de Le Pen. Más de una vez, hablando con su mujer, había dicho que “no veía por qué había que tomarse tantas molestias para ayudar a esos parásitos…” (pág. 25).
Pero luego Eric la había dejado con la niña, y se había ido a emborrachar todos los días a otra parte.
Nuestra operadora no ha tenido una vida bonita, eso está claro.
“Cuando Eric se fue, cuando tuve que pedirle que se fuera y en efecto por fin se fue, y yo me quedé sola con mi hija y ya no podía más, y me ahogaba, ¿quién vino en mi ayuda, ¿quién trató de salvarme? Nadie.” (118).
¿Será esa la razón por la que no hizo la llamada que habría podido salvar a los náufragos? Delacroix no pretende responder la pregunta, pero intenta comprender. La fiscal que investiga el caso recapitula los hechos con claridad:
“La guardia costera inglesa estaba demasiado lejos de la embarcación, mientras que el patrullero francés estaba a solo veinte kilómetros, y si alguien se hubiera decidido de verdad a enviarlo, como por lo demás los ingleses habían pedido explícitamente, no habría veintisiete cadáveres más en el Canal de la Mancha… ¿Qué debo concluir? ¿Que se equivocó? ¿Que fue negligente? ¿O más bien que dio prueba de una voluntad malvada, mostrándose insensible al destino de esa gente y dejándolos morir? ¿O las tres cosas a la vez?” (46-7)
La operadora aparece glacialmente segura de sí misma. No es mi trabajo, dice, conmoverme por la gente que se ahoga. Mi trabajo es salvarlos, y he salvado a muchos. Pero no me dejo implicar.
“Intentan atraerles hacia sí, sus voces por teléfono como anzuelos que buscan captar tu atención para arrastrarte hacia abajo. Sus voces son el canto de las sirenas, hay que resistir y taparse los oídos.” (52)
Lo que dice esta mujer es comprensible, incluso compartible. No se trata de conmoverse, de agitarse; se trata de ejecutar las operaciones necesarias para salvar vidas. Ese es su trabajo. Pero en este caso no lo hizo de manera eficaz, y mucha gente murió. Su tesis es que no avisó al barco francés, que habría podido llegar a tiempo, por la simple razón de que la lancha neumática ya estaba en aguas inglesas y correspondía a los ingleses intervenir, aunque era evidente que no iban a lograrlo.
“…lo repito otra vez, aquello era un problema de los ingleses, porque estaban en aguas inglesas y por eso la cuestión ya no me concierne, es un problema de los ingleses.” (54)
Pero hay otra razón por la cual nuestra operadora, de quien Delacroix no nos dice el nombre, ha elegido dejar que el naufragio terminara trágicamente.
“…murieron porque se pusieron en riesgo, en vez de quedarse en su casa, yo no fui quien les dijo que partieran…” (62)
La novela se compone de tres partes. En la primera, la operadora responde a las preguntas de la fiscal. Dos mujeres se sientan una frente a la otra para hablar de un acontecimiento terrible. La fiscal se enciende, sufre, queda atónita por la frialdad con que la operadora se defiende, se justifica y a menudo miente.
En la segunda parte cambia la escena. Ya no son las oficinas de la capitanía marítima donde se desarrolla el interrogatorio, sino el mar de noche, aquella noche.
En esta segunda parte, en pocas páginas se cuenta el naufragio, el terror, el silencio, los gritos, las llamadas telefónicas. Catorce llamadas hizo el muchacho que todavía podía usar su teléfono mientras el motor estaba apagado y la lancha se desinflaba y el agua subía sobre la cubierta del fondo. Catorce llamadas.
Pero ella respondía con voz descortés: “Están en aguas inglesas, son los ingleses los que deben venir a buscarlos, diríjanse a los ingleses”. Él decía: ayúdennos, nos estamos hundiendo, y repetía por favor, mientras el agua los iba sumergiendo. Y ella respondía: la ayuda está llegando. La línea se cortaba; un cuarto de hora más tarde él volvía a llamar. Las respuestas eran cada vez más lacónicas, y por breves que fueran no se entendía bien. Ayúdennos, por favor. No servía de nada, pero él volvía a llamar.
Luego la lancha se va a pique, los migrantes se ahogan, algunos luchan, se aferran a las cuerdas de la lancha que flota, y el muchacho que había llamado tantas veces mantiene en alto su teléfono sobre la cabeza.
“Absur¬damente blandía su teléfono por encima de la cabeza para mantenerlo fuera del agua, mientras con la otra mano se acercaba a la inútil salchicha de goma, que al final dejó ir para desaparecer bajo el agua.” (93)
El naufragio está consumado.
““Las exclamaciones, los gritos, las llamadas se habían apagado una tras otra, junto con las palabras mismas, y solo se oía el chapoteo de las olas, una especie de silencio universal en el que las voces cada vez más escasas emitían un sonido irreal.” (95)
En la tercera parte, la operadora camina por la playa, repiensa aquella noche, e intenta explicarse a sí misma qué hizo y por qué.
Mira el mar, e imagina que allí abajo hay “todo un pueblo de ahogados… y lejos, en la superficie, las siluetas alargadas de los cargueros que pasan, apenas visibles como la sombra de peces inmensos.” (128)
El libro de Delacroix cuenta una historia a la que estamos acostumbrados desde que los pueblos de Europa eligen gobiernos que se proponen de manera sistemática el objetivo de ahogar gente.
Pero estos miles de naufragios de los que oímos hablar, y con mayor frecuencia, aquellos de los que no oímos nada, simbolizan el naufragio de la civilización occidental, el naufragio universal en el que nos estamos ahogando.
Y nadie responde al teléfono.