Daniel H. Cabrera Altieri
Universidad de Zaragoza
danhcab@gmail.com
El siglo XX reveló las posibilidades monstruosas de las tecnologías. La bomba atómica y los campos de concentración fueron algunas de sus principales imágenes. Hoy la imagen tiene otro nombre: inteligencia artificial, que, con su infraestructura de extractivismo y de robo y manipulación de datos, parece amenazar la humanidad. No es extraño que, para pensar esta situación, se recurra a las figuras míticas y la literatura, porque la racionalidad tecnocientífica no tiene forma de nombrar los miedos. Alien (de Ridley Scott), el japonés Godzilla, los zombis, pertenecen a una larga lista junto al medieval Golem o el moderno Frankenstein. Estas presentificaciones de miedos ante la capacidad creadora del ser humano se han mantenido en la ficción; mientras tanto, las políticas y el sistema tecnológico se agarraron al imaginario del progreso. Aun con guerras, exterminios y genocidios, bombas atómicas y bombardeos a inocentes, extractivismo y esclavitudes contemporáneas, la creencia en el Progreso sigue viva y estimulando los comportamientos de la economía y la sociedad.
El artefacto tecnológico se manifiesta constantemente como un espejo que refleja su capacidad inventiva y su omnipotencia loca y descontrolada. La tecnología es el doble fantasmal del ser humano. La máquina nace en el interior del ser humano y lleva su propio signo. En su concretización, la tecnología devuelve conocimiento de sí. La técnica manifiesta las posibilidades de la acción humana cuyo carácter deriva, posiblemente, del temor que revela. La técnica hace más poderoso al ser humano que se percibe dominante como el homínido con su hueso en el inicio de 2001 Odisea del espacio de Kubrick
Las tecnologías desatan fuerzas y posibilidades que se autonomizan e impiden predecir resultados, efectos, consecuencias, etc. En el momento en que el ser humano crea, pierde el control de lo creado. La obra técnica abre un mundo de posibilidades que superan la capacidad de imaginación de su creador. El ser humano no puede prever del todo, lo que desata su obra. La sola presencia del artefacto crea un mundo casi desconocido para su creador al que llama con cinismo consecuencias no deseadas o daños colaterales. Lo que el uso del aparato manifiesta ya está contenido en su ser técnico. El contenido es el propio ser humano en tanto creador no práctico, es decir, creador de instrumentos que no se relacionan, necesariamente, con un fin ni están al servicio de la resolución de una necesidad. La historia de las ciencias y las tecnologías, con sus múltiples “accidentes” y “casualidades”, muestra que lo tecnológico tiene cierta autonomía impredecible.
Maquina y control
Lewis Mumford, en El mito de la máquina (1967), conceptualizó la megamáquina como una estructura organizativa y social de escala colosal en la que los propios seres humanos actúan como componentes mecánicos e intercambiables. Mumford plantea que la primera gran máquina de la historia no fue la máquina de vapor, sino una construcción colectiva de carne y hueso. Una organización social que fue capaz de construir las pirámides de Egipto o los grandes canales de la Mesopotamia. El funcionamiento de la megamáquina requiere que los individuos sean despojados de su autonomía, sus deseos y su creatividad. Se les estandariza y se les asigna una tarea ultraespecializada y repetitiva. El sujeto deja de ser un creador independiente para convertirse en una pieza reemplazable de un engranaje mucho mayor.
El capitalismo desde, al menos finales del siglo XX, perfeccionó la máquina incorporando la subjetividad en sus aspectos más íntimos. Por eso, Mumford advierte que la megamáquina contemporánea ha regresado de forma mucho más peligrosa. Ya no depende de esclavos físicos en el desierto, sino de una alianza entre el poder corporativo, el estamento militar, la burocracia estatal y la tecnología avanzada.
La megamáquina aparece entonces, como un instrumento de control absoluto que reduce al ser humano a un componente puramente operativo de un sistema sociotécnico donde la toma de decisiones humanas se delega en algoritmos y sistemas expertos. Se asume que cualquier problema (económico, social, ambiental) tiene únicamente una solución, la tecnológica. En ese sentido, el sistema prioriza su propia expansión, la acumulación de ganancias y el control social por encima del bienestar del ser humano. Todo ello culmina en la “sociedad del control” de Deleuze en Post-scriptum sobre las sociedades de control (1990), una sociedad de sujetos permanentemente endeudados, conectados en todas las dimensiones de su experiencia.
Autoritarismo y tecnología
El control se ejerce de un modo cada vez más totalitario a través de millones de sensores y cámaras, las redes sociales o la Inteligencia Artificial. La sociedad tecnológica es un monstruo cuyo control seduce y entretiene con artefactos disponibles para todos los niveles económicos. La potencia de control y vigilancia busca producir una normalidad social y unos sujetos adaptados a los nuevos ritmos acelerados de la producción y consumo.
En este marco la presencia de Peter Thiel en Argentina, según la BBC (“Por qué el multimillonario tecnológico Peter Thiel se instaló en Argentina y cuál es su relación con el gobierno de Milei”), concreta la búsqueda de un proyecto en donde las tecnologías de vigilancia y análisis de datos se fusionen con un poder corporativo ilimitado y con una gobernanza autoritaria y antidemocrática incompatible con la libertad y la democracia. “Coincidentemente” a la presencia del tecno bro, el Gobierno de Javier Milei, destaca DW (“Peter Thiel en Argentina: ¿vigilancia total como en China?”), anuncia en mayo de 2026 la creación del programa “Gemelo Digital Social”, una plataforma de IA que integrará grandes volúmenes de datos personales sobre salud, movilidad y hasta la participación en protestas, a fin de simular escenarios sociales y predecir su impacto. La presencia de Thiel y las medidas del Gobierno de Milei coinciden en un proyecto político-económico global. Proyecto de la derecha tecnológica autoritaria de Silicon Valley que no solo fantasea con un mundo nuevo, sino que ya lo está construyendo. Un proyecto de poder político ejercido por corporaciones tecnológicas privadas.
Tecnología y poder han estado siempre unidos, sin embargo, las tecnologías actuales están avanzando sobre una ausencia de alternativas políticas que las convierten en un monstruo amenazante. El autoritarismo une hoy el debilitamiento del Estado y la democracia con el uso de tecnologías de vigilancia y entretenimiento, todo ello en medio de guerras culturales que conducen a la polarización de la opinión pública con discursos contra minorías, feminismos, diversidades sexuales, pobres o el cambio climático, y todo ello, exaltando las identidades y el nacionalismo.
Crear espacios monstruosos
El monstruo sociotécnico tiene caras concretas y conocidas como Peter Thiel, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, etc. con sus acciones e iniciativas. Todos ellos con sus empresas aparecen como el monstruo que acecha y se personalizan como Golem, Frankenstein, zombis, X-Men, superhéroes o seres extraterrestres. Aquí nos interesa otro aspecto de su monstruosidad, aquel que se camufla, por ejemplo, en el entretenimiento y las pantallas en las que pasamos miles de horas conectados. Su presencia transforma lentamente las metas de la educación en todos sus niveles, las condiciones laborales y los puestos de trabajo, el consumo, etc., y con ello, la experiencia y la subjetividad humanas, los deseos y sueños de la sociedad.
Responder al monstruo autoritario convirtiéndonos en monstruos podría significar reapropiarnos creativamente de la vida y de la comunidad. Organizar experiencias tecnológicas alternativas abiertas a la mutación y la experimentación.
Comenzar mutando la desesperanza en nuevos modos de mirar porque el monstruo sociotécnico no se deja mirar de frente. Su rostro se metamorfosea constantemente ofreciendo su eficacia tecnológica como prueba de su poder. Lo que no puede mirarse debe exorcizarse. Sacar a la luz lo demoníaco, definir la amenaza, revelar su pretensión de un vínculo mágico infantil con el sujeto.
Convertirnos en monstruos que habitan espacios alternativos donde se pueda transmutar el vínculo mágico con las tecnologías, sus pantallas, datos y conexiones online. Espacios donde puedan emerger nuevas subjetividades, deseos y sueños. Espacios interdisciplinarios de experimentación y formación que permitan cuestionar las metas del monstruo y resistir sus embates
Devenir monstruo
El sistema sociotécnico produce, como cara y contracara, la normalidad y la monstruosidad. El monstruo hoy es, ante todo, una categoría política que permite pensar los límites de lo humano y sus posibilidades de transformación. Lo humano existe en contraste con aquello postulado como monstruoso. Así, el monstruo social permite ver tanto los aspectos represivos que producen lo normal como las potencialidades sociales que permanecen ocultas.
¿Cómo disputar espacios de libertad y autonomía frente al autoritarismo del sistema sociotécnico? Convirtiéndonos en monstruos. Afirmando la vida en su totalidad y diversidad frente a los intentos de vigilancia, control y producción de homogeneidad normativa. Monstruos que no solo muestren la desviación de la norma, sino que, con su presencia, cuestionen la norma y el orden social. Transformarnos en monstruos mediante la asunción de posiciones e identidades resistentes y creativas que gambeteen y cuestionen el Estado autoritario que emerge por todas partes.
La monstruosidad aparece como la posibilidad de transformación e intervención frente a una sociedad autoritaria organizada. Devenir monstruos que cuestionen la norma y creen nuevos espacios alter-normativos. Devenir monstruos que sorteen la vigilancia y el control con usos y prácticas aberrantes de las tecnologías. Devenir monstruos que busquen su autonomía y la de los demás. Devenir comunidad de sujetos monstruosos. Lo monstruoso como condición de autonomía. Lo monstruoso como espacio alternativo de posibilidades de existencia y resistencia. Lo monstruoso como nueva subjetividad que se imagina siendo comunidad.