Luciano Rodríguez Costa
Psicólogo, Psicoanalista, Mg. en Salud Mental
Autor de La violencia en los márgenes del psicoanálisis (Lugar, 2021), Los procesos de subjetivación en psicoanálisis (Topía, 2023) y Juventudes no adolescentes (Topía, 2025).
Hace unos meses soñé con monstruos:
Estoy en un complejo edilicio extraño, es de noche y la amenaza constante es la posibilidad de toparse con uno de esos asediantes zombies que se encuentran circulando por las inmediaciones a la búsqueda de víctimas. El temor a su encuentro, la amenaza silenciosa, la ansiedad desesperante de la espera, el corazón que quiere salirse del pecho aunque sepa que debe quedarse quieto y evaluar la situación antes de dar un paso en falso.
Una década y media de análisis me ha dejado cierta permeabilidad ante algunos sueños: sobre la base de proyectos que habían florecido y hasta dado sus frutos de realización, un nuevo horizonte de posibilidades se abría. El deseo y su castración. Lo que nos importa siempre está sometido al riesgo de la pérdida. Los monstruos zombies, quizás, simbolizan esa angustia en mi sueño.
Me recuerda a Silvio Rodríguez cuando canta que sueña con serpientes; las cuales, a partir de Bertholt Bretch, nos dan la pista de que se trata de las opresiones a las que se expone toda aquella persona que se enfrente al mar de serpientes de la violencia organizada. Estos monstruos también se lo quieren comer, e incluso lo logran, pero puede matarlos luego con una verdad.
Y si hablamos de sueños, monstruos y verdades, “Duerme negrito” acude a mi oído. Una canción cuya autora es la cultura latinoamericana misma, nos habla de un niño que debe dormir porque si no vendrá el “diablo blanco” a comerle las patitas. El pueblo llamado negro, explotado en los campos, que llama al blanco por el nombre que hace representable la monstruosidad de su violencia: el diablo. Como en el sueño y en el canto del sueño, devorar es la lógica de la monstruosidad. Y en los dos últimos casos la referencia política de lo monstruoso es clara.
Marie Langer dice que las figuras mitológicas de los folklores de cada cultura aparecen como figuraciones simbólicas que representan la complejidad de su organización histórico-social. Retomando a Kardiner, encuentra que en el pueblo Arapesh de las islas Marquesas, sucedía algo particular: la cantidad de varones era dos y media veces mayor que el de las mujeres. Por tal motivo se practicaba la poliandria: las mujeres se casaban con más de un varón y convivían todos juntos. En consecuencia, la demanda de hijos así como la de sexo, era muy alta para las mujeres, dando lugar a configuraciones particulares: por un lado, para que la mujer que dio a luz estuviera nuevamente disponible sexualmente en el menor tiempo posible, el período de maternaje era reducido al mínimo y los varones continuaban luego la tarea de crianza. Esto engendraba una enorme hostilidad en las nuevas generaciones hacia esa figura que se representaba como omnipotente en su capacidad de mezquinar el cuidado materno y los favores sexuales. Los hombres crecían con cierto monto de rencor y envidia, al igual que las mujeres. Por tal motivo Marie Langer cree que esta configuración social dio lugar al mito de las vehinihai y los fanauas. Las primeras eran figuras femeninas monstruosas que mataban bebés y madres en parto, y devoraban a los hombres. Los fanauas eran espíritus de varones al servicio retaliativo de las mujeres.
Más cerca temporal y espacialmente, en nuestra provincia de Entre Ríos, los monstruos adquirirán además, algún uso más práctico: el modo en que los adultos intentaban garantizarse algo de descanso durante la siesta, era decirle a los niños que si no dormían se los llevaría “la Solapa”. Ser monstruoso de apariencia esquiva que sólo se infería a partir de sus sonidos crepitantes en los techos (justo en esa hora de la incipiente tarde cuando el sol calentaba y dilataba las chapas).
Como vemos, los monstruos tiene genealogías histórico-políticas que hacen a formas de subjetivación que le dan un lugar dentro de la propia tópica y de la cultura común, permitiéndonos representar aspectos psíquicos relacionados a lo temible, lo amenazante, así como a los peligrosos deseos hostiles que adquieren de esta forma una expresión sublimada.
¿Qué es un monstruo?
La etimología de la palabra remite al latín monstrum, que deriva del verbo monere que significa advertir. En la antigüedad ciertos fenómenos de la naturaleza como el hecho de que un niño o un animal naciera con dos cabezas, era tomado no en nuestro sentido contemporáneo, sino más bien como una señal de los dioses que advertía sobre algo. Monstruo era aquello que mostraba -comparten la misma raíz- aquello que se considerara fuera de regla y del orden natural, y que venía a representar una advertencia hacia la humanidad.
Los monstruos siempre estuvieron afuera. Al menos hasta que Nietzsche un día nos advirtió que estaban dentro -convirtiéndose así, para la modernidad, él mismo en un monstruo de la antigüedad-. Son nuestras pasiones más oscuras, aquellas relacionadas al temor, al horror, al odio, la crueldad, la envidia y el deseo retaliativo, las que engendran los monstruos que se figuran en una exterioridad con la cual intentar relacionarnos en modos singulares (huída, destrucción o también comprensión, dialéctica). El jorobado de Notre Dame como expresión del miedo a lo diferente y al reconocimiento de la propia fealdad moral; Frankenstein (particularmente el de Guillermo del Toro) como el horror del deseo humano de trascender lo humano; el lobo de Caperucita como nuestra tentación de entregarnos a un destino trágico que reconocemos y desmentimos.
Las pasiones humanas pueden devenir monstruosas y por eso los cuentos infantiles, al igual que los folklores locales, muchas veces operan como andamiajes simbólicos que permiten darles figurabilidad y alguna forma de resolución culturalmente aceptada, estableciendo un diálogo entre el adentro y un recreado afuera.
Monstruos de la modernidad: normonstruosidad y monstruonormatividad
Pero en la modernidad europea y colonial la advertencia del monstruo recayó sobre la dimensión “fuera de norma” de ciertas poblaciones o sectores sociales. Los Anormales (2010) de Foucault bien podrían ser los monstruos modernos, como enfatizara Paul Preciado al presentarse ante cierto psicoanálisis como Yo soy el monstruo que os habla (2020). Se produce un salto cualitativo entonces porque serán sectores sociales reales los que representen lo monstruoso, y no formas mitológicas, folklóricas, ficcionales con capacidad de simbolizar pasiones comunes.
Si en la modernidad disciplinar la norma ejecutaba la violencia propia de los dispositivos de la violencia que construía figuras de lo monstruoso en la población común, en nuestra contemporaneidad de tecnocapitalismo fascista, pareciera que los monstruos buscan volverse norma. En el primer caso la normonstruosidad y en el segundo la monstruonormatividad. La diferencia es que en el primer caso hablamos de violencia, porque esta tiene un mecanismo propio que consiste en la desmentida de su ejercicio, de modo que nunca se revela abiertamente; mientras que en el segundo caso la operatoria es la de una crueldad que no niega lo aberrante de sus aspiraciones sino que las afirma y promueve como derecho a la arbitrariedad y sadismo propios sin necesidad de mayores fundamentos.
Como personificación de las nuevas formas de monstruosidad, el 7 de abril de 2026 Trump dijo: “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. El 8 de abril Camus se presentó de modo presencial a su espacio de análisis, para sorpresa de su analista que hacía poco más de un mes que sólo podía trabajar con él de modo virtual. “Hoy vine presencial. Ayer escuché que toda una civilización iba a desaparecer y me pareció que tenía que venir”, dijo luego de sentarse. Tras una pausa, agregó: “yo te dije que los monstruos están afuera. Están afuera. No sólo adentro”. Vivencias de efectos traumáticos ocurridos en su infancia, ya nos habían ocupado anteriormente; y ahora que comenzaba a salir de la culpabilidad propia de la víctima que aún no puede reconocer las fuentes externas del trauma, resonaba con la personificación del sufrimiento en objetos, personas, exteriores. Los monstruos existen, son reales y están afuera, volcando todo su sadismo sobre nosotros. Sentí que era muy importante lo que acababa de decirme: un nudo de verdad donde su historia singular enlazaba con lo histórico-político actual.
En Camus y en Preciado vemos una forma de monstruosidad que quiere equiparar la construcción histórico-política de ciertos estigmas con grupos sociales enteros, y en ambos casos hay un trabajo de elaboración que subvierte esa forma invisibilizada de la violencia construyendo un monstruo-objeto. Cuando Preciado se nombra como monstruo, expone, exponiéndose, las formas de violencia que monstruificaron sectores sociales no heteronormados pero en base a cierta operatoria de desmentida de su ejercicio. Cuando Camus dice que los monstruos son reales y están afuera, también está construyendo un objeto allí donde sólo había operatorias de desmentida de la violencia.
Los monstruos, lo monstruoso y la inmonstruosidad
Podríamos decir que los monstruos tienen posibilidad de representación e historias que metaforizan la violencia histórico-política o los aspectos relacionados a representaciones inconscientes cuyos afectos se desvían hacia ellos y los hacen visibles de modos singulares y significativos. Hasta puede sumárseles un beneficio secundario como es lograr que los niños duerman para que el adulto también pueda hacerlo.
Lo monstruoso se nos presenta como una cualidad de desmesura, de hybris y extrañeza propia de objetos que pueden ser o no considerados monstruos. A veces esta desmesura se nos presenta al modo de lo siniestro en Freud, partiendo de objetos familiares que devienen extraños cuando muestran una cara monstruosa. A veces lo siniestro no es otra cosa que lo cotidiano mostrando su poder de dominio. Alguna vez la insistencia publicitaria en redes fue sospecha de sabernos escuchados por el dispositivo celular de uso cotidiano. Un objeto familiar que de pronto se volvía siniestro en su capacidad de control desde su apariencia anodina o incluso amigable. Luego esta desmesura fue cotidianeidad y aceptación. El algoritmo es ese monstruo que no puede ser representado como tal. No dice que es un otro sino que es nosotros mismos, no dice que es intencionalidad humana en sus fundamentos sino pura abstracción (tecnología). Lo monstruoso de una desmesura cuyas consecuencias futuras desconocemos pero que en la actualidad ya dan sobrada evidencia de sus efectos nocivos para la humanidad, se encuentra en nuestra vida cotidiana.
Pero los jinetes del apocalipsis hoy quieren ser reconocidos como tales. Elon Musk es un ejemplo notable al respecto. Admirador de la ciencia ficción, e hijo del dolor, fantasea un mundo apocalíptico del cual emergería como salvador. La mejor expresión de cómo se ven estos profetas del dolor, es Homelander, personaje de la serie The Boys (Kripke, 2019) que ofrece una forma de ficcionalización de un “superhéroe” villano muy acorde a nuestro tiempo: una persona incapaz de pertenecer, incapaz de condolencia, que necesita endiosarse para compensar un narcisismo que nunca devino amor propio porque el amor del otro falló.
El fascismo guarda una relación sumamente significativa entre la desmesura de un dolor desbordante, el deseo de una venganza que reconstruya un estado de justicia, y la convocatoria al dolor de otros para sostener la utopía apocalíptica. Es el caso de Hitler y los humillados por el tratado de Versalles, de Mussolini y los soldados de la primera guerra mundial, Musk y los haters. Pero prefieren mostrarse como héroes reformadores de una sociedad injusta. Es la inmonstruosidad de ciertos monstruos.
Metapsicología y resistencia
Los monstruos responden a una necesidad psíquica de simbolización de seres ficcionales a quienes atribuir determinados aspectos propios de las pasiones humanas así como también de ciertas configuraciones histórico-políticas sólo “pensables” bajo esas síntesis únicas que somos capaces de construir los seres humanos. La objetalización del monstruo permite un grado de externalización necesaria para poder dar lugar a su elaboración mediante todo un abanico de sentidos que nos permitirán elaborar las múltiples formas de posicionarnos ante aquello que nos produce temor, horror, repulsión, etc. Los monstruos nos ponen a trabajar, fantasear y recrear, dando lugar a una y mil versiones incluso sobre los mismos personajes de siempre. Son recursos culturales para la simbolización.
Una deriva parasitaria de esta capacidad simbólico-cultural supone la construcción de estigmas sociales que monstruifican a determinados sectores sociales a los que se quiere dominar, controlar o erradicar. La necesidad psíquica también se ve parasitada cuando se crean enemigos internos que justificarían la injusticia planificada del sistema estableciendo culpables. La diferencia respecto del monstruo simbólico es que esta operatoria se basa en la desmentida, el desplazamiento y el engaño, motivo por el cual obstaculiza todo proceso de elaboración simbólica.
En la misma línea pero ya no como objeto sino como cualidad, lo monstruoso se nos representa cuando lo familiar revela su ajenidad, cuando lo seguro amenaza y lo leal no deja de traicionar. Si los monstruos son oferta cultural de ligazón, lo monstruoso es emergencia traumática que rompe las referencias simbólicas de que se dispone, deviniendo una nueva medida de exigencia de trabajo psíquico.
Un fenómeno que no es nuevo pero que se generaliza, supone personas que quieren mostrarse como héroes salvadores de una humanidad de la que se sienten absolutamente excluidos y sobre la cual no pueden más que repetir el dolor que padecieron.
¿Qué hacer con lo monstruoso y con la inmonstruosidad de ciertos monstruos que se pretenden beneficios para la humanidad? Quizás el primer paso sea poder reconocer esas afectividades que manan de la extrañeza de lo siniestro. Si los suicidios y asesinatos no dejan de engrosar la estadística mundial, si la depresión se considera pandemia, si el sentimiento de vacío y el desamparo se extienden como nunca, es porque evidentemente estamos atrapados por una realidad que no es tan libre y cómoda como nos hicieron creer. A diferencia de los monstruos simbólicos, no hay posibilidad de resistencia contra aquello que no se reconoce y asume como una amenaza. Ese afecto tiene que tomar estatuto de realidad psíquica. Para ello es preciso nombrar lo monstruoso como tal, dándole la entidad afirmada y negada al mismo tiempo por los mecanismos de la violencia y también por los de la crueldad. Esto requiere del reconocimiento de otros, porque la realidad siempre es compartida. De este modo tenemos las condiciones para simbolizar lo monstruoso y a los monstruos que nos amenazan. Solo entonces podemos comenzar a tejer las historias que nos permitan defendernos de ellos e inventar otros destinos.
Bibliografía
Foucault, M. (2011). Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Freud, S. (2007). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Preciado, P. (2020). Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas. Madrid: Anagrama.