Lola López Mondéjar
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Las brechas
Aumenta la brecha de género entre hombres y mujeres jóvenes que votan a la ultraderecha. En el 2024, más del 21% de ellos y el 14% de ellas, pertenecientes al mismo grupo de edad, apoyaban a estos partidos según un artículo publicado en La Vanguardia (España), que reproduce un estudio de la revista Journal of European Public Policy, donde se constata que esta brecha se amplía en Alemania, Italia, Francia y España entre los jóvenes de entre dieciséis y veintinueve años. Si bien otro estudio indica que la distancia disminuye lentamente. En Argentina la situación es parecida; la mayoría de los jóvenes se inclinan por Milei, mientras que las mujeres lo hacen por Fuerza Patria, la coalición que se le opone.
Además de esta diferencia ideológica observamos otra muy notable: las mujeres cursan estudios superiores en un porcentaje mucho mayor que los hombres, y estos perciben la formación superior de ellas como una amenaza a su virilidad. En EEUU el columnista del New York Times, David Brooks, interpreta esta brecha como una redistribución del respeto social que se depositaba desde hacía décadas en quienes cursaban estudios superiores y marginaba a quienes no lo hacían, viendo así reducidas sus posibilidades de ascenso y reconocimiento. Una situación que aumenta un resentimiento de clase que Trump supo explotar en sus dos campañas electorales. En España repite su modelo Santiago Abascal. Los jóvenes precarizados por el mercado laboral se desconectan del sistema y se adhieren al discurso de unos líderes que representan la masculinidad hegemónica perdida, y culpan a las mujeres de este retroceso, sintiéndose amenazados por ellas y difundiendo narrativas de victimización masculina. De ahí que el feminismo esté en la diana de la ultraderecha. El odio es un poderoso motor, que potentiza y devuelve agencia frente a la tristeza depresiva que genera la pérdida de poder; pérdida que se pretende negar.
La amenaza que supuestamente constituyen las mujeres se amplifica con el altavoz de los influencers de la machosfera, que reparten a diestro y siniestros consejos para mantenerlas sumisas, como lo hacen también las tradewife, las esposas perfectas cuyos vídeos se difunden en la web. Pero, incluso en este retorno a la esposa tradicional que estas últimas preconizan, sus maridos, a quienes van aparentemente dirigidos todo su amor y sus esfuerzos domésticos, son casi invisibles. A pesar de esta irrelevancia, para muchos adolescentes, los esposos de estas estrellas de youtube son ídolos que han conseguido el sueño patriarcal de mantener a la mujer a su servicio, con la pata quebrada y en casa, aunque incluso con su pata quebrada ellas ganen mucho más dinero que ellos. Lo que está claro es que la idealización del retorno de la mujer al hogar tradicional hace un flaco favor a la lucha por la emancipación, la igualdad y la equidad.
Las revoluciones feministas y las políticas de igualdad de derechos abrieron una herida en el narcisismo masculino, una herida por la que muchos hombres sangran clamando venganza. En un siglo donde la incertidumbre campa a sus anchas, erosionando las identidades, la identidad masculina se ha visto sacudida por la pérdida de estatus económico sufrido en las sucesivas crisis económicas, y por la pérdida simbólica de los privilegios patriarcales; simbólica porque en la realidad se siguen perjudicando los derechos de las mujeres. Los hombres sienten que perdido los beneficios que les proporcionaba el patriarcado y que las mujeres reivindicaban para sí a comienzos del siglo XX – el derecho al voto, la independencia económica y legal, las responsabilidades compartidas, la igualdad de salarios…-; vindicación que Freud confundió con la denominada, envidia de pene, en una clarísima y desafortunada interpretación machista que sigue lastrando aún hoy a muchos psicoanalistas.
Las conquistas en igualdad de las mujeres han provocado, pues, una brecha de género que se agranda, una reacción misógina que nos amenaza a todos y, en su esfuerzo por recuperar su posición perdida, los hombres se unen, vociferan, increpan a las mujeres, identificadas como su enemigo, mientras que ellas estudian, buscan su independencia, se gradúan casi un 10% más que los hombres, se colocan más a la izquierda que ellos, agrandando así una brecha económica e ideológica que conduce a muchas a un celebrado celibato voluntario (volcel) que no hace sino aumentar el odio feroz de los machos rechazados. El heteropesimismo, la desconfianza de las mujeres en la posibilidad de mantener una pareja satisfactoria, se instala como un nuevo problema social.
El retroceso de la natalidad, la reciente glorificación de las jóvenes de la soltería y la abstinencia sexual son síntomas de este abismo abierto entre personas heterosexuales de ambos géneros. El patriarcado consideraba a la mujer soltera una mujer mutilada, pero las jóvenes de ahora, cansadas de intentar educar a esos hombres rezagados, renuncian a su pesar a la vida de pareja, renuncian incluso a la sexualidad, y desarrollan relaciones de amistad con otras mujeres que les resultan menos conflictivas y más gratificantes. Decepcionadas de los hombres eligen un celibato voluntario para dedicarse a ellas mismas, a sus amigos y amigas, a sus proyectos. ¿Un nuevo triunfo del individualismo? Veremos.
Las jóvenes heterosexuales de la denominada generación Z soportan una tensión cotidiana que exponen de un modo claro: si me dedico a educar a mi pareja en los valores de la igualdad que necesito para disfrutar de su compañía, ¿no estoy volviendo a ocupar en la relación la posición tradicional del cuidado que rechazo?, se preguntan, no sin angustia. Dicen que en las relaciones heterosexuales les producen tensiones angustiosas e irresueltas entre traspasar las banderas rojas que les alertan de la educación patriarcal de su pareja, o intentar reeducarla. De decidir esto último el conflicto externo con el hombre se multiplica y se desplaza al interior de la joven, que se pregunta: ¿No estaré actuando como las mujeres tradicionales?, ¿no estaré perdonando sus intemperancias como mi madre hacía con mi padre? Una duda que las atormenta. Y no pueden permitírselo, no quieren permitírselo. Los quiero ya educados, afirman, reafirmándose.
En esta dirección, las madres solas por elección han aumentado un 33% en diez años. La independencia económica proporciona a las mujeres una autonomía que no están dispuestas a malgastar rebajando el estándar que exigen a sus parejas masculinas.
Socializados en la contención y en la represión de sus emociones para mostrar la apariencia de fortaleza que exige la virilidad, los hombres evitan identificar y expresar sus estados emocionales, lo que conduce a una alexitimia que contrasta con la capacidad de introspección en la que se socializan las mujeres. Mientras ellos proyectan y culpabilizan al otro, las mujeres son más duchas en el análisis de su participación en aquello de lo que se quejan, por lo que la forma del malestar se distribuye también de modo distinto: ellos sufren adicciones, hiperactividad y conductas de riesgo, ellas depresión y trastornos de ansiedad. Si bien, lo que he venido llamando masculinización de las mujeres, la progresiva adopción de estas formas masculinas de sentir y actuar para adaptarse a las exigencias del tecnocapitalismo,puede en un futuro próximo reducir estas diferencias.
Hasta hace unos años, el feminismo apostaba por una feminización de la sociedad en su conjunto, esto es, por la universalización de los valores positivos que conllevaba la socialización en la feminidad convencional: el ethos de cuidado frente a la instrumentalización y la falta de compromiso con el otro, la distribución de tareas y las responsabilidades compartidas frente a la dejación de los hombres de las tareas domésticas y educativas, el diálogo frente a la actuación y la violencia, el cultivo de la amistad y las redes afectivas frente a la homosociabilidad vociferante del deporte varonil y sus nefastas consecuencias. Una de ellas, clamorosa en su elocuencia, provoca que las mujeres inglesas teman la vuelta a casa del marido cuando pierde su equipo, pues los episodios de maltrato aumentan.
Con feminizar la sociedad nos referíamos a rescatar para el conjunto de los humanos unos valores necesarios para salir del individualismo, el pragmatismo, el mercantilismo, la desigualdad, la fantasía de invulnerabilidad tan cara a la masculinidad hegemónica, y aprender a sostener el conflicto con mecanismos más integrativos que evitativos. Pero aún no lo hemos conseguido. Fueron muchos los factores que actuaron en nuestra contra, entre ellos la escasa atención institucional que se dedicó a educar a los hombres en los valores igualitarios. Lo que debió estar en el centro del currículum escolar se abandonó a las pantallas, convertidas en agentes educativos por encima de la familia y de la escuela. Y las pantallas trajeron la pornificación de la sociedad; el primer contacto con la pornografía se ha adelantado a los ocho años, el uso se generaliza a los catorce, y lo que visualizan es una pornografía violenta y patriarcal que se introduce en sus teléfonos móviles y constituye hoy la principal fuente de educación sexual, produciendo una peligrosa confusión entre la ficción pornográfica y la sexualidad adulta. Sexualidad adolescente y adulta que, finalmente, acaba por imitar esa ficción, en esa universal identidad mimética que propone el entretenimiento infinito de las pantallas.
La famosa serie Adolescencia (Philip Barantini, 2025, Reino Unido), o Pubertad (Leticia Dolera, 2025, España), muestran los efectos indeseables de esta situación, de nuevo diferentes para ellos y ellas. La gamificación de las relaciones, la deshumanización y la ausencia de empatía que genera el neoliberalismo, potenciada por las redes sociales y sus efectos de polarización, de construcción urgente de chivos expiatorios sobre los que descargar la ira y la exclusión, se impone en unas individualidades precarizadas, que consumen su energía en la supervivencia y tratan al otro como una mera función. Colonizados por los algoritmos que evitan la fricción, los humanos nos alejamos del conflicto y eludimos el aprendizaje que la relación con el otro real comporta.
La feminización de la sociedad ha fracasado en su conjunto, insisto, si bien seguimos alzando voces a su favor, a contracorriente, con insistencia, pero, tal vez, sin esperanza. Y ha fracasado porque demasiadas mujeres han adoptado para sobrevivir los valores de la masculinidad hegemónica, más afines a los intereses y a la producción de individualidad del tecnocapitalismo. De una parte, masculinizarse, de otra, rechazar las formas propuestas por el neoliberalismo para adoptar modos nuevos de sororidad, y alejarse de los hombres. Esta es la triste disyuntiva. ¿Cabe la cooperación?, la fricción, el conflicto sustancial en la relaciones interpersonales se evita a toda costa para mantener relaciones narcisistas, donde el otro se reduce a una mera función.
Los puentes
¿Pueden cerrarse estas brechas?, ¿existen puentes capaces de salvar este abismo que separa a unos y otros? La poderosa corriente mainstream arrastra con fuerza a la mayoría, pero deja en la orilla, protegidas por los meandros, signos de resistencia, débiles puentes.
Y esa resistencia es rizomática, dispersa, no tiene un centro, quizás tampoco sueñe con que el cambio sea global. Se instala en los márgenes y se rebela modestamente, consciente de su insuficiencia, pero también de su necesidad. Se trata de una sociedad civil que se organiza, que actúa. Padres y madres contra los móviles en las escuelas, jóvenes que crean, que expresan su disidencia, que abandonan o reducen el uso de sus smartphone a favor de una presencialidad que contemple la vulnerabilidad de unos y de otros, de todos; ciudadanos que frente a la polarización, la exclusión disociativa y el odio, practican la hermosa diplomacia de las interdependencias de la que nos habla Jean Baptiste Morizot; ecologistas que cultivan una agricultura regenerativa, cuidadosa con el planeta; veganos, animalistas; festivales de arte, de cine y de pensamiento donde se debate, se discute, se consensua; clubes de lectura y talleres de escritura donde se aprende a pensar juntos; prácticas de justicia restaurativa que atienden no al castigo sino al diálogo y a la reparación de las víctimas; podcasts que identifican las trampas del sistema, explican sus consecuencias, generan debates e intercambios. El celibato voluntario de las mujeres quizás pueda inscribirse también como una protesta pacífica contra la imitación, contra la mercantilización de las relaciones, contra esa masculinización de las mujeres que era la única forma que encontraban las jóvenes para sobrevivir a las aplicaciones de citas y sus consecuencias sobre su sexualidad y su afectividad. Una masculinización que hoy estas otras mujeres rechazan con su propuesta no beligerante. Se trata de nuevas y jóvenes Lisístratas que se oponen al tipo de relaciones desafectivizadas y, frente a los machos guerreros que siguen a Putin, a Milei, a Orban, a Trump y a otros líderes machistas de la ultraderecha, quiero pensar que pretenden que los hombres abandonen la guerra y el resentimiento y se impliquen en una revolución cultural que los sitúe frente a ellas como camaradas y amigos.
Los puentes son frágiles y minoritarios; están siempre en grave peligro de demolición. Contra ellos se alza el poder con todas sus herramientas. Pero están ahí, existen, colorean una época llena de pesimismo y de oscuridad.