Libro de Lola López Mondéjar
Premio Anagrama de Ensayo 2024
Un libro contiene muchos libros, tantos como lectores tiene; y, al mismo tiempo, tantos libros como lecturas del mismo cada lector realiza en distintos momentos de su vida. Lecturas que nos traen varios relatos a lo largo de nuestra vida. Inclusive sin haberlo leído nuevamente, llamados por el recuerdo de este libro. Leer un libro es, entonces, relatarse un libro, es conversar con este.
Lo que Lola nos transmite es que hay una atrofia de la capacidad narrativa y, junto con esta, una crisis de la subjetividad. Se remonta para lo sostenido en su momento por Walter Benjamin, refiriéndose a los soldados que volvían del frente de batalla sin poder relatar la experiencia vivida, sin poder transmitirla. Algo que sucede en la actualidad, más allá de que no volvemos de un frente de batalla tal como Benjamín relataba… o sí. Volvemos de otro, día tras día, sin poder ponerlo en relato, sin que llegue a adquirir el estatus de una experiencia, experiencia que podamos transmitir.
Quedamos enmudecidos, como aquellos soldados. Así, la pérdida de la capacidad de relatar se fue transformando en un rasgo de época con el correr del siglo XX, adquiriendo una gran aceleración y profundidad en estas últimas décadas ya en el siglo XXI. Entonces, hay una gran dificultad en poder narrarnos, en poder hacer, de aquello que hemos vivido, una experiencia subjetiva que va de la mano de una gran dificultad en poder escuchar.
Lola nos recuerda con esto ya nos hemos encontrado en la práctica clínica a partir de los pacientes psicosomáticos, pero ahora es algo que se ha universalizado. Hay un déficit del pensamiento, va a decir ella, sobre todo haciendo hincapié en la atención, algo en lo cual es sumamente freudiana, ya que es la atención, aquello que fija lo percibido. Sea lo percibido, del entorno como del propio sujeto, de su propio psiquismo. Hay una crisis entonces de la capacidad de figurar psíquicamente, tanto representaciones como afectos. En algún momento Lola va retomar lo sostenido por Franco Berardi, quien hace hincapié en que hemos pasado de la sensibilidad a la sensibilidad. Eso sensible en el contacto con el otro se ha transformado en un festival de sensaciones en gran medida promovido por el mundo digital.
Ahora, Lola nos advierte que esto que sucede no es un accidente, sino que aquí hay una aspiración del capitalismo mismo. Esto va vaciando nuestro mundo interno. Y al mismo tiempo va dando paso a una liberación del mundo pulsional que va arrasando así la capacidad de diálogo.
Por otro lado, vivimos en una época de fragmentación. Hasta la misma flexibilización laboral hace que se pierda el hilo narrativo de la vida y esto, es además es promovido por la vida digital.
Algo que me parece de los más grave que nos dice Lola, es que el mundo capitalista actual busca, promueve que haya ya una falla de inicio, que haya una función ausente en los niños de la capacidad de narrar.
Lola se va a encargar de reflexionar acerca de que todos estamos de esta manera afectados. Utilizo un término que es estultofilia, una suerte de pasión por la ignorancia a esto imparable de nuestra sociedad que es alejarnos del saber.
Va a sostener, además, que hay una tendencia humana que tiene que ver con sus orígenes, claramente sus orígenes autísticos- a evitar la fricción con los otros, esa fricción que es conflictiv, pero que, al mismo tiempo, es creadora. Es ese contacto con el otro, eso que Castoriadis llama la superación de la exterioridad recíproca, como un gran logro de la especie humana. Esta imposibilidad de superar esa exterioridad está en contra de esa mutua representación interna de la cual hablaba Enrique Pichón Riviere. Y del dispositivo de ternura en el que tanto insistió Fernando Ulloa.
Así, dice Lola, se generan sujetos invertebrados, que son proteiformes, se van adaptando a las circunstancias y a las prescripciones del entorno. Partiendo de que somos una suerte de tabla rasa, en el sentido de que deseamos a partir del deseo del otro y que con suerte logramos tomar cierta autonomía de ese deseo, pero ella nos advierte que todo el esfuerzo de esta cultura digitalizada está puesto justamente en acortar esa distancia, prácticamente en suprimirla.
También dice algo que es muy interesante. Hoy Freud no podría haber inventado el psicoanálisis. Claro, porque si no hay relato, si no hay conversación, si no hay reflexividad, si está disminuida la capacidad de escucha, ¿cómo puede tener lugar un psicoanálisis? Pero ella dice que puede tener lugar.
Lola va a decir que es importante mostrar el vacío sobre el cual se constituye nuestra identidad. Y que tenemos una imperiosa necesidad de identidad y de sentido, y el riesgo en el cual estamos ahora -y del cual sabemos se aprovechan los gobiernos de ultraderechas- es justamente de este vacío de sentido, incrementado por la cultura digital, vaciando nuestro mundo interno. Y ahí viene lo que pareciera ser el único proyecto hoy. Un capitalismo digital que estaría llevando a cabo, dice ella, aquello que le sucedió a Kaspar Hauser. se dice que le fue secuestrado el alma, pues fue privado de afecto y de crianza humanas.
Y deja una pregunta inquietante. Y es si estarán generando las condiciones similares a las que hicieron que los alemanes fueron convertidos en otros en unos pocos años. Habiendo ingresado a una suerte de mutación antropológica, tal lo que ella dice.
Y esto es fundamental: esto ha llevado a la cosificación del otro que Lola casi en el final del libro va a ejemplificar con lo que el ejército israelí -amparado en programas de inteligencia artificial- está realizando sobre la población gazatí. Casi como si fuera un videojuego.
Este es el libro que yo he leído en el libro de Lola, un libro riquísimo. Realmente abre muchas interrogaciones que eso es lo mejor que puede producir un libro. El título del mismo es muy específico, hay una crisis, una imposibilidad del relato y esto habla de un tipo de subjetividad que parece estar ingresando lamentablemente en una mutación antropológica muy negativa.