Irene Meler
Asociación de Psicólogos y Psicólogas de Buenos Aires (APBA) Autora de numerosas publicaciones, entre ellas Géneros y deseos en el Siglo XXI (Paidós), y la co-compilación (Entre Ideas) de: El género en llamas y Subjetividades, géneros y vínculos en tiempos de restauración conservadora (en prensa).
Subjetividades en contexto
La velocidad de las transformaciones culturales ha echado por tierra la prevalencia de invariantes universales en la organización del psiquismo, por lo que buena parte de nuestras observaciones clínicas se refiere a la subjetividad de la época. En consecuencia, las referencias al contexto son obligadas cuando intentamos esclarecer las tendencias subjetivas que nos convocan para su atención.
Nuestra existencia se encuadra hoy en un ámbito paradójico, donde coexisten enfrentamientos ancestrales entre grupos humanos y una escasez aún no superada, con grandes avances tecnológicos que crean posibilidades inéditas de liberarnos de los trabajos monótonos para habilitar mayor disfrute del ocio y de la interacción familiar. Al mismo tiempo, experimentamos temores frente a la posible caducidad de los modos tradicionales de organizar la experiencia. El trabajo ha sido a partir de la Modernidad un organizador principal de la vida cotidiana, al proporcionar sustento, sentido y cimentar la estima de sí de los sujetos. En consecuencia, el período de transición abierto por la actual revolución tecnológica, informática, robótica, microelectrónica y la inteligencia artificial, crea un riesgo de exclusión de la trama social, que amenaza a gran parte de la población.
Las máquinas que creamos son prolongaciones de nuestra estructura corporal y mental, pero la posibilidad de acceder a su uso se vincula con la posición que los diversos sectores poblacionales ocupan en el campo social. Las variables que inciden en la vulnerabilidad diferencial ante el riesgo de exclusión, son el género, la edad y la clase social.
Estatuto social y narcisismo
La búsqueda de ascenso social no se explica meramente por motivaciones vinculadas con la satisfacción de necesidades, sino que nuestra índole vincular nos hace dependientes del reconocimiento de los semejantes, fundamento de la estima de sí.
Los nativos digitales tienen mayor facilidad para incorporar las habilidades requeridas por los recientes avances tecnológicos, por lo que en principio, la juventud se ha transformado en un factor favorable para la empleabilidad, que va, por primera vez en la historia, en detrimento de la experiencia. Esta tendencia reconoce matices, ya que existen estudios que indican una preferencia por los mandos medios en las organizaciones laborales. Las tareas de los más jóvenes pueden ser reemplazadas por los algoritmos, y los trabajadores más expertos resultan demasiado costosos, ahora que es posible que los que ocupan puestos intermedios mejoren sus capacidades al ser asistidos por la IA. Esto se observa entre los sectores incluidos, aquellos que han tenido acceso a la capacitación informática.
Los púberes y adolescentes tempranos, aún no participantes del mercado laboral, presentan profundas afectaciones en la construcción de su identidad, que se ve fragilizada por la desregulación identificatoria postmoderna, sumada a la perplejidad parental y a la dimisión frecuente entre los adultos respecto de sus roles de cuidado y crianza. Quedan con frecuencia entrampados en las redes sociales de pares, agrupamientos virtuales que promueven contagio emocional y una búsqueda tan vana como omnipotente de superación de los traumas derivados de la intrusión y/o de la claudicación adulta, a través de transformaciones corporales.
Tendencias diferenciales por género en las nuevas modalidades laborales
Veamos de qué modo inciden las diferencias de género en las posibilidades de inclusión social, y por lo tanto, de integridad subjetiva. La socio-subjetivación según el género asignado a los sujetos al nacer genera tendencias diferenciales en materia de actitudes y habilidades entre varones y mujeres. Las tendencias descritas se basan en observaciones estadísticas, y no remiten a invariantes estructurales, por lo que se observa una amplia variabilidad intragénero, es decir que los sujetos no coinciden con el estereotipo, y hay mujeres que desarrollan intereses y habilidades tecnológicas semejantes a lo que prevalece entre los varones, así como existen varones que comparten el interés femenino por las personas, en detrimento de la tecnología. Lo que hoy observamos como sujetos femeninos y masculinos, es el producto de un prolongado moldeamiento transgeneracional de las hembras y los machos de la especie, hasta construirlos como lo que conocemos como varones y mujeres. Ese proceso se encuentra involucrado en una crisis transformadora, impulsada por la aspiración que hoy se ha hecho posible hacia una paridad de estatuto social entre los colectivos femenino y masculino. La deslegitimación de las diferencias de recursos y de reconocimiento basadas en diferencias biológicas, coexiste de modo paradójico con la mayor desigualdad social conocida. Esa concentración de recursos en pocas manos y la consiguiente exclusión o precarización de vastos sectores poblacionales, si bien está hegemonizada por varones, hoy no busca crear racionalizaciones basadas en justificaciones sexistas o racistas.
Si en buena medida, hemos superado en Occidente la discriminación explícita, ¿cómo se explica la menor participación femenina en la programación informática, y en términos generales, en los sectores laborales innovadores que ofrecen mejores perspectivas de remuneración y prestigio? Un estudio realizado por investigadores del CONICET (Zukerfeld et.al, 2014) ha establecido un nexo entre los juegos complejos a los que son afectos los varones, y el desarrollo de interés y habilidades requeridas para tareas de programación. Mientras las mujeres jóvenes prefieren navegar por las redes sociales, los varones adolescentes se entretienen con juegos competitivos y agresivos cuyos argumentos reiteran las representaciones culturales vinculadas con la masculinidad, donde las mujeres son representadas como objetos de deseo y de apropiación. Esas temáticas desalientan la participación femenina, y conservan de este modo, aún en la virtualidad, un ámbito masculinizado. Ellos luchan, rivalizan, matan de modo imaginario, y cuando se presenta un problema constructivo o práctico, desarman, investigan y reparan los artefactos que necesitan. Mientras tanto, ellas se maquillan, acicalan, se interesan por los demás y se exhiben. Temen las situaciones de riesgo, cuyo despliegue ficcional no les produce placer. También les preocupa dañar sus dispositivos y evitan explorarlos y manipularlos por temor a estropear su funcionamiento. Es evidente que más allá de las transformaciones legales, formales y prácticas vigentes, existe una inercia considerable en algunas actitudes diferenciadas por género. Y estas preferencias tendenciales de los modos de entretenimiento, afectan el desarrollo de habilidades, siguiendo un patrón ancestral. Las mujeres suelen ser más aptas para la vinculación, lo que estimula su desempeño como docentes o terapeutas, mientras que la subjetivación masculina hegemónica favorece el desarrollo de habilidades tecnológicas y financieras, y una mayor facilidad para atravesar confrontaciones competitivas, creando así un territorio de hegemonía masculina. En consecuencia, algo menos de una de cada cinco personas que se gradúan en informática son mujeres y la industria de algorítmica emplea una proporción aún menor de mujeres que el resto del sector tecnológico (2023, Gutiérrez)
Existe sin embargo una tarea feminizada en el ámbito de la inteligencia artificial: la limpieza. Como una notable continuidad de la asignación tradicional a las mujeres de las labores más desvalorizadas y peor remuneradas, suelen ser mujeres del tercer mundo quienes limpian a la IA de contenidos hostiles u obscenos, evitando así su degradación. Esta desigual distribución de recursos y de reconocimiento afecta la autoestima femenina, favoreciendo la idealización de los varones y la dependencia con respecto de los mismos, que es el caldo de cultivo para los abusos y la violencia que ellas padecen.
Existen vínculos significativos entre el campo laboral y el ámbito de las relaciones amorosas, que ameritan una reflexión.
Amores, rechazos y odios en las redes virtuales
Las páginas web destinadas a establecer contactos sexo-afectivos han reemplazado a las antiguas reuniones presenciales como medio para conocer personas con quienes establecer relaciones sexuales y eventualmente, amorosas. Como correlato de la masificación social, la concentración urbana y la liberalización de la sexualidad, abren una oferta ilimitada de posibles vinculaciones, lo que ha generado que también en ese aspecto prevalezca el estilo de relacionamiento masculino, caracterizado por la avidez acumulativa, la instantaneidad y la volatilidad. Las mujeres jóvenes se han adaptado a ese medio, pero sus motivaciones para circular por el mismo son diferentes de las que prevalecen entre los varones. Ellas suelen aceptar contactos sexuales con hombres que apenas conocen, con la expectativa de que den eventualmente lugar a un vínculo más conectado, empático y persistente. Las experiencias de muy escasa duración no suelen ser aptas ni siquiera para proporcionar placer sensual a las mujeres, que requieren por lo general un mayor conocimiento y el desarrollo de sentimientos de confianza en el partenaire. Muchos varones tampoco obtienen experiencias satisfactorias, pero por el momento el aporte narcisista compensa la carencia afectiva y la pobreza erótica de esos encuentros.
He descrito anteriormente que el repliegue masculino ante el compromiso emocional ha generado una tendencia significativa, aunque no mayoritaria, a que un sector de mujeres de edad mediana, educadas y empleadas, opte por buscar una maternidad por fuera de cualquier relación de pareja. Esa estrategia reproductiva fue denominada en los países centrales como “maternidad a solas por elección”, aunque encuentro más exacto nombrarla como “maternidad a solas por resignación” (Meler, 2023). Illouz (2012) ha relacionado esta dificultad para establecer parejas estables que aflige a mujeres autónomas y atractivas, con el control de las relaciones que ejercen los varones bien ubicados laboralmente, quienes prefieren permanecer hasta edades muy avanzadas en el mercado sexual, y cuando finalmente deciden establecer una unión potencialmente reproductiva, lo hacen con mujeres de cohortes generacionales más jóvenes con quienes pueden procrear.
Pero esa tendencia al repliegue masculino encuentra su contrapartida en otro sector de varones que ha creado lo que se denomina hoy como la “manósfera”, un sector del ámbito virtual caracterizado por su misoginia y antifeminismo. Los “incels” o célibes involuntarios, reclaman el derecho al acceso sexual a las mujeres como si se tratara de algo que les es debido por su mera condición masculina, y sostienen que el ochenta por ciento de las mujeres solo mantiene relaciones sexuales con el veinte por ciento de los varones. De modo que las actuales tendencias hacia la exclusión laboral y social encuentran su correlato en esta denunciada proletarización sexual.
De este modo la insatisfacción creciente vinculada con el aumento de la precariedad de la existencia en el tardo capitalismo, que es efecto de la concentración de recursos, la velocidad de los cambios tecnológicos y la crisis de un sistema que transita hacia una alternativa que aún no se vislumbra, se desplaza hacia las relaciones de género. Estas tendencias reaccionarias se inscriben en los neofascismos que surgen como hongos venenosos, como ya ha ocurrido en otros tiempos en períodos de crisis económica y cultural.
Navegando entre las visiones eufóricas o apocalípticas de la actual revolución tecnológica, conviene comprender que los avances técnicos son emergentes de la organización social, y que sus efectos dependerán de los arreglos sociopolíticos que logremos construir. Por el momento, las subjetividades emergentes que es posible observar, se encuadran en lo que Dufour (2007) ha descrito como “una psicotización difusa”. Más allá del recurso tradicional a las psicoterapias, el diseño de dispositivos socio-comunitarios que estimulen un intercambio social hoy empobrecido, se abre como alternativa a desarrollar en el campo de atención y promoción de la salud mental.
Referencias Bibliográficas
Dufour, Dany Robert: (2007) El arte de reducir cabezas, Buenos Aires, Paidós
Gutiérrez, Miren. (2023) “Algoritmos y desigualdad”. Revista de Occidente, 502.
Illouz, Eva: (2012) Porqué duele el amor, Buenos Aires, Katz
Martínez Suárez, Yolanda: (2024) “Opresión, desigualdad e inteligencia artificial”, Eutopías Vol. 28
Meler, Irene: (2023) Géneros y deseos en el Siglo XXI, Buenos Aires, Paidós.
Zukerfeld, M.; Yansen; G y Dughera, L: (2014) “Género e informática. La relación de los jóvenes con la computadora. Un estudio empírico en el conurbano bonaerense”, Simposio Argentino de Tecnología y Sociedad STS.