El verano del año pasado estuve visitando amigas en Montevideo y por primera vez escuché de boca de una de ellas, la palabra Gentrificación. Paseábamos por Palermo. Les contaba que por la tarde había estado caminando entre medio de réplicas de las obras del Museo del Prado expuestas en las calles de Ciudad Vieja, una belleza impensada. Luego había pasado por la librería de Gerardo, Moebius, a ver todos esos objetos maravillosos que tiene y también libros de poetas uruguayas. Me había sentado a leer y tomar café en un lugar nuevo donde no encontré lo habitual sino una carta en inglés y bebidas con leches vegetales. No convencida, decidí volver al palacio del café, tienda histórica, donde pude tomar café del bueno con medialunas calentitas.
En una ochava nos sentamos a tomar un vino de aguja y cuando comenté que el Palermo montevideano guardaba la cosa de barrio que había perdido el Palermo porteño, una dijo: igual, ha sucumbido a la gentrificación. Lo googleé: La palabra «gentrificación» tiene origen en el inglés «gentrification», que a su vez proviene del sustantivo «gentry». «Gentry» se traduce como «alta burguesía» o «gente de bien», refiriéndose a una clase social con cierto nivel de influencia y recursos. Ellas discutían sobre si se había encarecido la zona desde que un cierto sector de la juventud muy politizado, de clase alta, progre e intelectual, vivía por allí. No alcanzaba a entender la idea, pero me quedó dando vueltas. Yo había naturalizado que embellecer un barrio, restaurar fachadas, limpiar plazas, poner hostels, barcitos con onda y oficinas de coworking estaba bien. Pero en Buenos Aires. No en Montevideo.
No dimensionaba el costo. Total, siempre se puede volver a caminar por Ciudad Vieja, ir al Mercado del Puerto, sentir que estás en una película de los 70. Qué pasaría si esa dimensión histórica se borrara del espacio, cómo se podrían recuperar esas marcas de la cultura afrodescendiente, por ejemplo. Se ha coaptado este rasgo para venderlo como “bohemio”. La vida nocturna, los murales y el arte callejero funcionan como catalizadores del consumo cool.
Aunque la gentrificación suele enmascararse con palabras como “puesta en valor”, “recuperación” o “activación urbana”, lo que sucede muchas veces es un desplazamiento: los antiguos residentes no pueden costear los nuevos alquileres ni se sienten parte del nuevo paisaje cultural. Es un proceso higienizante, bajo ropajes progresistas.
No se trata solamente de una operación inmobiliaria. La gentrificación, en su rostro más íntimo, parece responder a una pulsión de limpieza, de pureza. una voluntad de homogeneización, de control estético y simbólico del espacio. El Otro, lo distinto, lo popular, deviene entonces objeto expulsado, resto que debe ceder ante la irrupción del ideal del yo neoliberal: espacio sin fallas, sin grietas. Sin fisuras. En Argentina se usa el término fisura para referirse a alguien que está roto (pobres, adictos).
Hace poco en Substack, Kristen Jeffers, una activista que lucha contra la gentrificación y promueve la liberación en contextos urbanos, decía que la gentrificación es fascista. Me pareció muy exagerada su afirmación y me puse a investigar un poco.
En sus publicaciones, Jeffers aborda temas como la fe radical necesaria para desafiar la gentrificación y la importancia de enfrentar los miedos y comodidades que pueden impedir la acción colectiva. Además, comparte su experiencia personal y estrategias para resistir la gentrificación en su entorno.
La gentrificación se despliega en una tensión constante entre lo pintoresco y lo rentable, lo comunitario y lo especulativo. El espacio se convierte en mercancía, y el habitante en espectador o en estorbo, según su capacidad de compra.
Se empieza a imponer una forma única de habitar, de mirar, de consumir, con una estética depurada que pretende negar lo real de la ciudad. La belleza resulta funcional a la inversión, y no necesariamente a la identidad o la memoria colectiva.
Las resistencias de diversos movimientos en el mundo denuncian la pérdida del derecho a habitar. O bien por no poder pagar los excesivos alquileres o por no poder hacer frente a las hipotecas. Esos movimientos muestran la fisura desnudan la escena, exponen que detrás de la foto de Instagram hay despojo. Esto tiene consecuencias en la subjetividad tanto de habitantes como de despojados: se pierde la trama simbólica del habitar.
En España, por ejemplo, la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) y los movimientos de personas sin techo funcionan como cortes en la continuidad del relato neoliberal.
En la Argentina, la CTEP y otras organizaciones ligadas a la economía popular denuncian lo mismo: que lo urbano ya no es espacio común sino mercancía, que el derecho a habitar ha sido sustituido por la lógica de la renta.
En Uruguay, organizaciones barriales y cooperativas bajo la órbita de FUCVAM (Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua) plantean otro modo de concebir el habitar, resistiendo la expulsión simbólica y material de los sectores populares.
¿Será posible imaginar una ciudad donde la diferencia no sea percibida como amenaza, sino como riqueza? ¿Una ciudad que no se defienda de lo popular, de lo precario, de lo múltiple, sino que lo acoja como parte constitutiva de su trama? Tal vez resistir la gentrificación no sea sólo un acto político, sino también un gesto ético: el de tolerar la incomodidad, la falla, lo no-deseado. Porque en esa incomodidad, quizás, habite lo verdaderamente común.
Desde una óptica economicista, la gentrificación puede verse como progreso: activa el mercado inmobiliario, atrae turismo, genera empleo en el sector servicios, y aumenta la recaudación fiscal. Pero ese «progreso» suele ser asimétrico: no es la población original la que se beneficia, sino nuevos residentes con mayor poder adquisitivo, desarrolladores, y ciertos sectores del Estado que apuestan al rebranding urbano.
¿Es legítimo mejorar un barrio si eso implica el desalojo simbólico —o literal— de quienes lo habitan hace generaciones? ¿Puede una ciudad considerarse “progresista” si se vuelve cada vez más inaccesible para sus propios ciudadanos?
Tal vez la clave esté en distinguir entre revitalización inclusiva y gentrificación excluyente. Porque no se trata de oponerse al cambio —que es inevitable—, sino de pensar cómo, para quién, y a qué costo simbólico y social se da ese cambio.
En un viaje a Buenos Aires, fuimos con mi pareja a tomar café en Palermo, a un barcito muy chic. No había café con leche, sólo flat white. Tampoco medialunas solo croissants. No había agua mineral, sólo Evian. Nada de marcas nacionales, así que pedimos una jarra de agua que por disposición municipal tienen que darte. Una mini resistencia a la estupidez. No por no poder pagar 5 USD una botellita de agua sino por no querer hacerlo. Me dirán que hay otros bares, pero ¿y si todos se vuelven así?
Habitar no es sólo ocupar un espacio. Es también asumir un lugar simbólico, con otros. La gentrificación, al pretender borrar ese lazo, empobrece lo urbano y también lo psíquico. Somos con otros. Tal vez, entonces, resistirla sea una forma de apostar por una ciudad donde podamos ser considerados en una dimensión humana y ciudadana.